{"id":4112,"date":"2013-04-05T10:02:31","date_gmt":"2013-04-05T09:02:31","guid":{"rendered":"http:\/\/blog.elcomercio.es\/campoyplayu\/?p=4112"},"modified":"2013-04-05T10:02:31","modified_gmt":"2013-04-05T09:02:31","slug":"el-samovar-de-la-discordia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2013\/04\/05\/el-samovar-de-la-discordia\/","title":{"rendered":"El samovar de la discordia"},"content":{"rendered":"<p><strong>En los a\u00f1os setenta, un ni\u00f1o de la guerra regres\u00f3 a Gij\u00f3n con dos regalos para su familia: una balalaica como la de &#8216;Doctor Zhivago&#8217; y un samovar como el de &#8216;Anna Karenina&#8217;. De la balalaica\u00a0poco m\u00e1s se supo, m\u00e1s que se fue a un rinc\u00f3n,\u00a0pese a lo evocador que puede llegar a ser este instrumento que protagoniza la escena final de la maravillosa pel\u00edcula\u00a0de Omar Sharif y Julie Cristie. No pareci\u00f3 tener gran \u00e9xito. Pero el samovar, esa tetera rusa con enchufe <!--more-->incorporado y formato un tanto tel\u00farico, pas\u00f3 a presidir la casa gijonesa adonde lleg\u00f3 desde la lejana Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica. Ocupaba un lugar privilegiado y era objeto de burlas entre los hijos, ya adultos, y de admiraci\u00f3n entre los nietos. Entre estos \u00faltimos se encontraba una guapa ni\u00f1a que (qui\u00e9n lo iba a adivinar) veintipico a\u00f1os despu\u00e9s iba a decir el &#8216;s\u00ed, quiero&#8217; a este juntaletras que les escribe. El samovar le fascinaba. No parece documentado que sus abuelos llegaran a hacer t\u00e9, o sea, que le dieran uso, pero el aparato ah\u00ed estaba, silencioso, alimentando el misterio infantil que suscitaba un objeto ruso en los a\u00f1os setenta espa\u00f1oles, cuando aquel pa\u00eds se identificaba con \u00edtems como KGB, misiles, matrioskas, paisajes nevados, balalaicas\u00a0y samovares. El t\u00edo abuelo que lo trajo era un hombre misterioso, con alg\u00fan carn\u00e9 raro e indescifrable en su cartera. Y el samovar era la pieza perfecta para completar el enigma.<\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2013\/04\/imagesCAR7B7X3.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-full wp-image-4119\" src=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2013\/04\/imagesCAR7B7X3.jpg\" alt=\"\" width=\"194\" height=\"259\" \/><\/a>Murieron los abuelos y el piso qued\u00f3 vac\u00edo varios a\u00f1os. El samovar segu\u00eda all\u00ed, en su silencioso reinado. Hasta que la t\u00eda de la gran defensora del artefacto amenaz\u00f3 amistosamente con hacer una limpieza que llevar\u00eda a la codiciada pieza a un indigno final: la basura. Entonces su fan n\u00famero 1 reclam\u00f3 la pieza para s\u00ed. Y hace cosa de dos semanas, al llegar del trabajo, un samovar (parecido al de la imagen)\u00a0presid\u00eda el sal\u00f3n de mi casa. Reposaba sobre el ajedrez, provisionalmente instalado entre las dos filas de peones blancos y negros, en el centro del tablero, amenazando con adue\u00f1arse del paisaje central del hogar. Era una figura extempor\u00e1nea, chocante, a la cual se desviaba tu mirada en todo momento. Estabas viendo la televisi\u00f3n desde el sof\u00e1 y, cada poco, girabas la vista a esa pieza siniestra que te recordaba en la penumbra, dig\u00e1moslo suave, a una urna de cenizas mortuorias. A los tres d\u00edas, con el samovar entre ceja y ceja, al llegar al reposo del hogar, le ech\u00e9 valor y me levant\u00e9 del sof\u00e1 como un resorte para quitarlo de mi vista y colocarlo en un rinc\u00f3n, junto al parag\u00fcero. &#8220;Con este cacharro a la vista no me puedo concentrar en la pel\u00edcula&#8221;, me excus\u00e9. La esposa acus\u00f3 el golpe. No lleg\u00f3 a decirme que me hab\u00eda casado con un samovar sin saberlo, pero s\u00ed me dej\u00f3 claro que a la basura no ir\u00eda. <\/strong><\/p>\n<p><strong>Dos o tres d\u00edas despu\u00e9s, al llegar a casa de nuevo a medianoche not\u00e9 una refrescante ausencia. En el sal\u00f3n ya no hab\u00eda intrusos. Aquel objeto maligno se hab\u00eda ido en peregrinaje para casa de los suegros en busca de otro rinc\u00f3n desde donde vigilar la Espa\u00f1a del siglo XXI para pasar sus informes a Putin y compa\u00f1\u00eda. Cerrado felizmente el &#8216;caso samovar&#8217;, qued\u00f3 la asignatura pendiente de recomponer el matrimonio, volver al equilibrio anterior, sin objetos desequilibrantes en la paz del hogar. Dud\u00e9 entre llevarla a una reposici\u00f3n de &#8216;Desde Rusia con amor&#8217; o, mejor,\u00a0de &#8216;Doctor Zhivago&#8217;. Entonces pens\u00e9 en su final, en su banda sonora y tom\u00e9 una decisi\u00f3n: le comprar\u00e9 una balalaica. Quiz\u00e1 la toque a las mil maravillas sin falta de que nadie la ense\u00f1e. Como en la pel\u00edcula.<\/strong><\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En los a\u00f1os setenta, un ni\u00f1o de la guerra regres\u00f3 a Gij\u00f3n con dos regalos para su familia: una balalaica como la de &#8216;Doctor Zhivago&#8217; y un samovar como el de &#8216;Anna Karenina&#8217;. 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