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José María Urbano

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OTRA MÚSICA

Los grandes damnificados de la recesión y el ajuste reciben la opción presupuestaria de PSOE y Podemos como una oportunidad en medio del espectáculo político diario

“En un país bien gobernado debe inspirar vergüenza la pobreza. En un país mal gobernado debe inspirar vergüenza la riqueza”. (Confucio).

 

El hartazgo en este país, fruto del cansancio y de la frustración a la que se ha condenado a la sociedad en general por culpa del desempeño de una clase privilegiada y alejada de los problemas reales de los ciudadanos, enzarzados como están en las cuitas de su mundo de Yuppi, nos puede meter a todos en un callejón sin salida de difícil solución. ¿Exageración? No hace falta más que observar lo que ha sucedido esta misma semana en todo aquello que haya dependido de la política. Afortunadamente la sociedad civil sigue respondiendo de forma ejemplar cuando se la requiere, como ha sucedido en los dramáticos sucesos de Mallorca. Aunque incluso aquí siempre tiene que haber alguien que dé la nota. Criticar a Nadal porque haya salido a achicar agua y barro con sus vecinos de Sant Llorenç queriendo ver en ese detalle un afán de notoriedad, solo puede salir de una mente enferma.

 

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De 2008 hasta aquí, desde el inicio de la gran crisis financiera y económica hasta el día de hoy, las consecuencias para el mundo en general, pero para nuestro país en particular han sido demoledoras. Paro, precariedad, pobreza, desigualdad, desaparición de la clase media, enriquecimiento de las grandes corporaciones y un cambio tan radical en las condiciones de vida de tanta gente que ya nada volverá a ser como antes.

Se nos vendió desde la Unión Europea, desde el FMI, que sólo sobre la base de la austeridad llegaría la recuperación. Desde 2011, los gobiernos de Mariano Rajoy –antes ya lo había iniciado Zapatero– se ajustaron al dictado de Bruselas porque, se nos dijo, no quedaba otra alternativa ante la amenaza de la intervención, cuya evitación el propio Rajoy vendió como uno de sus grandes activos.

Al final de todos estos años de ajustes al ciudadano le queda la foto fija de esa austeridad que cada uno ha vivido en primera persona: un paro que alcanza el 15 por ciento todavía, una deuda pública del 100% del PIB, un vaciamiento de la hucha de las pensiones, de la que tanto alardeó Aznar, y que Zapatero, con todos sus problemas y sus errores, logró dejar en 66.815 millones de euros (hoy no llega a 8.000); y sobre todo una reforma laboral que introdujo la posibilidad de contratos que fueron denominados basura, pero que en realidad encerraban y encierran comportamientos semi esclavistas con gente que casi tiene que pagar por trabajar. Adiós a los convenios colectivos, adiós casi a los sindicatos y vía libre para las empresas a la hora de negociar de ‘tú a tú’ con cada trabajador. Sin duda la mejor fórmula para la desrregulación del mercado laboral, aunque aquí eufemísticamente se haya hablado de flexibilidad laboral. Qué decir de los recortes en sanidad, educación, becas, I+D, en el copago farmacéutico… O en la falta de decisión sobre el apoyo a la industria para cambiar de una vez el modelo económico.

Todo ello para concluir que el esfuerzo realizado por la clase trabajadora, con sueldos congelados desde 2008 y en la mayoría de las ocasiones con rebajas salariales, ha ayudado a salir de la crisis si ésta se evalúa desde la macroeconomía, pero en cambio ha dejado tras de sí un reguero de penuria e inseguridad. Tener que escuchar a un político, Albert Rivera, llamar ‘clase media trabajadora’ a aquellos que ganan más de 130.000 euros anuales es simplemente un insulto intolerable a la inteligencia en un país en el que el salario medio se sitúa en 23.156 euros y el más frecuente en 16.497,40. Incluso más bajo para las mujeres.

Pues bien, esta semana ha habido un acuerdo PSOE-Podemos para aprobar el presupuesto de 2019 que lógicamente ha levantado un inmenso océano de reacciones. Existen bastantes dudas sobre los fundamentos técnicos y la viabilidad de ese proyecto –más allá de los apoyos políticos que debe sumar–, pero no nos engañemos. A la gente corriente, es decir, a la mayoría, le ha sonado bien una música que pretende lanzar el mensaje de que la austeridad, entendida como la que ‘paguen siempre los mismos’, se ha acabado. Un salario mínimo de 900 euros, ayudas a las personas, al desempleo, a la dependencia, a la educación, a la sanidad… suena bien a la fuerza.

