{"id":9265,"date":"2012-05-10T08:16:34","date_gmt":"2012-05-10T07:16:34","guid":{"rendered":"http:\/\/proyectos.elcomercio.es\/blogs\/campoyplayu\/?p=1599"},"modified":"2012-05-10T08:16:34","modified_gmt":"2012-05-10T07:16:34","slug":"el-valle-de-los-animales-vii","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/blogs.elcomercio.es\/campoyplayu\/2012\/05\/10\/el-valle-de-los-animales-vii\/","title":{"rendered":"El valle de los animales (VII)"},"content":{"rendered":"<p><strong>Despert\u00e9 desconcertado, dolorido, sin una idea aproximada de mi ubicaci\u00f3n. Antes de abrir los ojos, me toqu\u00e9 la cara. Mi mano izquierda se adentr\u00f3 en una tupida barba. Entonces pude oler la lluvia. Empezaban a caer gruesos goterones, tan gruesos que casi levantaban el polvo al impactar contra el suelo. Me llen\u00f3 la fragancia de tierra mojada, ese aroma seco y h\u00famedo a la vez que dura apenas unos <!--more-->instantes hasta que todo queda homog\u00e9neamente encharcado. Tumbado en aquella cueva, unos metros elevada sobre el valle, hab\u00eda pasado quiz\u00e1 una semana en duermevela, con fiebre y una apacible sensaci\u00f3n de quien se adentra en un sue\u00f1o eterno. Hab\u00eda sentido el bullir de los animales, el viento manso, el sonido lejano del r\u00edo; apenas hab\u00eda comido mis \u00faltimos v\u00edveres, sin moverme m\u00e1s que unos cent\u00edmetros dentro de aquella oquedad en la que me hab\u00eda resguardado.<\/strong><\/p>\n<p><strong>Ahora abr\u00eda los ojos con dificultad, como si tuvieran que desenmara\u00f1ar antes las telara\u00f1as de mi mente. Lo hice de todas formas. Tras unos minutos de esfuerzo, las formas difusas comenzaron a definirse: los \u00e1rboles, la monta\u00f1a\u00a0al otro lado del valle, el camino que surcaba\u00a0aquella pradera\u00a0parti\u00e9ndola en dos, unos caballos a media ladera. Una hora despu\u00e9s de recobrar la consciencia inici\u00e9 el esfuerzo de moverme. El cuerpo ped\u00eda agua, para beber y para asearse. Comenc\u00e9 por arrastrarme, avanzando a cuatro patas, como una hiena o un perro vagabundo; al cabo de unos metros pude levantarme, pero me mare\u00e9 y ca\u00ed de bruces. Llegar al r\u00edo fue como hallar un oasis en el desierto. Agua cristalina, limpia y fresca. Desnudo, me tumb\u00e9 en la orilla y sumerg\u00ed todo mi cuerpo; apoy\u00e9 la cabeza en una piedra m\u00e1s gruesa y la rode\u00e9 cogi\u00e9ndola con los brazos para que no me llevase la corriente. As\u00ed permanec\u00ed un tiempo indefinido. <\/strong><\/p>\n<p><strong>La lluvia hab\u00eda cesado, vencida por un sol picante. La temperatura era buena. Por momentos, tuve la tentaci\u00f3n de dejarme llevar por el agua e iniciar un viaje por el r\u00edo, pero hab\u00eda que reponer fuerzas, comer y recuperar la memoria. En aquel momento, no sab\u00eda muy bien cu\u00e1l era mi hoja de ruta. Tan solo que hab\u00eda dormido durante d\u00edas. Rememor\u00e9 muchas jornadas por el monte, muchos encuentros con animales y, tambi\u00e9n, aquel pueblo fantasma donde dorm\u00ed, el campanario, la mujer que me dio\u00a0carne guisada para cenar y un suculento desayuno;\u00a0y aquella cama con s\u00e1banas de hilo en una habitaci\u00f3n con un suelo de madera crujiente. Ahora mi cama era el propio\u00a0r\u00edo y carec\u00eda de comida, evaporado ya el aroma de la lluvia.<\/strong><\/p>\n<!-- AddThis Advanced Settings generic via filter on the_content --><!-- AddThis Share Buttons generic via filter on the_content -->","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Despert\u00e9 desconcertado, dolorido, sin una idea aproximada de mi ubicaci\u00f3n. Antes de abrir los ojos, me toqu\u00e9 la cara. Mi mano izquierda se adentr\u00f3 en una tupida barba. Entonces pude oler la lluvia. Empezaban a caer gruesos goterones, tan gruesos que casi levantaban el polvo al impactar contra el suelo. 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