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Abogadas al rescate. Primeros pasos en un divorcio.

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En este episodio de Abogadas al rescate os hablamos de los primeros pasos que hay que seguir cuando una persona está pensando en divorciarse.

Tan solo son dos minutos de información pero merece la pena hacer un pequeño esfuerzo cada semana porque, poco a poco, iremos comprendiendo mejor nuestros derechos y empezaremos a pensar de una forma más práctica lo que, sin apenas darnos cuenta, nos ayudará a evitar problemas legales en nuestro día a día.

Puedes ver el vídeo aquí.

Este vídeo es un primer nivel de información, muy genérico, suficiente para tener una idea superficial de la cuestión. Si estás pensando en divorciarte es el momento de dar un paso más y seguir leyendo. Te daremos algunos consejos prácticos que podrán ayudarte para saber por dónde empezar.

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El primer consejo que damos a cualquier persona que nos consulta en una ruptura de pareja es intentar mantener la calma. Parece fácil… pero seguramente es lo más difícil que se puede pedir a una persona que está atravesando este proceso. Su vida va a sufrir cambios importantes que afectan a cuestiones vitales por lo que los nervios están a flor de piel y las emociones se sienten con gran intensidad. Estas sensaciones son inevitables pero hay que intentar hacer las cosas bien a pesar de ellas.

¿Qué significa mantener la calma?

Cuando decimos que hay que mantener la calma nos referimos a que no hay que actuar dejándose llevar por las emociones. El miedo, la culpa, los celos, el desamor, la decepción, la desesperación o la incertidumbre no son nunca buenos consejeros y pueden llevarnos a actuar de forma precipitada y contraria a nuestros propios intereses. Por ello, hemos de intentar, en la medida de lo posible, tranquilizarnos, controlando el tono en las discusiones con la pareja. Si hay que hablar, hablar por el momento de temas personales, no de temas legales, aunque vayan muy relacionados la mayor parte de las veces. Al hacerlo, hay que evitar a toda costa que los niños, cuando los haya, sean testigos de la conversación, incluso cuando esta sea tranquila y pacífica. Es posible que no estén preparados para comprender todas las cuestiones que afectan a sus padres y hay que pensar bien qué se les cuenta y cuándo, tomando en cuenta su madurez, para minimizar el daño que podamos hacerles.

Por otra parte y aunque parezca obvio, mantener la calma implica evitar los insultos, las descalificaciones, las amenazas y cualquier forma de violencia física. Y no se trata sólo de que podemos estar cometiendo un delito y el otro pueda denunciarnos y por ello tengamos que preocuparnos de no dejar pruebas de lo que decimos o hacemos. Se trata de comportarse correctamente, de tal forma que dejemos abierta una línea de diálogo, aunque ésta a veces no sea más que una pequeña puerta entreabierta con la que poder trabajar más adelante de cara a intentar llegar a un acuerdo.

Es muy difícil pedirle al otro que se comporte correctamente si nosotros no somos capaces de hacerlo. Hemos de empezar por hacer un esfuerzo. Si aun así no es posible hablar sin que la conversación se nos escape de las manos, nuestro consejo es esperar a otro momento en que los ánimos se encuentren más calmados. Y si ese momento no llega, siempre tendremos la opción de negociar a través de nuestros abogados o recurriendo a la mediación, minimizando así el daño emocional que la ruptura siempre produce.

¿Cuándo hay que consultar a un abogado?

Hay que consultar a un abogado en el mismo momento en que decidimos poner fin al matrimonio y si la relación es conflictiva incluso antes de comunicar a nuestra pareja la decisión de romper. Solamente así actuaremos en todo momento debidamente asesorados y nos aseguraremos de no dar ningún paso en falso. En nuestro despacho, tras esta primera consulta muchas veces hemos recibido una llamada de nuestro cliente informándonos de que ha habido una reconciliación por lo que no hay que tener miedo a consultar pensando que esto ya implica presentar una demanda de divorcio. No tiene necesariamente que ser así, es más, el abogado no debe animar ni impulsar a quien le consulta a tomar una decisión tan personal, limitándose a explicar los pasos que implica un divorcio y las opciones que se pueden barajar en atención a las circunstancias personales y económicas de cada familia.

Si no podemos consultar desde un primer momento, conviene hacerlo lo antes posible, pero en cualquier caso antes de tomar decisiones que impliquen actuaciones tales como dejar la vivienda familiar, sacar cantidades importantes de cuentas bancarias comunes, cambiar la domiciliación de la nómina a una cuenta diferente para evitar ingresar dinero, impedir que el otro vea a los niños, comunicar a nuestra pareja lo que queremos o lo que al otro le espera sin habernos asesorado antes, etcétera. Cualquiera de estos comportamientos puede llegar a implicar consecuencias negativas. No significa que no podamos hacerlo en ningún momento, pero habrá que analizar si es posible y cómo y cuándo hacerlo si corresponde.

