{"id":10876,"date":"2019-06-12T22:50:36","date_gmt":"2019-06-12T20:50:36","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/?p=10876"},"modified":"2019-10-16T10:19:16","modified_gmt":"2019-10-16T08:19:16","slug":"__trashed","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2019\/06\/12\/__trashed\/","title":{"rendered":"Recuerdos de la playa"},"content":{"rendered":"<p><strong>El primer recuerdo de la infancia en San Lorenzo consiste en una carrera hasta la orilla, nada m\u00e1s llegar, para construir un barco de arena. Si la mar estaba subiendo, la batalla terminaba siempre en derrota. Por mucho que reforzases los muros con alguna piedra la v\u00eda de agua estaba asegurada y las olas se acababan comiendo aquellas fr\u00e1giles murallas. A veces quedaba \u00e1nimo para levantar un segundo barco. Pero nunca un tercero. La duda es c\u00f3mo se enfocaba el asunto si la mar bajaba. Ah\u00ed se esfuma un tanto la memoria, pues el juego no pod\u00eda funcionar bien y un ni\u00f1o, en aquellos a\u00f1os 70, no ten\u00eda ni la m\u00e1s remota idea de si el agua iba o ven\u00eda.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong>El segundo recuerdo es el olor de las casetas por dentro. Fuera, en el territorio madres, la arena estaba blanca y seca. Dentro, reinaba la humedad. Algo as\u00ed como el aroma de un ba\u00f1o turco al \u2018estilo San Lorenzo\u2019, con el tacto fr\u00edo en los pies.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong>El tercero es que la playa era inmensa. Larga e indomable como la cresta de una cordillera monta\u00f1osa. Al cil\u00farnigo le llevaban a la doce y desde all\u00ed pensar por ejemplo en La Escalerona era como ir de Gij\u00f3n a Oviedo.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong><a href=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/06\/recuerdos-de-la-playa-redux.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-large wp-image-10877\" src=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/06\/recuerdos-de-la-playa-redux-576x1024.jpg\" alt=\"recuerdos-de-la-playa-redux\" width=\"576\" height=\"1024\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/06\/recuerdos-de-la-playa-redux-576x1024.jpg 576w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/06\/recuerdos-de-la-playa-redux-169x300.jpg 169w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/06\/recuerdos-de-la-playa-redux.jpg 767w\" sizes=\"(max-width: 576px) 100vw, 576px\" \/><\/a>En la colecci\u00f3n de postales expuesta en el Nicanor Pi\u00f1ole, las de los a\u00f1os 40 y 50 apelan a aquel Gij\u00f3n en blanco y negro donde hab\u00eda cosas tan sorprendentes como un Campo Vald\u00e9s sin iglesia o un esbelto edificio en el N\u00e1utico relevado por otro anodino, am\u00e9n de una avenida Rufo Garc\u00eda Rendueles sin moles. En las de los 60 y 70, el dato m\u00e1s llamativo es, sin duda, el suelo del Muro. Un pavimento revivido a\u00f1os atr\u00e1s al acudir a una boda al Palacio Figaredo, en cuya terraza perviv\u00eda el mismo dise\u00f1o. En un par de postales destacan aquellas m\u00edticas cuadr\u00edculas grises. En una de ellas avanzan dos hermanos con id\u00e9ntica ropa setentera; otro recuerdo de impacto. Mismo pantal\u00f3n, misma camiseta, mismos playeros. Tambi\u00e9n, aquella gran p\u00e9rgola central, con amplia sombra, relevada hoy por otra m\u00e1s ligera. Y un horizonte despejado, sin los descomunales diques de El Musel que parecen un tanto \u2018Show de Truman\u2019.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong>Llegada la adolescencia, proced\u00eda marcar distancias con los mayores e irse a tostarse a la catorce y la quince. Medio siglo despu\u00e9s, el cil\u00farnigo no va a ninguna escalera ni lleva ninguna toalla. Va a la playa, la pasea, se ba\u00f1a frente a la Rampla, pasea de nuevo y se va. \u00a1Como un vieyu! As\u00ed hasta 2018, cuando, por primera vez, ni siquiera se dio un triste ba\u00f1o. Las tormentas lo llenaron todo de detrito humano y la posibilidad cierta de salir marr\u00f3n del agua result\u00f3 disuasoria. Este a\u00f1o llega igual de incierto.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong>De aquel San Lorenzo setentero lo que m\u00e1s llama la atenci\u00f3n es el ej\u00e9rcito de casetas. Era tal que al volver de hacer el barco o de ba\u00f1arte algunas veces te perd\u00edas buscando la \u2018calle\u2019 acertada. Hoy pocas cosas han mejorado. Acaso, la caseta de salvamento dise\u00f1ada por Diego Cabezudo, las alegres papeleras de colores y el parque escult\u00f3rico del Muro. Por lo dem\u00e1s, hay menos casetas, menos arena y m\u00e1s contaminaci\u00f3n. Pero, a pesar de los pesares, el Muro y la playa siguen siendo, sin duda, nuestra mejor postal.<\/strong><\/p>\n<p>Publicado en EL COMERCIO el jueves 13 de junio de 2019<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>El primer recuerdo de la infancia en San Lorenzo consiste en una carrera hasta la orilla, nada m\u00e1s llegar, para construir un barco de arena. Si la mar estaba subiendo, la batalla terminaba siempre en derrota. 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