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José María Urbano

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UN LEMA SENCILLO, UNA OBRA GRANDE

Hace un mes, axactamente el 25 de junio, caminando con Julián Rus por el paseo de Salinas, me di la vuelta y le pregunté: «¿Esa persona que acaba de pasar es Manolo Galé?». Ya no lo conocí. Iba dando pequeños pasos, ayudado por una persona que le iba sosteniendo para que mantuviera el equilibrio. Creo que ya no estaba aquí, había empezado a despedirse. Y ayer nos daban la noticia de que había fallecido, a la edad de ochenta años, aquel mocetón que había nacido en la calle de La Cámara, la misma en la que su abuelo había abierto, en 1876, uno de los establecimientos emblemáticos e históricos de esta ciudad: Confitería Galé.

Pero para la mayoría de los vecinos de esta villa –los que no éramos «de Avilés de toda la vida»–, Manolo Galé era el presidente del Club de Tenis, el que había abierto sus puertas en San Cristóbal después de que el nuevo urbanismo obligara a cerrar el histórico emplazamiento de La Exposición.

Y fue allá arriba, a la cabeza de un club que rompió moldes, en donde Manolo Galé, con sus inconfundibles gafas oscuras, verdes, que había comprado en Austria para aliviar su conjuntivitis –eso decía él, aunque muchos sospechaban que detrás se escondía un indisimulado toque de coquetería–, consiguió lo que solo unos pocos elegidos alcanzan: volcarse con su pueblo, con su tierra.

Manolo lo hizo sobre todo aprovechando su gran afición al tenis, que le convirtió en uno de los espectadores imprescindibles en los torneos más importantes de los cinco continentes, conociendo y tratando a todas las figuras de la raqueta sin excepción. Su casa de Salinas, la «capilla sixtina del tenis» como la llamaba él, acogía entre sus paredes el testimonio gráfico de esas amistades, desde su amigo Santana al australiano Laver, desde Björ Borg, que le invitó a su boda, hasta McEnroe. Y a partir de ahí, todas las figuras sin excepción, en categoría masculina y femenina. Y numerosas raquetas de todos ellos. Y al lado, sus encuentros con el Rey emérito, con el entonces Príncipe de Asturias o con el eterno presidente del COI, Juan Antonio Samaranch, al que se le concedió la medalla de oro del Club de Tenis. Y con todo ese bagaje y esa experiencia, se volcó en su pueblo y en su tierra: tres eliminatorias de Copa Davis en Avilés, la primera en ¡1972¡, el mismo año en el que accedió a la presidencia. Y dos más en Oviedo y Gijón ya como presidente de la Federación Asturiana. Más la Apple Bowl, el Playa de Luanco, el padrinazgo de Juan Avendaño y de tantos jóvenes.

El lema de Manolo era sencillo: «amo a mi pueblo, a mi región y a mi patria». Y con esa idea aprovechó su presencia en las pistas de tenis de todo el mundo para hacer eso, patria. En un tiempo en el que hasta se destaca y premia la banalidad, Manolo Galé sí que ha sido un personaje importante de Avilés. Imprescindible e inolvidable.

 

Publicado en La Voz de Avilés-El Comercio el 26 de julio de 2019

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Sobre el autor

José María Urbano. Periodista. Jefe de Redacción de La Voz de Avilés-El Comercio. El relato de los hechos y los fundamentos de la opinión sólo pueden tener su base en el poder de los datos. En un mundo en el que imperan los clics, los shares, las notas teledirigidas, las ruedas de prensa sin preguntas y las declaraciones huecas en busca de un titular, hay que reivindicar el periodismo hecho por profesionales. Política, economía, cultura, deportes... la vida en general, tienen cabida en este espacio que pretende ir más allá de la inmediatez, la ficción y el ruido que impera apoyado en las redes sociales. El periodismo es otra cosa.


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