La marcha atrás del Pacto Verde de la UE lanza un mensaje de incertidumbre y amenaza inversiones en Avilés y Asturias
Lo han vuelto a hacer, es como si tuvieran a Groucho Marx de filósofo de cabecera: «Estos son mis principios, pero si no le gustan tengo otros». La Comisión Europea acaba de dar un zarpazo al Pacto Verde que ella misma presentó en diciembre de 2019. No era solo una ambiciosa estrategia de adaptación al cambio climático, sino una prioridad política y económica. La Comisión se comprometió a movilizar como mínimo un billón de euros en la próxima década, hasta 2030. Para ello, al presupuesto público se uniría el esfuerzo privado, con mecanismos financieros como InvestEU, los fondos NextGenerationEU, con al menos el 30 por ciento orientados a inversiones verdes, y otros recursos, como el Mecanismo de Transición Justa.
El objetivo final era transformar la economía europea de manera transversal, creando un efecto multiplicador entre sectores tradicionales y emergentes. Con cuatro bloques sectoriales: energías renovables y eficiencia energética, transporte y movilidad sostenible, renovación de edificios y eficiencia energética residencial e industria limpia y nuevas tecnologías.
Aquel pacto fue ampliamente criticado en Asturias y sobre todo en Avilés –también en esta misma página–, no porque no se asumieran los objetivos finales, sino porque nadie entendió que no se abriera un proceso de transición que permitiera a los países y a las industrias el disponer de un tiempo de adaptación que permitiera mantener la actividad, con la menor afectación en el empleo sobre todo. No se hizo así. No hace falta recordar lo que supuso el cierre acelerado de las centrales térmicas o el problema agravado del coste de la energía para grandes consumidores, que afectó de lleno a empresas como ArcelorMittal o Asturiana de Zinc, entra otras muchas solo en Asturias. De aquellos impactos vienen buena parte de los problemas de las empresas para seguir adelante con inversiones que incluso contaban con el generoso apoyo de los fondos europeos. El DRI de Gijón o el horno eléctrico de Avilés son dos buenos ejemplos, al que se pueden unir las dudas de Saint-Gobain para la construcción de un nuevo horno.
En este ambiente, surgen las dificultades añadidas de una competencia feroz por parte de Estados Unidos, con nuevas reglas que rompen el ‘statu quo’ que hasta ahora daba una cierta estabilidad al mundo económico, y de China, con ingentes cantidades de dinero estatal para su desarrollo. Frente a los aranceles y el negacionismo climático de Trump, la Unión Europea reacciona ahora con más proteccionismo y con un parón de su agenda verde. La Comisión Europea decide así prolongar más allá del 2035 los coches de combustión, rebajando al 90 por ciento las emisiones de CO2. Los lobbys del automóvil y los intereses concretos de Alemania le doblan el pulso a la UE gracias a la decisión del Partido Popular Europeo (Weber contra Von der Leyen) de unir sus votos a los negacionistas de la ultraderecha, incluido el Partido Popular español. Cambio radical y apoyo a una ultraderecha que tiene como objetivo desmantelar la Union Europea, euro incluido.
El volantazo de esta semana supone un serio contratiempo para la credibilidad de la Unión Europea, que si por algo se ha significado es por tener un liderazgo climático basado en la coherencia entre el discurso y la regulación. Lo que acaba de proclamar ahora es que los compromisos a futuro son flexibles, dependiendo de intereses sectoriales o de países concretos. Con ello, se envía un mensaje terrible a las empresas y a los inversores, que exigen reglas claras, marcos regulatorios estables y previsibilidad. Ante la incertidumbre, las empresas frenan y optan por deslocalizarse para obtener más beneficios.
Es curioso que a partir de ahora se hable de «coches europeos genuinos», como ha hecho Francia, en los que todos los procesos de fabricación, energía, chapa, diseños, componentes o tecnología deberían ser ‘made in Europa’. La respuesta la da la propia Alemania: no hay ni una sola fábrica de coches que, directa o indirectamente, no pase por los intereses de China. O que compañías históricas del sector, como Volvo o Pirelli, estén ya en manos del país asiático.
El problema de este repliegue del Pacto Verde no es solo ambiental, es económico y es político. Y lo hace en la misma semana en donde se fracasa en la ayuda a Ucrania, cediendo a las advertencias de Rusia y ante las dudas de Bélgica, que se ha sentido amenazada, y se dilata la firma del acuerdo con Mercosur ¡después de 25 años de negociación! porque Francia ve peligrar sus intereses en el sector agrícola y las consecuencias de que la ultraderecha gane las próximas elecciones.
Ante este panorama, la pregunta es de qué forma va a influir este repliegue del Pacto Verde en las inversiones anunciadas en Asturias y en la comarca de Avilés sobre baterías, energías renovables, hidrógeno, electrificación, anillo central… ¿Cómo se va a pedir a las empresas un esfuerzo inversor si es la propia Unión Europea la que tiene un problema de credibilidad política y de confianza económica?
La pregunta ya no es si el Pacto Verde era más o menos exigente, sino si la Unión Europea es capaz de sostener una estrategia industrial a largo plazo sin desautorizarse a sí misma. Porque una región no puede construir su futuro industrial sobre la espera permanente, ni sobre promesas que se revisan cada legislatura. Sin coherencia política no hay liderazgo climático, y sin liderazgo no hay inversiones. Y eso, para Avilés y Asturias, no es un debate ideológico: es una cuestión de supervivencia económica.
(En la imagen, la industria del automóvil alemán ha sido clave para que la Comisión Europea frene el Pacto Verde. LVA).
Publicado en La Voz de Avilés-El Comercio el 21 de diciembre de 2025