Se ha dicho que todo ese paquete requiere de entre 5.000 y 6.000 millones de euros. Y que con un paro del 15%, un PIB por las nubes, una previsible subida del petróleo y la amenaza de Italia para el conjunto de la UE, lo harán inviable. Y entonces la gente corriente se pregunta porqué sí fue viable el rescate de los bancos –y el de los emolumentos, indemnizaciones y jubilaciones sonrojantes a directivos que quebraron decenas de empresas– que necesitaron una inyección por parte del Estado de 77.000 millones de euros, de los que 60.600 millones no van a ser devueltos nunca, pese a las promesas de un Gobierno que comprometió su palabra (Luis de Guindos) a que ese dinero volvería a las arcas públicas. (Datos del Banco de España).
Por todo ello, la gente corriente concluye que si se han dilapidado más de 60.000 millones para que los bancos vuelvan a ganar inmensas cantidades de dinero, porqué no probar otra política, cuyo coste en todo caso va a ser menor.

La conclusión de esto es que el ciudadano corriente, el que tiene problemas para llegar a fin de mes, el que no ve salida para sus hijos, el que tiene que endeudarse para atender a sus mayores, cada vez está menos dispuesto a tolerar este sainete político al que parece condenado. Los políticos, todos sin excepción, los de Madrid, los de Oviedo y los de aquí, deberían reflexionar un poco antes de que esto se vaya de las manos. La mayoría está harta de este juego de gente que tiene asegurado su sueldo público.

Alcoa vuelve a estar amenazada en Avilés. Y Asturiana de Zinc y ArcelorMittal siguen estando en desventaja respecto a su competencia europea por los costes de energía. Pues bien, a ver quién cuenta en Avilés que el PNV va aprobar los presupuestos de PSOE-Podemos porque, entre otras cosas, se ha asegurado (lo hizo ya con Rajoy) una tarifa eléctrica especial para la industria vasca, que supondrá una rebaja de unos 100 millones de euros anuales para 800 empresas vascas y navarras, la mayoría siderometalúrgicas.

Dígale usted al vecino de La Luz y al de Versalles, al de Llaranes y al de El Quirinal que sea bueno, que aguante la crisis mientras observa cómo en Cataluña son capaces de poner patas arriba a todo un país con sus delirios independentistas, para que al final los de aquí tengan que soportar que ‘el apoyo catalán’ a los presupuestos de 2019 ya tiene precio: 2.600 millones de euros para que los gestione ese iluminado de nombre Torra.

Que alguien les explique todo esto y más en Avilés, a las 2.163 personas y 846 familias que tuvieron que pedir ayuda el año pasado a Cáritas; o a las 3.485 que necesitaron alimentos, material escolar o ayudas a la hipoteca, al alquiler o al recibo de la luz que les prestó Cruz Roja; o a todos los avilesinos que con sus impuestos ven cómo se necesitan 4.742.396 euros del presupuesto municipal para atender las necesidades de las personas; o, en fin, a las 5.824 personas que hacen cola en la oficina del paro de Avilés.

Por eso, y sabiendo que es injusto generalizar, no hay derecho a este espectáculo al que los políticos nos condenan a diario.

 

Publicado en La Voz de Avilés-El Comercio el día 14 de octubre de 2018

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Sobre el autor

José María Urbano. Periodista. Jefe de Redacción de La Voz de Avilés-El Comercio. El relato de los hechos y los fundamentos de la opinión sólo pueden tener su base en el poder de los datos. En un mundo en el que imperan los clics, los shares, las notas teledirigidas, las ruedas de prensa sin preguntas y las declaraciones huecas en busca de un titular, hay que reivindicar el periodismo hecho por profesionales. Política, economía, cultura, deportes... la vida en general, tienen cabida en este espacio que pretende ir más allá de la inmediatez, la ficción y el ruido que impera apoyado en las redes sociales. El periodismo es otra cosa.


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