La custodia compartida es el tema estrella de las consultas de divorcio en los últimos tiempos. Desde el punto de vista de la madre que quiere la custodia para ella se vive como una amenaza. Desde el punto de vista del padre que la quiere, parece mucho más interesante, porque no implica una responsabilidad total, supone no pagar pensión alimenticia o pagar una cantidad menor y se presenta como una opción más justa. Pero muy pocas veces los dos progenitores desean establecer una custodia compartida para cuidar de sus hijos. Y, si hemos de ser sinceras, solo en esos pocos casos en los que se parte de una situación favorable y hay buen entendimiento van encajando las piezas de este complejo puzzle.
Y es que hay que hacer un ajuste de expectativas en cuanto a la custodia compartida. En primer lugar, tienen que darse circunstancias materiales adecuadas. No cabe pensar en esta opción si los domicilios de los padres están tan alejados que dificultan la asistencia al colegio o actividades de los niños. Tampoco si por motivos de trabajo, salud o desinterés uno de los padres no va a ocuparse de sus hijos con toda la dedicación que una custodia compartida requiere. Por último, la comunicación entre progenitores es fundamental. Sobran las descalificaciones, las broncas y desautorizar lo que el otro hace. Es recomendable consensuar unas reglas comunes por las que regirse en las cuestiones básicas como alimentación, horarios de sueño y otras rutinas habituales. Tampoco se debería someter a los niños a combinaciones imposibles que conviertan su día a día en una pesadilla. Contar con la ayuda de un psicólogo que oriente a la familia hasta que la nueva situación se estabilice y la normalidad vuelva a imponerse puede ser muy recomendable.
Y una cosa más. La custodia compartida no debe ser la opción elegida solo porque se pretenda evitar el pago de alimentos o pagar menos. Es importante hacer el esfuerzo de buscar en cada caso la opción que realmente mejor pueda satisfacer las necesidades económicas y afectivas de los niños.