Catorce libras, esto es, más de seis kilos, pesaba la hermosa truchaza que se pescó en el Enol a mediados de junio de 1885 y que demostraba que, cuatro años atrás, los mil huevos depositados en el lago habían prendido bien. Fue una iniciativa de Máximo de la Vega (1841-1896), a la sazón canónigo de Covadonga, quien mandó traer los huevos procedentes del lago de Ginebra, en Suiza, con una nueva variedad de trucha que, en su hábitat natural, alcanzaba a pesar muchas veces más de veinte kilos de peso. Todo un “pezón” que acabaría por desplazar a nuestra trucha autóctona, mucho más modesta pero nuestra, al menos. Claro que… ¿qué iba a saber el canónigo por aquel entonces?
Lo contó EL COMERCIO en la página 2 de su ejemplar del 22 de junio de aquel año.