¿Qué sucede en la primera visita al abogado?

Hemos de elegir un abogado en el que podamos confiar y con quien podamos sentirnos cómodos desde la primera visita. Hay muchos perfiles de abogados, que oscilan entre dos extremos: aquellos que son más partidarios de intentar por todos los medios lograr un acuerdo sin escatimar esfuerzos y tiempo en ello, acudiendo solamente a la vía judicial contenciosa cuando queda descartada esta primera opción (pero incluso entonces con disposición de reconducir el procedimiento a uno amistoso si es posible) y aquellos que solamente son partidarios del acuerdo si la otra parte acepta sus propuestas, sin demasiado margen de negociación, empleando la vía judicial contenciosa cuando aparecen las primeras dificultades. Y es importante dejar esto claro porque el perfil de abogado debe coincidir con el del cliente para que haya entendimiento. Ahora bien, a nosotras nos parece imprescindible que el cliente sea el que en todo momento tome las decisiones, dentro del margen legal y ético en que su abogado debe mantenerle debidamente asesorado.

En nuestro despacho comprobamos que lo más normal en esta primera visita es sentirse nervioso y preocupado y no saber qué esperar, así que escuchamos atentamente la situación que preocupa al cliente y vamos haciendo las preguntas adecuadas para poder dar una primera orientación. Por tanto, no es necesario preparar nada en especial, aunque algunas personas se apoyan en una lista de preguntas que han elaborado previamente, para no olvidar ningún punto que consideran importante. Finalmente resulta que hay muchas cosas que ni siquiera habían pensado preguntar de las que podrán informarse igualmente pero es cierto que es esencial poder irse sin olvidar ninguna de nuestras preocupaciones.

Las preguntas imprescindibles que debemos hacer tienen que ver con la fecha del matrimonio, si este fue civil o religioso, si hay hijos y cuál es su edad, cuál es el régimen económico del matrimonio (si hicimos capitulaciones matrimoniales ante Notario conviene llevar la escritura), si los dos miembros de la pareja trabajan y cuáles son sus ingresos y horarios de trabajo, cuál es la residencia familiar y quién es el propietario y en su caso si hay hipoteca o está alquilada y renta que se paga, funcionamiento económico de la familia, organización para el cuidado de los hijos, si cuentan con apoyo familiar para ello, etcétera. La mayor parte de estas cuestiones son fáciles de contestar porque tan solo son cosas cotidianas para la pareja. Con esta primera información ya contamos una primera idea de la situación económica y familiar y es entonces cuando empezamos a resolver las dudas.

¿Un abogado para los dos o uno para cada uno?

Cuando entre los miembros de la pareja se mantiene cierto grado de comunicación y confianza es posible que un solo abogado se encargue de la defensa de los dos. Pero en tal caso es importante hacer este planteamiento desde un primer momento e incluso hacer la primera consulta en presencia de los dos cónyuges. En nuestro despacho, cuando asesoramos a una pareja no podemos tomar partido por ninguno de ellos en particular. Les informamos de sus derechos, obligaciones y expectativas con total transparencia y buscando una solución adecuada a sus circunstancias de modo que ninguno de los dos salga beneficiado en perjuicio del otro. Esto supone un ahorro económico, ya que podrán asumir el coste por mitad en lugar de duplicarlo empleando dos abogados. Ahora bien, si asumimos la defensa de los dos miembros de la pareja y llegamos a un punto en el cual finalmente resulta de todo punto imposible cerrar un acuerdo, no continuaremos de forma contenciosa la defensa para ninguno de los cónyuges. Tendrán que buscarse otro abogado cada uno de ellos pues, no sería ético llegado ese momento, tomar partido cuando se maneja información que concierne a las dos partes. Afortunadamente este desenlace se da en pocas ocasiones.

No obstante, algunos de nuestros clientes prefieren optar por elegirnos como sus abogados, invitando a su pareja a negociar con nosotros directamente o hacerlo a través de un abogado de su elección pero dejando claro que, si no es posible el acuerdo, nuestro despacho asume su defensa desde el primer momento. En esta segunda opción siempre buscaremos el acuerdo pero al defender a nuestro cliente nos centraremos en sus puntos de interés y no en el punto intermedio. Es la mejor opción cuando no resulta fácil el diálogo entre los cónyuges o la desconfianza existe desde un primer momento.

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¿Por qué es mejor llegar a un acuerdo?

