{"id":2430,"date":"2012-04-26T08:23:11","date_gmt":"2012-04-26T07:23:11","guid":{"rendered":"http:\/\/blog.elcomercio.es\/campoyplayu\/?p=2430"},"modified":"2012-04-26T08:23:11","modified_gmt":"2012-04-26T07:23:11","slug":"aquella-noche-en-cayo-largo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2012\/04\/26\/aquella-noche-en-cayo-largo\/","title":{"rendered":"Aquella noche en Cayo Largo"},"content":{"rendered":"<p><strong>Aterrizamos en Cayo Largo a bordo de un helic\u00f3ptero sin puerta de la Compa\u00f1\u00eda Aerogaviota. El aeropuerto de la isla cubana era peque\u00f1o, con un modesto edificio rematado por un techo de paja. Ante la puerta principal, un grupo de salsa hac\u00eda los honores a tan distinguida visita: ocho simples turistas en vuelo procedente de La Habana. Entre ellos, un servidor y su amigo Jos\u00e9. Aquel recibimiento nos dio alas, las mismas que le faltaban a nuestro medio de transporte. Hab\u00edamos <!--more-->elegido el helic\u00f3ptero tras un overbooking del avi\u00f3n, un modelo polaco de la Segunda Guerra Mundial que inspiraba la misma escasa fiabilidad. Sin embargo, la cosa funcion\u00f3. En apenas una hora, en vuelo bajo, divisando el Caribe, con sus islotes, hab\u00edamos ido turn\u00e1ndonos en la silla situada junto a la puerta sin puerta, bien atados al cintur\u00f3n de seguridad, por si las moscas, para divisar el agua cristalina, las palmeras ocasionales e intentar ver alg\u00fan que otro tibur\u00f3n. Aquel recibimiento en la isla era un presagio de que nos lo \u00edbamos a pasar bomba. As\u00ed fue.<\/strong><\/p>\n<p><strong>La primera de las\u00a0cuatro jornadas que \u00edbamos a estar en Cayo Largo la pasamos tranquilos. Tomamos posesi\u00f3n del bungal\u00f3, fuimos a la playa y nos relajamos todo y m\u00e1s. Hac\u00eda un sol maravilloso, el agua estaba cristalina y con las gafas de bucear pod\u00edas ver corales, estrellas de mar y barracudas a escasos metros de la arena. Lleg\u00f3 la noche. Tras una cena simp\u00e1tica, preguntamos d\u00f3nde se pod\u00eda tomar algo. La respuesta fue sencilla: en la discoteca. \u00bfY d\u00f3nde est\u00e1 la discoteca? M\u00e1s sencilla a\u00fan: en el aeropuerto. Total, que nos fuimos al aeropuerto. Lo que de d\u00eda era una amplia estancia donde se recib\u00eda a los viajeros de noche era un escenario con actuaci\u00f3n en directo y mucho ambiente. En ese confortable marco se impon\u00eda un poco de ron. Pero como muchos pocos hacen un mucho decidimos cortar por lo sano y pedir una botella. La banda sonaba de cine. Tocaban esas canciones salseras que se prolongan con un estribillo machac\u00f3n que a m\u00ed me encantan. As\u00ed que cuando el ron se subi\u00f3 a la cabeza y baj\u00f3 hasta los pies ya est\u00e1bamos Jos\u00e9 y yo d\u00e1ndolo todo en la pista. <\/strong><\/p>\n<p><strong>La evoluci\u00f3n de la noche result\u00f3 curios\u00edsima. La banda tocaba al mismo ras de la pista. No hab\u00eda tarima. Quiz\u00e1s animados por el fragor de la batalla nocturna, los miembros del grupo cada vez estaban un poco m\u00e1s adelante y los agradecidos bailongos tambi\u00e9n. La exaltaci\u00f3n de la amistad entre concertistas y p\u00fablico lleg\u00f3 a tal punto que hubo un momento en que est\u00e1bamos todos mezclados. As\u00ed que de repente te encontrabas bailando en un punto equidistante del bater\u00eda, el guitarra y el cantante. O sea, en medio de ellos. Yo, enloquecido por la salsa y por el ron, intent\u00e9 llevar a cabo uno de mis sue\u00f1os m\u00e1s repetitivos: que doy un concierto y que lo hago dabuten, vamos que suena bien. As\u00ed que me acerqu\u00e9 al cantante y le ped\u00ed que me dejara el micr\u00f3fono para seguir yo con el cl\u00e1sico estribillo desfasante (&#8230;y si la negra dice qu\u00e9&#8230; que tumbe&#8230;.y si la negra dice qu\u00e9&#8230; que tumbe). El sonido era ensordecedor, pero yo le suplicaba al cantante que me cediera un minuto de gloria. Una y otra vez. El t\u00edo, por suerte, no me hizo ni caso, pues en caso de haberme cedido los trastos igual me hubiera ido linchado de aquel aeropuerto-discoteca. <\/strong><\/p>\n<p><strong>Bailamos horas Jos\u00e9 y yo, agotamos la botella de ron y cuando acab\u00f3 todo montamos en una furgonetilla que habr\u00eda de dejarnos en nuestro bungal\u00f3. \u00cdbamos ya para la habitaci\u00f3n cuando un cubano empez\u00f3 a darnos la tabarra. A las cuatro de la ma\u00f1ana, en Cayo Largo, quer\u00eda explicarnos por qu\u00e9 no estaba &#8220;de acueldo con Aznal&#8221; (est\u00e1bamos en noviembre de 1996). Yo quise ahogarlo tras aquella sobredosis de diversi\u00f3n salsera. Pero me contuve. Mientras el cubano desplegaba su bater\u00eda de argumentos a Jos\u00e9, opt\u00e9 por tirarme vestido a la piscina de nuestro complejo hotelero. Me libr\u00e9 en un instante del\u00a0plasta y despej\u00e9 uno de los pedos m\u00e1s divertidos de mi vida.<\/strong><\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Aterrizamos en Cayo Largo a bordo de un helic\u00f3ptero sin puerta de la Compa\u00f1\u00eda Aerogaviota. El aeropuerto de la isla cubana era peque\u00f1o, con un modesto edificio rematado por un techo de paja. 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