{"id":4249,"date":"2013-05-23T08:00:15","date_gmt":"2013-05-23T07:00:15","guid":{"rendered":"http:\/\/blog.elcomercio.es\/campoyplayu\/?p=4249"},"modified":"2013-05-23T08:00:15","modified_gmt":"2013-05-23T07:00:15","slug":"rescate-en-el-gilbo","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2013\/05\/23\/rescate-en-el-gilbo\/","title":{"rendered":"Rescate en el Gilbo"},"content":{"rendered":"<p><strong>No hablamos del Everest. Ni del Lhotse, que acaba de coronar el astur Egocheaga. Bajamos un poco m\u00e1s. Estamos en el valle de Ria\u00f1o, presidido por el Yordas, en el verano de 1982. Una ma\u00f1ana, dos primos, de 14 y 18 a\u00f1os, deciden subir el otro pico emblem\u00e1tico del &#8216;sky line&#8217; ria\u00f1\u00e9s: el Gilbo. Es\u00a0de talla\u00a0menor que el Yordas, pero es\u00a0un paseo con trampa pues es muy pindio por su frontal y le crece de la cima hacia atr\u00e1s una larga cresta, como la espalda de un dinosaurio, por la que caminas en equilibrio de trapecista. Pese a este riesgo, consustancial a la monta\u00f1a, no hay partes de guerra en el historial de este microeverest ria\u00f1\u00e9s. Pero pudo haberlo, sin duda, en 1982.<!--more--><\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2013\/04\/gilbo.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-4250\" src=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2013\/04\/gilbo.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"225\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2013\/04\/gilbo.jpg 1600w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2013\/04\/gilbo-300x225.jpg 300w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2013\/04\/gilbo-768x576.jpg 768w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2013\/04\/gilbo-1024x768.jpg 1024w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a>Los dos primos salen de la plaza del pueblo por la ma\u00f1ana sin haber dado cuenta a sus familias. Suben el Gilbo en un pisp\u00e1s, sin darse un pijo de importancia. Lo atacan por lo f\u00e1cil: campo de San Miguel, Vallarqu\u00e9 hacia el fondo, subida lateral y cresteo hasta la cima, desde donde hay una espectacular vista del valle de Ria\u00f1o (del viejo Ria\u00f1o, no nos confundamos). Tras unos minutos de relax, llega la decisi\u00f3n tonta: bajar por delante, gateando por una gran vertical. Entre las rocas aparece un corto tramo de hierba larga y tumbada. Sientan el culo y\u00a0se deslizan\u00a0por ella hasta el siguiente roquero. Bien. Divertido. Derrapa que da gusto. Pero hete aqu\u00ed que el primo mayor toma ventaja y se pierde de vista del menor. Entonces se oye un grito: &#8220;\u00a1Adriaaaaan!&#8221;. &#8220;\u00a1Corre!&#8221;. &#8220;\u00a1Ayuda!&#8221;. Unos metros adelante, el primo menor ve otro tramo de hierba larga, muy corto, los picos de unas rocas y la voz de Jayo, del primo mayor, que cuelga del abismo. Te acojonas entero. \u00c9l advierte que la hierba resbala. No hay tiempo que perder. Te tumbas y vas desliz\u00e1ndote hacia abajo, llegas as\u00ed, horizontal, a la caliza\u00a0saliente, que te hace de parapeto y distingues entonces, una gota m\u00e1s abajo, las manos, solo las manos, de Jayo agarradas a la monta\u00f1a. Entonces, desde tu defensa, extiendes un brazo todo lo que puedes para que \u00e9l se coja y trepe por \u00e9l. Lo hace. Poco a poco. Y emerge. <\/strong><\/p>\n<p><strong>Cuando, media hora despu\u00e9s, a\u00fan con el susto en el cuerpo, los primos caminan ya hacia Ria\u00f1o por el campo San Miguel, el rescatador, satisfecho, le dice al rescatado: &#8220;Vaya pote que me voy a dar&#8221;. Pero \u00e9l le replica: &#8220;No cuentes nada, que mi madre no me deja ir m\u00e1s al monte&#8221;. Se firma el pacto de silencio. Tambi\u00e9n se cierra un c\u00edrculo: si en el Gilbo salvaste a tu primo en 1982, en las faldas del Gilbo, doce a\u00f1os atr\u00e1s,\u00a0su hermano mayor, Marian\u00edn,\u00a0te sac\u00f3 del canal cuando hab\u00edas ca\u00eddo dentro, sin que nadie te viera,\u00a0y te comenzaba a llevar la corriente. Con el\u00a0correr del tiempo, Jayo acab\u00f3 por dedicar su vida a la monta\u00f1a con una empresa (<a href=\"http:\/\/lobonomada.wordpress.com\/\" target=\"_blank\" rel=\"external nofollow\">Lobonomada<\/a>) especializada en excursiones por el Parque de Redes. Marian\u00edn\u00a0falleci\u00f3 en plena juventud. Y el rescatador rescatado lo cuenta ahora, gracias a su mano providencial, para que conste en los archivos de la memoria familiar.<\/strong><\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<p>&nbsp;<\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>No hablamos del Everest. Ni del Lhotse, que acaba de coronar el astur Egocheaga. Bajamos un poco m\u00e1s. Estamos en el valle de Ria\u00f1o, presidido por el Yordas, en el verano de 1982. Una ma\u00f1ana, dos primos, de 14 y 18 a\u00f1os, deciden subir el otro pico emblem\u00e1tico del &#8216;sky line&#8217; ria\u00f1\u00e9s: el Gilbo. 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