Empecemos por decir que un divorcio puede ser amistoso o contencioso. El procedimiento contencioso siempre es judicial y aunque lo desarrollaremos en otro capítulo baste por el momento adelantar que cada parte solicita del Juez las medidas que considera oportunas. De este modo es el juez en la sentencia el que tomará las decisiones, por lo que estamos poniendo en manos de una tercera persona cuestiones esenciales de nuestra vida. Además, nunca podemos garantizar un resultado concreto pues, aunque podemos hablar de expectativas razonables, cuando ponemos un asunto en manos de un juez hemos de contar con que nunca tenemos el control total de lo que vaya a suceder.

En cambio, en un procedimiento amistoso trabajamos para lograr que los cónyuges decidan cómo van a organizar su vida tras la ruptura. Los dos tendrán que ceder hasta encontrar un punto de acuerdo pero serán ellos quienes decidan, por lo que el grado de satisfacción será mayor y el cumplimiento de las medidas será más sencillo ya que hemos de limitarnos a hacer aquello con los que previamente estamos de acuerdo. Podremos concretar cuestiones que nos resulten importantes tanto como queramos, a diferencia de un procedimiento contencioso, que suele limitarse a las medidas esenciales, sin entrar en demasiado detalle.

El procedimiento amistoso es más económico. Ya hemos dicho que puede utilizarse un solo abogado para la defensa de los dos cónyuges, pero incluso cuando cada uno tenga su propio letrado evitaremos el coste de informes periciales, posibles medidas provisionales, recursos e incluso ejecuciones en la mayor parte de los casos.

Por encima de todas estas razones queremos destacar una: cuando hay hijos, es especialmente importante hacer un esfuerzo por llegar a un acuerdo ya que será inevitable seguir tratando con nuestro ex hasta que aquellos tengan vida independiente. Cuando menos se deteriore la relación y menos implicados estén los niños en el proceso de ruptura, menos traumático será el proceso.

¿Para divorciarse es imprescindible acudir al Juzgado?

Hemos dicho que el divorcio contencioso siempre es judicial pues será el Juez el que determine las medidas en una sentencia en atención a lo solicitado por las partes. Requiere abogado y procurador e interviene además el Ministerio Fiscal cuando hay hijos menores. En muchos casos es necesario contar con un informe del equipo psicosocial del juzgado para valorar la mejor opción de custodia en atención a las circunstancias de la familia y también podemos aportar informes periciales privados y muchas otras pruebas.

Cuando el divorcio es amistoso y existen hijos menores también será judicial el procedimiento, con abogado, procurador e intervención del Ministerio Fiscal, pero la mecánica es más sencilla. Los abogados redactamos un acuerdo (convenio regulador) que se presenta en el Juzgado, limitándose los cónyuges a ratificarlo. Después se revisa por el fiscal y si no hay ningún cambio que hacer se aprueba por el juez.

Si no hay hijos menores de edad el procedimiento de divorcio amistoso puede formalizarse ante Notario. En tal caso podemos prescindir del procurador pero no del abogado que será quien redacte el convenio regulador igualmente.

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¿Qué significa ajustar expectativas?

Es algo más difícil de lo que parece. Cuando una persona que se quiere divorciar llega a nuestro despacho, por lo general, ya tiene una idea aproximada de lo que quiere conseguir. La mayor parte de las veces esta idea responde a lo que le gustaría de forma idealizada (por ejemplo, quiero que mis hijos vivan conmigo y quiero que mi marido nos ingrese al menos esta cantidad de dinero para poder mantener este nivel de vida). Otras veces al hablar con amigos o familiares ha llegado a la conclusión, por lo que le han comentado de otros casos, que en el suyo particular puede producirse el mismo resultado, generalizando situaciones particulares. Por último, también son muchas las ocasiones en que la idea de lo que es justo o injusto que pueda tener una persona es la que marca lo que cree que puede o no conseguir, sobreentendiendo que si algo le parece injusto difícilmente será lo que quepa esperar.

Por desgracia no siempre las expectativas que se hace una persona coinciden con sus posibilidades reales. Esto es así porque hemos de movernos dentro de lo que la ley y la jurisprudencia marcan en cada caso de modo que lo que a cada cual pueda parecerle justo o injusto queda en un segundo plano. Además, las circunstancias particulares de cada familia son vitales, condicionando las posibilidades de actuación y dando lugar a medidas diferentes y personalizadas. Por ejemplo, el importe de una posible pensión de alimentos va a estar condicionada por los ingresos del obligado a su pago: no será la misma cantidad para una persona que cuenta con un salario mínimo que para otra que gana 3.000 euros al mes. Por último, la sociedad está cambiando y también lo hacen las normas y las decisiones judiciales. Por ejemplo, si hace no muchos años una custodia compartida era algo excepcional, hoy tenemos que considerar que si uno de los dos progenitores la solicita y no hay circunstancias que la desaconsejen, se convierte con facilidad en la primera opción.

