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José María Urbano

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UN APLAUSO Y UNA CRÍTICA

‘Avilés, 40 años de democracia’ es un homenaje a un proyecto colectivo que construyó el nuevo Avilés, aunque es llamativo el olvido sobre este periódico

Aplauso cerrado para ‘Avilés, 40 años de democracia’, la película de Tracer Audiovisual, dirigida por Ángel Vilaboy, guión de Paloma Fernández Llera e imágenes del archivo de Nardo Vilaboy. Se trata de un recorrido por la historia reciente de la ciudad al cumplirse cuarenta años de las primeras elecciones democráticas, que tuvieron lugar el tres de abril de 1979. El estreno de la película, que tuvo lugar el pasado miércoles en la Casa de la Cultura, provocó emociones y el aplauso general por una mirada sobre lo que fue una tarea colectiva que desembocó en la ciudad de hoy, bien distinta a aquella que fue reflejada fielmente en blanco y negro.

Una película que debería hacer un recorrido por asociaciones vecinales, colegios y entidades sociales con el único fin de reflexionar con imágenes, durante setenta minutos, de dónde partimos y a dónde hemos llegado. Los logros siempre nos parecerán insuficientes porque ni los ciudadanos ni los pueblos pueden perder la ambición por mejorar en todos los órdenes, pero la película de Vilaboy, sus imágenes, la historia que conduce Paloma Fernández Llera describe a la perfección la ingente labor que se ha llevado a cabo en estas cuatro décadas.

Entre los diferentes enfoques con los que se podría haber abordado este periodo democrático, la película escogió basar su metraje en el ámbito municipal, sus sucesivas corporaciones, sus alcaldes y los proyectos que salieron impulsados fundamentalmente desde el Ayuntamiento.

La nueva era se inició con el primer pleno de la nueva Corporación, aquel que no se inició hasta que un ordenanza retiró el enorme cuadro de Franco que había presidido aquel salón hasta entonces. En los bancos, veinticinco concejales que iniciaban una etapa marcada por un espíritu de cambio, dispuestos a poner toda su ilusión y su esfuerzo en una labor ardua, pero muy ilusionante, porque eran muchos los retos y los proyectos que había que abordar.

La película empieza en blanco y negro, como correspondía a una ciudad gris, con unos niveles de contaminación insoportables y con una ría que existía al margen de la propia ciudad. La imagen del barco abriendo un surco en una lámina de agua teñida de un color ocre-rojizo, avanzando hacia la dársena de San Agustín, es de lo más sorprendente de la película.

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También en blanco y negro se ofrecen las imágenes de las primeras manifestaciones en la calle, con los ‘grises’ apostados en la Avenida de Gijón y en el camino a Bustiello. Por cierto, se dice en el relato que aquellas manifestaciones tuvieron lugar como consecuencia de las reconversiones industriales, sobre todo referidas al futuro de Ensidesa. No es acertado el dato, ya que aquellas primeras manifestaciones fueron una constante en todo el país, convocadas por UGT y CC OO para demandar unas mejores condiciones salariales y laborales tras años de absoluto inmovilismo. Hay que tener en cuenta que las reconversiones industriales en las que se jugaba el futuro de Ensidesa y todo su entorno fueron las de los ochenta avanzados y los noventa.

Hay recuerdos de asuntos que aún permanecen en la retina de miles de ciudadanos de una determinada edad: todo lo relacionado con el chabolismo es impactante al ver las imágenes del asentamiento de Villalegre-La Luz. O el tráfico por el centro de la ciudad, con una calle de La Fruta absolutamente inundada de vehículos, lo mismo que la Plaza de España, algo que provoca la sonrisa cuando se compara con lo que vemos ahora. Igual que volver la vista atrás para ver una empresa siderúrgica de color óxido, unos muelles del puerto irreconocibles y la actuación espectacular en aquel tiempo del cinturón medioambiental de Valliniello.

