{"id":10947,"date":"2019-10-03T21:35:15","date_gmt":"2019-10-03T19:35:15","guid":{"rendered":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/?p=10947"},"modified":"2019-10-03T21:35:15","modified_gmt":"2019-10-03T19:35:15","slug":"los-ultimos-tomates","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2019\/10\/03\/los-ultimos-tomates\/","title":{"rendered":"Los \u00faltimos tomates"},"content":{"rendered":"<p><strong>Octubre, en el campo, es un mes zen. Refresca levemente y empieza a instalarse una apacible quietud. La huerta brinda sus \u00faltimos coletazos. A\u00fan quedan calabacines, pimientos y tomates, aunque a estos \u00faltimos, los grandes reyes del cuadril\u00e1tero, les empieza a costar un mont\u00f3n colorearse. El cil\u00farnigo quit\u00f3 ayer los \u00faltimos, unos cuarenta medianos y peque\u00f1os, para dejarlos enrojecer sobre papel de peri\u00f3dico (vale para todo EL COMERCIO) o reposando en el cesto de las nueces. Al final de la huerta se contrapone el auge de las manzanas, en plena eclosi\u00f3n. Van ya tres llagaradas de sidra dulce; rica, alegre y cantarina. Y quedan varios hasta que, entrado noviembre, se pase, con fe ciega en el triunfo, a la sidra casera, esa ambros\u00eda astur que cada a\u00f1o se embotella, \u00fanica en su especie, con matices diferentes, personales e intransferibles.<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong><a href=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/10\/tomate.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-large wp-image-10948\" src=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/10\/tomate-576x1024.jpg\" alt=\"\" width=\"576\" height=\"1024\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/10\/tomate-576x1024.jpg 576w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/10\/tomate-169x300.jpg 169w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2019\/10\/tomate.jpg 627w\" sizes=\"(max-width: 576px) 100vw, 576px\" \/><\/a>Ayer toc\u00f3 limpiar el llagar. Quitar ganchos y maderos, tirar la magalla al huerto y pegar un manguerazo. Durante todo el proceso, una velutina no dej\u00f3 de ir y venir, pos\u00e1ndose en busca de pingarates. Cuando agarrabas un trapo, levantaba \u00e1gil el vuelo para volver al cabo de dos minutos con la energ\u00eda de un helic\u00f3ptero. Intuitiva ella. As\u00ed varias veces hasta que el lagarero opt\u00f3 por la convivencia pac\u00edfica. Ya le dijo Laria un d\u00eda que las velutinas, si no se las molesta, no son agresivas y as\u00ed entabl\u00f3 una amable conversaci\u00f3n con la invasora; sobre esto y aquello y lo de m\u00e1s all\u00e1. Quieren asentarse en la regi\u00f3n, confes\u00f3 en petit comit\u00e9, y tras varios c\u00f3nclaves en sus avisperos han decidido estudiar llingua oficial. No el asturiano natural como las manzanas; ese que se habla por todos los rincones, sino ese artificio para el que calibran entre mil y dos mil puestinos a medio plazo. Que nadie se asuste cuando las vean preguntando desde la ventanilla \u00abay f\u00eda, \u00bfc\u00f3mo qui\u00e9s el picotazu en fala o al uso?\u00bb. Cariacontecido, descre\u00eddo de la estulticia de la cosa p\u00fablica, el cil\u00farnigo se despide amablemente del torpedo volador y evade su mente por el prau. En apenas tres horas, da tiempo a muchas y hermosas tareas: es tiempo ya de arrancar la motosierra y recortar una laurela reseca, de respirar los aromas de un fuego con esas cl\u00e1sicas humaredas laterales que se lleva el viento, de pasar por una plancha met\u00e1lica la cosecha de avellanas para tostarlas, de peinar el \u00e1rea de influencia del peral para separar lo podre de lo fresco, de pa\u00f1ar unas manzaninas gruesas para llevar a casa, de barrer las hojas ca\u00eddas del platanero, de escuchar la orquesta diaria de las aves rapaces&#8230;<br \/>\n<\/strong><br \/>\n<strong>Son tantas las sensaciones campestres que cuando toca regresar a la civilizaci\u00f3n tal parece un acto contra natura. Y eso que cuando uno se asoma al Infanz\u00f3n Gij\u00f3n se despliega como una prolongaci\u00f3n \u2018natural\u2019 de su entorno abrazando el Cant\u00e1brico. Pero, entre otras adversidades, ah\u00ed est\u00e1n los malos humos y las negras aguas. Al fondo de la estampa se divisan chimeneas. Y al lado derecho, ese Piles tan intr\u00ednsecamente gijon\u00e9s por donde no navegan precisamente calabacines.<\/strong><\/p>\n<p>(Publicado en EL COMERCIO el jueves 3 de octubre de 2019)<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Octubre, en el campo, es un mes zen. Refresca levemente y empieza a instalarse una apacible quietud. La huerta brinda sus \u00faltimos coletazos. A\u00fan quedan calabacines, pimientos y tomates, aunque a estos \u00faltimos, los grandes reyes del cuadril\u00e1tero, les empieza a costar un mont\u00f3n colorearse. 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