En consecuencia, es responsabilidad del abogado explicar con claridad lo que establecen las normas y lo que cabe esperar en cada caso, si bien siempre hay opciones y un cierto margen en el que podemos movernos. Si nuestro cliente no entiende esto y se empeña en pedir medidas que difícilmente podría conseguir de un Juez, el acuerdo será imposible, pues para lograrlo hemos de movernos dentro de un margen razonable de negociación.

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Quienes llevamos muchos años siendo abogados aún recordamos aquellos tiempos en que empezábamos la consulta preguntando: ¿cuál es la causa de la ruptura? Porque para poder divorciar o separar a un matrimonio teníamos que justificar que se daba para ello una causa y demostrarlo. Además las causas de divorcio eran tasadas y, si no podíamos justificar ninguna de ellas, era necesario solicitar antes una separación judicial como paso intermedio. Poco a poco la jurisprudencia fue suavizando los requisitos y finalmente desaparecieron del Código Civil aquellas causas. Hoy en día el divorcio puede solicitarse siempre y cuando hayan transcurrido tan solo tres meses desde el día de la boda e incluso antes si concurren determinadas circunstancias directamente relacionadas con la violencia dentro del ámbito familiar. Además con que uno solo de los dos quiera poner fin a su matrimonio nada puede hacer el otro por evitarlo.

Así que ya no preguntamos cuál es la causa de la ruptura. Sin embargo, sigue siendo lo primero que nos cuentan quienes nos consultan. Y para quien tenga curiosidad por saberlo, las razones más habituales por las que se quiere poner fin a un matrimonio son estas: discrepancias en el cuidado o educación de los hijos, reparto de las tareas domésticas, problemas con la familia política, infidelidades, celos fundados o no, desacuerdos por la forma en que se gasta el dinero o por lo que aporta cada cual, desaparición del amor o del deseo, excesiva dedicación al trabajo en detrimento de la pareja o de la familia, etcétera. No suele darse una sola de ellas y no necesariamente van en ese orden. El denominador común suele ser la falta o la dificultad de comunicación lo que impide que los problemas que se presentan puedan exponerse y tratar de resolverse.

También observamos que en casi todos los casos al menos uno de los miembros de la pareja piensa que hizo las cosas bien y que el culpable es el otro. Pero la mayor parte de las veces los dos han llegado a esta conclusión y solamente de modo excepcional comparten culpas o se consideran exclusivamente culpables salvando al otro.

Sumemos esto al hecho de que en muchas ocasiones uno toma la decisión de romper cuando el otro no desea hacerlo, por tener aún sentimientos o esperanzas de poder solucionar los problemas.

Entonces ¿importan los motivos?

Desde un punto de vista estrictamente legal no. Es decir, el juez no va a tomar en consideración quién de los dos cónyuges toma la decisión y si el otro desea o no seguir casado, ni tampoco si se portaron bien o mal el uno con el otro siempre y cuando no hayan cometido ningún delito. Tan solo valorará circunstancias objetivas que pueden tener o no que ver con los motivos de la ruptura, como tiempo que puedan dedicar o hayan dedicado a cuidar a sus hijos, lugar de trabajo o ingresos de cada cual, enfermedades o adicciones pero solamente en la medida en que puedan dificultar hacerse cargo de los cuidados de los menores… pero no se culpabiliza a nadie, es decir, no se castiga con la pérdida de derechos a quien no se haya comportado de forma correcta.

Pongamos un ejemplo. Cuando se produce una infidelidad, si el que la sufre quiere divorciarse por lo general entiende que como el otro es el “culpable” de la ruptura (desde un punto de vista personal, recordemos que legalmente no hay culpables) lo “justo” (de nuevo desde un punto de vista subjetivo, no jurídico) sería que la custodia de los niños se le adjudicara a quien ha salido perjudicado en el matrimonio, que aspirará además a seguir habitando la vivienda familiar y a tener una compensación económica. Pues no es así en absoluto. Son muchas las circunstancias a considerar para poder responder si es o no posible lograr aquello a lo que esta persona aspira pero, entre todas ellas, no se encuentra el asunto de la infidelidad. ¿Significa esto que ser infiel no tiene consecuencias? Pues hoy en día desde un punto de vista estrictamente legal no las tiene. Y ello a pesar de que cuando se contrae matrimonio se establece la fidelidad como una de las obligaciones legales que existen en la pareja.

Esto cuesta hacerlo entender. Pero así son las cosas. Y esta conclusión hay que ponerla en relación con lo que un poco más atrás explicábamos sobre ajustar expectativas, porque no podemos convertir el procedimiento de divorcio en una venganza, menos aun haciendo partícipes a los hijos. Mejor dicho, de pretenderlo no conseguiremos nuestro propósito, pues no tendremos a la ley de nuestra parte.

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