En un divorcio lo que se está decidiendo tiene que ver con los pilares de la vida de los litigantes: sus hijos y su relación como pareja. Por ello los abogados tenemos que ser especialmente conscientes de la sensibilidad de nuestros clientes y empatizar en la medida de lo posible, sin olvidarnos de ajustar expectativas, porque no siempre lo que pretende conseguir un padre o una madre, aun siendo razonable, es posible desde un punto de vista legal.
El mejor abogado y en el mejor escenario posible, lo máximo que va a poder conseguir es una sentencia con la que su cliente quede mas o menos satisfecho. A partir de ahí llega la parte más compleja: cumplir día a día el régimen de custodia establecido, responsabilizarse puntualmente de las obligaciones económicas y adaptarse a las nuevas circunstancias. Y en esta segunda parte también se pueden hacer las cosas bien o mal y, según como se hagan la vida de los niños y de sus padres, puede transcurrir con normalidad o puede ser un suplicio constante. Para hacer las cosas bien a veces hay que contar con asesoramiento legal, porque el sentido común no siempre es suficiente para resolver las dificultades o diferencias de interpretación que se vayan presentando. Pero el asesoramiento legal no es suficiente para lograr el principal objetivo de todo este proceso: reponerse anímicamente, superar la ruptura y seguir adelante con esperanzas renovadas priorizando siempre lo que sea mejor para los niños. También es muy importante el apoyo de un psicólogo especializado en este tipo de situaciones familiares. Si el psicólogo y el abogado pueden estar en contacto durante el proceso judicial, mejor que mejor, pero aún terminada la parte jurídica, a veces queda trabajo psicológico por hacer, para construir una nueva forma de entender la familia tras la ruptura.