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Arantxa Margolles

Historias de Asturias

Todos a una por el tren estratégico

Hace ciento diez años, el pueblo se levantó en masa contra la decisión capitalina de acortar el tramo de los ferrocarriles estratégicos: la línea procedente de El Ferrol acabaría en Pravia, dejando sin conexión a Gijón y Avilés. Pobres y ricos protestaron contra la afrenta… y ganaron la batalla.

Llevaban veinte años esperando cuando les quitaron la miel de la boca. Sin aviso previo, sin anestesia, con el cortoplacismo endémico de la piel del toro: no había dinero, dijeron, para que el tren llegase ni a Gijón, ni a Avilés. La línea Ferrol-Gijón, que había venido a denominarse la del tren estratégico, llevaba proyectándose desde 1886, pero los dimes y diretes de los caciques gallegos, más atentos a sus rencillas internas que al progreso patrio, habían retrasado su construcción durante más de veinte años en los que a la Vasco-Asturiana, una iniciativa privada, le había dado tiempo a construir  ya varios tramos clave para la economía asturiana: el Oviedo-San Esteban, que pasaba (y pasa… de momento) por Pravia, en 1904, y el Fuso-Figaredo, en 1906.

Así que no hacía falta más, dijo el Gobierno. El estratégico, pensado inicialmente para comunicar las fábricas de armas asturianas y los acuartelamientos ferrolanos, costaba demasiado y poco importaba que Gijón y Avilés, que comenzaban ya a despuntar como enclaves industriales, quedasen incomunicados: el tren llegaría a Pravia, donde se haría trasbordo por el Vasco hacia Oviedo y, desde allí, llegaría a Ribadesella por la vía de los Económicos, por medio de un ramal que estaba en construcción. La noticia cayó como un jarro de agua fría en Avilés y Gijón, hermanadas históricamente por las simpatías y, ahora, por la reivindicación.

A mediados de noviembre de 1907, concretamente el día 14, EL COMERCIO comenzó a arengar a las masas para que se levantasen contra la decisión gubernamental. No era el único: El Popular y El Noroeste, desde Gijón, y El Diario de Avilés, tomaron claro partido por la causa de sus respectivas villas y se enfrentaron, a partir de entonces, durante meses al ovetense El Carbayón, que minusvaloraba la importancia de sus vecinos, sabiéndose voz de quienes resultaban más beneficiados por el cambio de proyecto. Pero los afectados estaban decididos a dar guerra. Y la dieron.

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Una protesta de tonos revolucionarios

La crisis abrió el camino, la afilada lengua de Alejandro Menéndez Acebal hizo el resto. Periodista en EL COMERCIO y antiguo militar, el quince de noviembre participó, de buena mañana, en la primera de las asambleas que se celebraron en la Cámara de Comercio a cuento de la polémica… y consiguió soliviantar a propios y a extraños. “En esta cuestión”, exhortó, “dos maneras hay de conseguir nuestros propósitos: o adulando a los poderosos, como hacen en otros pueblos, lo cual no se aviene con nuestra manera de ser, o demandando justicia severa y enérgicamente, llegando hasta los tonos revolucionarios, para que se nos atienda, para no pasar desdeñosamente inadvertidos”.

La afrenta no era moco de pavo: ya hacía años que Godofredo Álvarez-Cascos había llamado la atención sobre la importancia que el ferrocarril tendría sobre la deprimida economía asturiana. En una España manchada por los intereses del caciquismo y las rivalidades localistas, empero, poco importaba el pensamiento a largo plazo: el vertebrar la costa asturiana para el transporte de mercancías y de viajeros, lo que haría, según el pensador, que se potenciase también el turismo, que ya en aquellos años comenzaba a ser, allende las fronteras españolas, no solo un lujo de ricos sino también de pobres. Para ellos iría, también, el tren, y no eran pocos. Lo demostraron el diecinueve de noviembre.

