{"id":9049,"date":"2016-04-25T07:14:56","date_gmt":"2016-04-25T06:14:56","guid":{"rendered":"http:\/\/blog.elcomercio.es\/campoyplayu\/?p=9049"},"modified":"2016-04-25T07:14:56","modified_gmt":"2016-04-25T06:14:56","slug":"incidente-con-movil-en-el-alvia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2016\/04\/25\/incidente-con-movil-en-el-alvia\/","title":{"rendered":"Incidente (con m\u00f3vil) en el Alvia"},"content":{"rendered":"<p><strong>Cuando viajas en tren lo disfrutas desde que compras el billete. Solo imaginar una ventana, un paisaje, el peri\u00f3dico y\/o un libro es lo suficientemente sugerente como para que resulte secundaria la duraci\u00f3n. Es m\u00e1s, a veces hasta te da rabia llegar aunque lleves nueve horas en ruta. Todo es id\u00edlico en el tren. Todo es relajante. Todo, salvo la compa\u00f1\u00eda. No te refieres a la propia, pues el viaje es en solitario. Te refieres a la accidental. A la del humano que te toca en suerte en el asiento vecino. Una semana de relax produce un estado de \u00e1nimo a\u00fan mejor en el retorno. Pero tras una persona educada se te adjunta otra que ya te da malas vibraciones desde el primer instante. Es un var\u00f3n de unos 43 a\u00f1os, tez p\u00e1lida, pelo negro y ropa azul marino y negra. Demasiada ropa para finales de abril. Y aspecto trist\u00f3n. \u00a0<!--more--><\/strong><\/p>\n<p><strong><\/strong><strong><a href=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2016\/04\/TREN-ALVIA.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-9055\" style=\"margin: 11px;border: 11px solid black\" src=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2016\/04\/TREN-ALVIA.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"164\" srcset=\"https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2016\/04\/TREN-ALVIA.jpg 590w, https:\/\/static-blogs.elcomercio.es\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2016\/04\/TREN-ALVIA-300x165.jpg 300w\" sizes=\"(max-width: 300px) 100vw, 300px\" \/><\/a>Nuestro hombre pasa a la ventanilla y se reclina adoptando una extra\u00f1a postura. Aqu\u00ed llega la primera sorpresa. Con los ojos entornados, mete la mano al plum\u00edfero y extrae de un bolsillo un regaliz rojo alargado. Se lo engulle y empieza a masticarlo con la boca semiabierta haciendo un ruidillo horroroso. Cuando acaba, vuelve a meter la mano, saca otro y repite la masticaci\u00f3n. As\u00ed durante un cuarto de hora. Al final, se acaba la bolsa. Calculas unos ocho o diez regalices. Entonces se pasa al tel\u00e9fono m\u00f3vil. Marca el n\u00famero de un amigo e inicia una larga perorata. Tiene acento gallego poco pronunciado, aunque vive en Le\u00f3n, adonde se dirige. Ha estado en Madrid en un asunto de empresa y se llama Luis. Y habla y habla y habla, mientras t\u00fa intentas abstraerte de sus palabras sin \u00e9xito para centrarte en un apasionante libro de Manu Leguineche. Empiezas por tanto a irritarte. El gallegui\u00f1o prolonga su pl\u00e1tica una media hora. Un rollo infumable. Reflexiones repetidas una y otra vez a su interlocutor sobre la oportunidad de cambiar de curro. No son originales precisamente. Destacan dos: &#8220;Siempre hay cosas positivas y cosas negativas&#8221;, &#8220;es cuesti\u00f3n de analizarlo&#8221;, con una coletilla final: &#8220;\u00bfNo s\u00e9 si me entiendes?&#8221;. Te entendemos Luis, pero todo el vag\u00f3n va en silencio y solo se te escucha a ti. <\/strong><\/p>\n<p><strong><a href=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2016\/04\/MOVIL1.jpg\"><img loading=\"lazy\" class=\"alignleft size-medium wp-image-9060\" src=\"\/campoyplayu\/wp-content\/uploads\/sites\/42\/2016\/04\/MOVIL1.jpg\" alt=\"\" width=\"300\" height=\"300\" \/><\/a>A la primera media hora de conversaci\u00f3n le siguen dos m\u00e1s de unos veinte minutos cada una. Luis solo descansa para repasar el guasap. Luego intenta la cuarta, salta un buz\u00f3n de voz y ah\u00ed deja su santo y se\u00f1a. Falta la guinda del pastel. Mientras t\u00fa te encuentras literariamente en el campo de concentraci\u00f3n de Mauthausen, tu compa\u00f1ero de pupitre no encuentra ya a quien llamar a dar el co\u00f1azo. Entonces empieza a repasar v\u00eddeos chorras, con volumen en abierto. Se queda en el primero, que parece gustarle, pues en cuanto termina lo empieza otra vez. Su m\u00fasica, m\u00e1s bien horrible, te martillea una y otra vez. No \u00a0puedes m\u00e1s. Entonces saltas. Miras fijamente a Luis y le dices: &#8220;Perdona, \u00bfno te parece que ya est\u00e1 bien?&#8221;. Luis te mira perplejo. No entiende nada. No es consciente de ser un pelma monumental. Y un maleducao. Te mira con cara de bobo, como pidiendo una aclaraci\u00f3n. \u00bfQu\u00e9? &#8220;Que si no te parece que ya est\u00e1 bien&#8221;, repites ultraserio. Sigue sin entender. Y debes explicarle: &#8220;Que ya est\u00e1 bien de dar el co\u00f1azo con el m\u00f3vil. Me est\u00e1s dando el viaje. \u00bfNo ves que la gente va callada y solo est\u00e1s t\u00fa metiendo ruido y molestando?&#8221;. Sigue con cara de bobo. Entoces farfulla con una voz blanda, fofa: &#8220;Pues si te molesta vete a otro asiento&#8221;. <\/strong><\/p>\n<p><strong>La respuesta es simplemente una mirada asesina. Luis no te columpies, intentas decirle con los ojos. Llega la parada de Le\u00f3n, te pide pasar y se pone en pie en el pasillo. Antes de irse, lanza una pulla final. Te toca el hombro y espeta: &#8220;Perdone, si le he molestado le pido disculpas&#8230; Pero tambi\u00e9n me ha molestado usted a m\u00ed porque va sentado en mi asiento&#8221;. Nuestro h\u00e9roe se queda contento con ese reproche a una situaci\u00f3n que desconoc\u00edas. Solo le replicas harto de su presencia, de su m\u00f3vil y de sus regalices rojos: &#8220;Qu\u00e9 gilipollez&#8221;. Adi\u00f3s Luis. Hasta nunca. Seguro que en estos momentos comunicas.<\/strong><\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Cuando viajas en tren lo disfrutas desde que compras el billete. Solo imaginar una ventana, un paisaje, el peri\u00f3dico y\/o un libro es lo suficientemente sugerente como para que resulte secundaria la duraci\u00f3n. Es m\u00e1s, a veces hasta te da rabia llegar aunque lleves nueve horas en ruta. Todo es id\u00edlico en el tren. 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