{"id":2761,"date":"2012-06-04T08:08:56","date_gmt":"2012-06-04T07:08:56","guid":{"rendered":"http:\/\/blog.elcomercio.es\/campoyplayu\/?p=2761"},"modified":"2012-06-04T08:08:56","modified_gmt":"2012-06-04T07:08:56","slug":"el-mollejo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2012\/06\/04\/el-mollejo\/","title":{"rendered":"El Mollejo"},"content":{"rendered":"<p><strong>&#8216;Los Madrugos&#8217;. As\u00ed se llamaba el bar situado al final de Boca de Hu\u00e9rgano, ese pueblo del valle de Ria\u00f1o que se erige en una aut\u00e9ntica encrucijada: en un sentido mira para Ria\u00f1o y su embalse, en el contrario para el puerto de San Glorio y en su bifurcaci\u00f3n se abre hacia la provincia de Palencia. Al final de la Villa, como llamamos todos abreviadamente a Boca, a su izquierda, asentaba sus reales el &#8216;Madrugo&#8217;, mote familiar\u00a0de quienes ten\u00edan afici\u00f3n a levantarse temprano singularizado en el regente del bar y \u00fanico habitante de la vivienda situada en el piso superior: Francisco del Hoyo del Hoyo. A este &#8216;madrugo&#8217; con el paso de los a\u00f1os le pasamos a llamar Paco en la barra del bar y &#8216;Mollejo&#8217;\u00a0o &#8216;Molle&#8217; en las conversaciones particulares, identificando al cocinero con el alimento que tanto nos pirriaba: sus deliciosas mollejas plancha.\u00a0<\/strong><\/p>\n<p><strong><!--more--><a href=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2012\/06\/mollejo3.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-6443\" style=\"margin: 11px;border: black 11px solid\" src=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2012\/06\/mollejo3.jpg\" alt=\"\" width=\"203\" height=\"300\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2012\/06\/mollejo3.jpg 1170w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2012\/06\/mollejo3-203x300.jpg 203w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2012\/06\/mollejo3-768x1134.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2012\/06\/mollejo3-693x1024.jpg 693w\" sizes=\"(max-width: 203px) 100vw, 203px\" \/><\/a>Ten\u00eda el Madrugo un sinf\u00edn de encantos bajo su aparente sencillez rural: una barra, cuatro mesas y un televisor; una terraza exterior mirando a la carretera y al afamado torre\u00f3n medieval de la Villa; y un viejo manzano, del que Francisco del Hoyo se alimentaba a diario durante los meses de verano.\u00a0Completaban el ornato del bar\u00a0peque\u00f1os detalles tales como un escudo de madera del Real Madrid, una colecci\u00f3n de navajas en venta o una ruleta met\u00e1lica con cassettes del a\u00f1o de la polka, arrinconada junto a sus dos peri\u00f3dicos de cabecera: El diario de Le\u00f3n y el Marca.\u00a0El primer gran encanto, reconozc\u00e1moslo, era su carta, deliciosamente escueta: mollejas plancha o guisadas, filetes con patatas, chulet\u00f3n, ensalada y embutido. De postre, crema catalana, tarta al g\u00fcisqui o helados. Cuantos acud\u00edamos al Madrugo de mi clan familiar\u00a0apost\u00e1bamos\u00a0prioritariamente por un tr\u00edo alimenticio: las mollejas plancha, la ensalada y los filetes con patatas. S\u00f3lo vari\u00e1bamos las cantidades, que discut\u00edamos\u00a0desde media tarde mientras pase\u00e1bamos por el monte. Si, por ejemplo, \u00e9ramos seis a la mesa pod\u00eda concretarse la cosa en un 2-2-3. El segundo encanto asociado al primero era la libertad de horarios. Francisco, Paco, Molle nos daba alimento a cualquier hora del d\u00eda, lo cual era un aut\u00e9ntico privilegio en aquellos d\u00edas de r\u00edo y monte. El tercero, que con el tiempo tambi\u00e9n fue primero, era su don de gentes, su singular car\u00e1cter, sus salidas, su humor leon\u00e9s de alta monta\u00f1a, aquellos tics propios del sexagenario solter\u00f3n; aderezados por unas madre\u00f1as perpetuas,\u00a0un bigote cano escueto\u00a0y una amplia calvicie mal disimulada por el estiramiento de cuatro pelos mal puestos de lado a lado de su cabeza.\u00a0Peque\u00f1o y rechoncho, era el Molle un personaje a la altura del soldado Svejk, el protagonista de El\u00a0tambor de hojalata\u00a0o el cocinero chino de un barco pirata.