Avilés y Asturias en general necesitan debatir cómo ordenar un sector que ya genera riqueza, empleo… y nuevas obligaciones
Cada playa llena, cada carretera saturada y cada espacio natural más visitado tienen un coste que alguien termina asumiendo
Hace veintitrés años mi familia y yo pagamos por primera vez la tasa turística. Fue en Cala Mandia, en Mallorca, a poca distancia de Porto Cristo, población conocida más tarde por Rafa Nadal. Un euro por persona y día, tres euros diarios, que se abonaban al hotel y éste debía declararlo e ingresarlo en la administración pública. En 2024, es decir, veintiún años después, fui invitado por la Fundación José Barreiro –a través de Jesús Sanjurjo y Ana Cárcaba–, a moderar una mesa redonda sobre fiscalidad autonómica que se celebró en el salón de actos de la Cámara de Comercio de Oviedo. Y fue en esa tarea en donde conocí a Rosario Sánchez Grau, miembro –allí por oposición– del cuerpo de auditores de la Sindicatura de Cuentas de las Illes Belears, Consejera de Hacienda y Relaciones Exteriores del Gobierno de las islas (2019-2023) y en la actualidad Secretaria de Estado de Turismo desde mayo del año pasado.
Su intervención en aquella mesa redonda para defender las singularidades de la financiación autonómica no dejaron ni una sola duda en el auditorio. Baleares tiene una población (datos de 2025) de 1.260.004 habitantes. Ese mismo año, el número de turistas ascendió a más de 19 millones de personas. Eso explica que el turismo suponga el 45 por ciento del PIB directo de esa comunidad. No hace falta extenderse mucho sobre los retos que plantea ese récord de visitantes con la búsqueda de un equilibrio sobre las plazas turísticas, el alojamiento en general y sobre el entorno. La tasa turística de Baleares –de 1 a 4 euros– persigue la financiación de proyectos medioambientales, culturales e infraestructuras que compensen esa ‘invasión’. ¿Cómo se puede nivelar esa brutal presión que soportan unas poblaciones que el año pasado se vieron incrementadas en un 1.598%, o lo que es lo mismo, por cada habitante se registren 16 visitantes al año?
Aterricemos en Asturias. Hace veintitrés años nadie hablaba del turismo en Asturias como se hace hoy de un sector que supone el 12,8% del PIB y aporta aproximadamente un 11% de empleo. Si hace 20-25 años alguien hubiese imaginado que una ciudad industrial como Avilés, con una imagen estereotipada de fea y sucia que alimentó la antigua Ensidesa y otras, el turismo iba a ser un elemento destacado y el que iba a ayudar a transformar la actividad económica para convertirse en la metáfora de una ciudad moderna del siglo XXI, pensaríamos que alguien estaría soñando despierto. Hoy, muy despiertos, asistimos a una ciudad con hoteles llenos, calles rebosantes, tanto en el centro como en los barrios, capaz de ofrecer en una semana dos «conciertos del año» con sello nacional, como han sido los de Manolo García y Aitana, 20.000 asistentes, incluso más, o una agenda cultural, deportiva y social que se mide con muchas capitales de tú a tú…
El Principado plantea ahora una tasa turística que podrían aplicar los ayuntamientos de forma voluntaria, con una serie de exenciones. Y el mismo objetivo de las poblaciones que abrieron el camino de esta pequeña aportación, aquí y en todo el mundo: promoción, impulso y fomento del turismo sostenible, mejoras de servicios, infraestructuras, obras en espacios públicos, movilidad, aparcamientos disuasorios…
¿Quién paga los costes derivados del éxito turístico al que nos vamos asomando en Asturias, sin llegar lógicamente a los datos de regiones, ciudades y países que desde hace muchos años han hecho del turismo su seña de identidad? ¿Quién financia el coste adicional de esos servicios?
Deberíamos quedarnos con la opinión de alcaldes como el de Gozón cuando le exigimos que se ocupe de la playa de Xagó en todos los sentidos, incluidos unos accesos que se parchean desde hace años; de los alcaldes costeros para ver cómo pueden recibir más ayuda que añadir para la limpieza diaria de las playas y de las calles cuando la población crece de forma exponencial en sus localidades; o la zona oriental, a ver cómo se ayuda a crear aparcamientos en los accesos en las playas para evitar el espectáculo actual; o el coste del mantenimiento de las siete reservas de la biosfera y los cinco parques naturales existentes en nuestra región. O la saturación en los Lagos de Covadonga…
Cuando hablamos de una tasa turística que llevamos años pagando y viendo como normal en comunidades como las Baleares, Cataluña –¡de 6 a 12 euros!–, o más cercanas como La Coruña o Santiago, no estamos hablando tanto del pago de uno o dos euros como de si Asturias está preparada para gestionar el éxito de sectores que hace una generación eran secundarios y que hoy obligan a costes que hay que afrontar. Eso vale para la industria, la logística o la innovación y ahora para el turismo. A eso se le llama evolucionar, reinventarse, modernizarse y, en definitiva, afrontar los retos de un mundo cambiante en donde siempre se corre el riesgo de quedarse atrás, lo que equivale a retroceder. No se puede decir que en la Asturias de las grandes reconversiones industriales no hayamos sido capaces de evolucionar y «reacondicionarnos», por lo que en el caso del turismo se impone también una reflexión y unos consensos amplios ante una actividad cada día más relevante y que reporta ya importantes números en la economía y en el empleo.
Si al final, ante una propuesta sobre la que merece la pena reflexionar, debatir y consensuar para luego decidir en un sentido o en otro, la primera respuesta es la ya habitual de «me opongo», o el otro clásico astur del «sí, pero…», entonces igual encontramos respuesta a esa otra pregunta habitual: ¿Por qué Asturias no avanza o avanza menos que otras comunidades?