 

Se paró hasta el aliento

Literalmente. Ese día salía a Madrid, en tren –no podía ser de otra manera-, la Junta de Defensa del tren estratégico. A la aventura: en la capital solo tres diputados, los asturianos Pedregal y Rendueles, y el leonés Gumersindo Azcárate defendían la causa. Cosa diferente era la villa de Jovellanos: a las tres de la tarde, se congelaron comercios y tabernas, paró el humo de las fábricas y, por primera vez en la historia, salieron a la calle criadas y señores, patrones y obreros, jornaleros y propietarios, repeinadas y descamisados, zapatitos de charol y alpargatas de esparto, todos a una: a la del tren.

“¡A la Estación del Norte!” Faltaban dos horas para la salida de los expedicionarios y Gijón ya se levantaba en procesión. Ni un alma en los bares, ni una mecanógrafa despistada en las oficinas del Estado, ni un crío en los parques. Nunca antes –y pocas veces después- se vio una protesta de semejante parangón. Llegaba gente de Villaviciosa, de Avilés, de los “pueblos postergados” por la caprichosa decisión ministerial, como decía la prensa; se engalanaron los balcones con pancartas improvisadas. Todo fue algarabía y, sobre todo, esperanza. Esperanza de que los capitalinos –los asturianos y los españoles- razonasen, orgullo malherido de quien pierde lo que lleva esperando décadas. Cuenta EL COMERCIO que, en el auge del tema, uno de los comisionados, que se acercaba en coche a la estación, sacó la cabeza por la ventanilla y gritó, levantando el sombrero en señal de agradecimiento a los manifestantes, “¡vivan los ferrocarriles sin chanchullos!”. Y a Gijón, y a Avilés con su delegación no poco numerosa, les temblaron los cimientos con el ¡viva! de respuesta.

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Malas noticias

Pero la alegría, como todo en casa del pobre, duró poco. Ya el veintiuno de noviembre, los telegramas que enviaba la comisión delegada a Madrid no traían buenas noticias: no se respiraban aires favorables en la capital, poco preocupada por los avatares de provincias y silenciada por los amaños caciquiles. Pero no estaban solos. “Con ellos estará la prensa que no se soborna”, animaba en sus páginas EL COMERCIO del día 23, “con ellos estarán todos los españoles que no viven de los amaños políticos (…), todos los asturianos que no viven de la intriga política, (…) víctimas de vergonzosas asechanzas, de incalificables miras, de las mayores bajezas humanas, puestas a favor de un mercantilismo grosero”.

Era asunto monetario, pero incluso quienes no andaban mal de pecunio defendían que el Estratégico pasase por Avilés y Gijón. Álvarez Cascos, ya en un texto de 1904, reconocía que ese ferrocarril, a él, no le hacía ninguna falta. “Quizá viva más tranquilo sin él”, llegaba a afirmar,pero se necesitaría no ser asturiano ni ser español ni preocuparse del porvenir de nuestra raza, para negar nadie su apoyo a idea tan fecunda, después de bien enterado de ella. Ahí está la clave, enterar bien del asunto a cuantos pueden contribuir al éxito del ferrocarril de Ferrol a Gijón”.

Los diputados nacionales no eran de la misma opinión. Pocos hablaban, y los que lo hacían aducían a razones económicas a corto plazo para no construir los cincuenta y un kilómetros en litigio de una vía que salía, decían, demasiado cara; que quitaría presupuesto para la construcción de otros tramos y que, además, no gustaría –he ahí el quid de la cuestión- a las iniciativas privadas que, sin subvención, habían construido ya sus propias líneas. El veinticinco de noviembre, reunida la muchedumbre de nuevo en el Circo Teatro de Avilés, se trajo a colación lo mucho que aportaban a las arcas del Estado los asturianos, más aún los emigrados a América, y lo despreciable del egoísmo capitalino, y se lloró. “Hubo un momento”, dice EL COMERCIO, “en que callaron las voces de los más entusiastas y las lágrimas acudieron a los ojos de los menos conmovidos.