Sorprende también ver las ruinas del Palacio Valdés y recordar aquella campaña que consiguió una rehabilitación completa en la que muy pocos creían. O ver las persianas cerradas, por viejas, de la casa de la cultura en el edificio de la calle Jovellanos, en contraste con las imágenes de aquellos coloquios y conferencias de los personajes que en aquel momento eran el referente de la modernidad en la cultura española o personalidades de la política nacional. Y poco después, las obras de la nueva Casa de la Cultura.

No hay una sola imagen que no impacte, lo mismo que el testimonio de los alcaldes, de ‘Rico’ a Mariví Monteserín, con Manuel Ponga como el primer alcalde de la democracia, al que sustituyó Santiago Rodríguez Vega, y Pilar Varela. También el recuerdo de Agustín González, el único alcalde del PP. E igualmente emocionantes, por su pasión y por su emoción, las intervenciones de Laura González, con un mensaje sobre las negociación y el consenso digno de enmarcar en este tiempo.

Con todo, uno se queda con las imágenes de los lodos, de toda la ría en general, lo que era y lo que se hizo para convertirla en la realidad de hoy. Si algo representa la gran transformación de esta ciudad en esos cuarenta años es sin duda el saneamiento y la recuperación de la ría, junto con la intervención en el casco histórico, los avances sociales, la dotación de parques y zonas verdes y la construcción del Centro Niemeyer.

Historia de un gran cambio, de un esfuerzo colectivo, de un éxito de todos resumido en setenta minutos con una más que notable calidad. Merece la pena visionarla y también agradecer a todas las personas que desde 1979 hasta hoy lo hicieron posible. La presencia y las palabras de cierre de Vicente Álvarez Areces cobran todo el sentido cuando se trata de recordar a aquellos que participaron activamente en el espectacular cambio en positivo de esta ciudad.

Un olvido

En lo personal uno agradece que los responsables de la película requirieran mi colaboración como uno de los relatores de estos cuarenta años de historia, en mi condición de periodista de LA VOZ DE AVILÉS, con responsabilidades en la Redacción de la misma durante muchos años. Agradecido y orgulloso de participar en este proyecto. Pero dicho esto, creo que a la película hay que hacerle una crítica clara cuando en ese relato de cuarenta años se olvida precisamente de uno de sus principales protagonistas: LA VOZ DE AVILÉS. Este periódico, con ciento once años de historia, no sólo ha sido el principal testigo de la evolución de esta ciudad, sino que ha participado activamente en el apoyo de todos sus avances. La mayoría absoluta del PSOE de 1987 no se explicaría sin el papel de LA VOZ en el falso escándalo de La Curtidora, que provocó la reacción de toda la ciudad como se demostró en aquellas elecciones. Lo mismo que hitos como la Marcha de Hierro, las reivindicaciones obreras, su inequívoca posición a favor del constitucionalismo y las libertades en el 23-F, o el antes y después de la primera piedra del Centro Niemeyer no se entenderían sin el papel desempeñado por este periódico de pleno apoyo a proyectos que otros incluso combatieron con ardor. Por eso, la ausencia de esta cabecera, gráficamente o en el propio relato literario, chirría en todo el metraje. Es demasiado evidente y demasiado injusto.

 

Publicado en La Voz de Avilés-El Comercio el 7 de abril de 2019

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Sobre el autor

José María Urbano. Periodista. Jefe de Redacción de La Voz de Avilés-El Comercio. El relato de los hechos y los fundamentos de la opinión sólo pueden tener su base en el poder de los datos. En un mundo en el que imperan los clics, los shares, las notas teledirigidas, las ruedas de prensa sin preguntas y las declaraciones huecas en busca de un titular, hay que reivindicar el periodismo hecho por profesionales. Política, economía, cultura, deportes... la vida en general, tienen cabida en este espacio que pretende ir más allá de la inmediatez, la ficción y el ruido que impera apoyado en las redes sociales. El periodismo es otra cosa.


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