<\/strong><\/p>\n<p><strong>Descritos los mimbres, procede pasar a las situaciones. Entra un cliente. Francisco est\u00e1 solo. Aparenta ser una buena noticia, pero en la alta monta\u00f1a leonesa el afecto se reboza de una buena dosis de\u00a0agresividad. \u00bfYa est\u00e1s t\u00fa aqu\u00ed? S\u00ed, estoy aqu\u00ed. Pues se estaba mejor solo. Pues te jodes. A ver si no bebes. Anda y ponme un vino. \u00bfRioja? Estoy yo pa Rioja. En ocasiones resultaba una maravilla quedarse callado para escuchar a los aut\u00f3ctonos agredirse verbalmente. Con el tiempo, Francisco nos fue contando sus andanzas mientras cen\u00e1bamos. Le anim\u00e1bamos el bar cuatro, ocho o doce comensales y \u00e9l tomaba parte de nuestras conversaciones desde la barra como uno m\u00e1s. As\u00ed fue como nos cont\u00f3 para ilustrar la tensa relaci\u00f3n que manten\u00eda con su hermano aquella vez en que iban caminando monte arriba\u00a0cuando\u00a0\u00e9ste le plante\u00f3: \u00bfCantamos? \u00c9l replic\u00f3 secamente: \u00bfHay motivo? Y no se cant\u00f3, pues no hab\u00eda un motivo espec\u00edfico. O aquella otra ocasi\u00f3n en que, de ronda de vinos con su panda de amigos, le toc\u00f3 pagar a \u00e9l y la cuenta\u00a0doblaba a la\u00a0de anteriores bares. Entonces espet\u00f3 con tono cr\u00edtico: \u00bfQui\u00e9n pidi\u00f3 Rioja? Su pregunta qued\u00f3 acu\u00f1ada por el grupo y la repet\u00edan siempre que algo les parec\u00eda caro, aunque estuviesen ya en la versi\u00f3n gin-tonics,\u00a0a los que el Molle siempre llamaba &#8216;chismes&#8217;. \u00bfQu\u00e9? \u00bfTe pongo un chisme?<\/strong><\/p>\n<p><strong>Tantos a\u00f1os en el Mollejo, tantas comidas, meriendas y cenas&#8230; La cosa lleg\u00f3 a tal punto de complicidad\u00a0que, en ocasiones, un domingo por la tarde, desde el r\u00edo, le llamaba al bar para pedirle que me fuera preparando las mollejas para darme un banquete en su terraza antes de poner rumbo a Gij\u00f3n. El Madrugo, en su solter\u00eda, llevaba una vida absolutamente espartana: un paseo por el monte a las ocho de la ma\u00f1ana y el bar abierto de sol a sol, hasta m\u00e1s all\u00e1 de la medianoche todos los d\u00edas, en verano y en invierno. Apenas se conced\u00eda cerrar dos veces al a\u00f1o, para ir a Le\u00f3n a los toros o por una visita de m\u00e9dico. En el bar estaba en su salsa. Y sin en verano era cuando m\u00e1s ambiente administraba, alternando aut\u00f3ctonos con forasteros, en el m\u00e1s crudo invierno no ten\u00edamos reparo en cruzar su puerta un lunes de enero para cenar en pareja, con \u00e9l de maestro de ceremonia. En aquellas solitarias cenas, a veces con la nieve asomando por la ventana, siempre se abr\u00eda tambi\u00e9n la puerta para Tol\u00eds, su cliente m\u00e1s inseparable. Tal pareja hac\u00edan que pagaban el Canal Plus a medias para ver los partidos del Real Madrid. Tol\u00eds quedaba en la barra y la cosa acababa con una tertulia a cuatro.<\/strong><\/p>\n<p><strong>A mediados de junio de 2008 entramos al Madrugo, como siempre. Pero Molle estaba con muy mala cara. Sentado, con un chaleco, ten\u00eda a tres o cuatro clientes en la barra, pero \u00e9l estaba en la mesa de la esquina, donde le gustaba cenarse unas manzanas al acabar la tarea. Nos mir\u00f3 pesaroso y dijo que, si no nos importaba, nos fu\u00e9ramos a cenar a la competencia. La ci\u00e1tica no le dejaba moverse, pero ten\u00eda el bar abierto para no aburrirse. La ci\u00e1tica result\u00f3 ser un c\u00e1ncer de huesos galopante y el 1 o el 2 de julio muri\u00f3 en Le\u00f3n a los 63 a\u00f1os. Yo no logr\u00e9 asimilar aquello. Su funeral llen\u00f3 la iglesia de Boca de Hu\u00e9rgano. Fue bonito. Una persona sola, que manten\u00eda trato distante con una buena parte de sus parroquianos, llenaba el templo en el d\u00eda de su despedida. Al abandonar el cementerio, nos topamos con Tol\u00eds y se nos hizo a todos un grueso nudo en la garganta. Faltaban palabras adecuadas para expresar la amargura del momento prolongado con un verm\u00fa que parec\u00eda un velatorio. Cuatro a\u00f1os despu\u00e9s, cuando paso en coche frente al Madrugo, con su puerta y sus ventanas cerradas a cal y canto, imagino el bar a oscuras, comido por el abandono,\u00a0y\u00a0siento que una parte de mi vida se qued\u00f3 encerrada en esas cuatro paredes.<\/strong><\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>&#8216;Los Madrugos&#8217;. 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