A la noche, la lluvia mojó, cual si fuera el llanto de un pueblo malherido, los pocos pasquines que habían quedado abandonados por las calles de la villa del Adelantado.Tú, hermosa villa avilesina, y vosotros, otros pueblos del distrito, unidos todos por el supremo interés de nuestro honrado trabajo, por el derecho indiscutible que tenemos a vivir en el concierto asturiano, necesitamos hoy, reuniendo en una sola todas nuestras fuerzas, fundiendo en una sola todas nuestras energías, lanzar la aguda nota de clarín al amparo del estandarte del bien público y clavar el cartel de nuestros innegables derechos (…) ¡Avilesinos! (…) Nos va en ello la vida que, más bien que nuestra, pertenece a nuestros hijos…” En Madrid, las negociaciones habían fracasado, y el veintinueve de noviembre el Ayuntamiento de Gijón, en protesta, dimitió en bloque.

 

Al final, el triunfo

Pero no se cejó en el empeño. Guardadas las pancartas y vueltas a arrancar las fábricas, vueltos los de arriba al tajo y los de abajo al destajo, siguieron moviéndose los hilos por detrás de la tramoya y EL COMERCIO, buen conocedor de quiénes podían trabajar por moverlos, inauguró el seis de diciembre la sección “Honor a quien honor se debe”. Tuvo seis secciones dedicadas a glosar la figura de quienes, con sus gestiones, acabarían por conseguir el objetivo de traer el Estrátegico: Gumersindo de Azcárate, Ángel Rendueles, Faustino Rodríguez San Pedro, José Manuel Pedregal, diputados; María del Carmen de los Ríos (viuda recientísima, de septiembre, y hasta entonces condesa de Revillagigedo), y otros.

Hubo que esperar medio año, pero a mediados de mayo de 1908, por fin, el Gobierno se pronunció de forma tan escurridiza como lo había hecho también en noviembre: abriendo el plazo, hasta enero del año nueve, de un concurso de proyectos para el ferrocarril del Ferrol a Gijón, pasando por Betanzos y Ribadeo hasta Pravia y, de ahí, yendo de Avilés a Villabona con líneas de distinto ancho y un muelle común que facilitase los transbordos. La vertebración, en fin, que se mantiene aún hoy y que todavía costaría mucho llegar a conseguir materialmente: al ferrocarril estratégico le tocaría aún sobrevivir a las faltas de inversión y previsión, a una guerra y a una posguerra que hundieron al país en la ruina.

No vería la luz hasta bien avanzados los años 60, pero ese día, el del triunfo de aquellos “pueblos postergados”, tocaba celebrarlo. Y la Corrida, en tiempos en los que la luz eléctrica era un lujo y no una necesidad, se iluminó durante tres días; en Avilés el Ayuntamiento pagó copiosas comidas de fiesta a necesitados y reclusos y las bandas municipales tocaron sin descanso, toda la semana, al compás de los pobres, y los ricos, que danzaban en torno a ellas. En el balcón de Silverio Suárez Infiesta pendió, durante días, el retrato del más ilustre ilustrado gijonés. Sabía el doctor Infiesta que Jovellanos había sido el primero en defender al tren, incluso sin saber siquiera qué era. “Nunca se debe perder de vista que las obras necesarias son preferibles a las puramente útiles”, escribió en su día, “pues además que la necesidad envuelve siempre la utilidad, y una utilidad más cierta, es claro, como se ha dicho ya, que son más acreedores a los auxilios del Gobierno los que piden para subsistir, que los que los desean para prosperar”. Lo dijo hace más de doscientos años, pero aún -¡qué desgracia!- no hemos sido capaces a interiorizarlo.

Sobre el autor

Arantza Margolles, historiadora y arqueóloga gijonesa. Autora del libro 'El crimen de ayer' y coautora de 'Villafría, 1934'. Presentadora y guionista de 'Historias y Misterios' (TPA) y colaboradora de EL COMERCIO con 'Crímenes de ayer en Asturias' e 'Historias de Asturias'.


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