{"id":10102,"date":"2017-07-03T16:04:24","date_gmt":"2017-07-03T14:04:24","guid":{"rendered":"http:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/?p=10102"},"modified":"2017-07-03T16:04:24","modified_gmt":"2017-07-03T14:04:24","slug":"ataque-marciano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2017\/07\/03\/ataque-marciano\/","title":{"rendered":"Ataque marciano"},"content":{"rendered":"<p><strong>En los confines de Gij\u00f3n, ah\u00ed donde lindamos con Villaviciosa, a unos metros de la rotonda de Quintes, se inici\u00f3 la invasi\u00f3n marciana. Era el de 2017 un verano extremadamente c\u00e1lido, abrasador incluso, los humanos hab\u00edan empezado a tener comportamientos paranoides, abducidos por una luz inusualmente cegadora y los alien\u00edgenas, tras a\u00f1os de minuciosa observaci\u00f3n, consideraron llegado el momento de conquistar la Tierra partiendo de una prueba de fuego que espoleara su plan invasor:\u0010tomar Gij\u00f3n, la fortaleza hist\u00f3rica del cil\u00farnigo, el oriciu y el babayu sabelotodo. Si la misi\u00f3n ten\u00eda \u00e9xito, maquinaron, lo dem\u00e1s ser\u00eda pan comido. As\u00ed fue c\u00f3mo depositaron una noche las dos primeras m\u00e1quinas de guerra. Tres d\u00edas despu\u00e9s, nadie hab\u00eda mirado para ellas: ni los conductores ni los vecinos ni la Guardia Civil, siquiera.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong>La confusi\u00f3n, pensaron los bichos rojos, jugaba a su favor. Tras la novela de Herbert George Welles (1898), el programa radiof\u00f3nico de Orson Welles (1936), el cine (1953 y 2005), la m\u00fasica de Jeff Wayne (1978) e incluso los videojuegos (1998) de \u2018La guerra de los mundos\u2019 los humanos no se iban a tomar en serio el desembarco de otra vida en la Tierra. Lo considerar\u00edan algo asociado a la \u2018ciencia ficci\u00f3n\u2019, de modo que cuando quisieran reaccionar ya ser\u00eda demasiado tarde.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong><a href=\"http:\/\/blogs-new.elcomercio.es\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/marcianos.jpg\" rel=\"external nofollow\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-large wp-image-10103\" src=\"\/\/blogs-new.elcomercio.es\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/marcianos-1024x576.jpg\" alt=\"marcianos\" width=\"1024\" height=\"576\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/marcianos-1024x576.jpg 1024w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/marcianos-300x169.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/marcianos-768x432.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/marcianos.jpg 1817w\" sizes=\"(max-width: 1024px) 100vw, 1024px\" \/><\/a>Ni la torre de El Musel ni la del aeropuerto de Santiago del Monte notaron nada raro aquella palpitante noche de julio en la que de una nave giratoria se desprendieron dos artefactos de guerra en la rotonda de Quintes. En los d\u00edas sucesivos, ya no eran dos, sino cientos, miles;\u0010con el grueso del ej\u00e9rcito mariano instalado en un p\u00e1ramo llamado \u2018Zalia\u2019, vac\u00edo, llano y a tiro de las principales ciudades astures.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<a href=\"http:\/\/blogs-new.elcomercio.es\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/guerra.jpg\" rel=\"external nofollow\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-10105\" src=\"\/\/blogs-new.elcomercio.es\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/guerra-213x300.jpg\" alt=\"guerra\" width=\"213\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/guerra-213x300.jpg 213w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2017\/06\/guerra.jpg 603w\" sizes=\"(max-width: 213px) 100vw, 213px\" \/><\/a><strong>Cuando las m\u00e1quinas irrumpieron en San Lorenzo aquel domingo de can\u00edcula rein\u00f3 la confusi\u00f3n, tal y como preve\u00edan sus sat\u00e1nicas majestades del espacio. Los ba\u00f1istas empezaron a se\u00f1alarlas y a preguntarse:\u0010\u00bfEsto ye del Festival A\u00e9reo? El primer ca\u00f1\u00f3n apunt\u00f3, lanz\u00f3 su rayo y dej\u00f3 carbonizado, pero vivo, al primer playu que pill\u00f3 por banda. La parroquia tom\u00f3 el caso como una exhibici\u00f3n de bronceado instant\u00e1neo, un espect\u00e1culo extra del verano gijon\u00e9s que permit\u00eda acortar con rapidez la fase de tostado corporal. Cuando los marcianos se quisieron dar cuenta, hab\u00eda una larga cola en el arenal para recibir su descarga. \u00abApunta bien, gallu\u00bb, dec\u00eda el segundo mirando a la sala de mandos. Todo el plan se hab\u00eda ido al garete. Su arma letal resultaba inocua en esta aldea celta poblada por extra\u00f1os seres ajenos a cualquier manifestaci\u00f3n de terror. Un marciano decidi\u00f3 asomarse desde su atalaya a ver si desataba el p\u00e1nico, pero solo logr\u00f3 una llamada de atenci\u00f3n por megafon\u00eda:\u0010\u00abEl roxu esi que vaya al botiqu\u00edn pa que le echen crema\u00bb. Si en sus anteriores ataques a la Tierra fueron las bacterias su peor enemigo, esta vez hab\u00edan dado con un fen\u00f3meno imprevisto: el playu. La orden de evacuaci\u00f3n fue inmediata.<\/strong><\/p>\n<p>(Publicado en ELCOMERCIO el viernes 30 de junio de 2017)<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En los confines de Gij\u00f3n, ah\u00ed donde lindamos con Villaviciosa, a unos metros de la rotonda de Quintes, se inici\u00f3 la invasi\u00f3n marciana. 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