El cierre de Casa Valdés, en Illas, invita a reconocer a quienes han convertido sus establecimientos en referentes de un territorio
Aidé Begoña Valdés anunció públicamente esta semana el cierre de Casa Valdés (Taborneda, Illas), el bar restaurante que fundaron sus padres en 1974, hace por lo tanto cincuenta y dos años. Los mismos que este periodista jubilado entró como miembro de la redacción de LA VOZ DE AVILÉS, en donde pronto descubrió los trucos de esta profesión. Franco estaba vivo. Y en un piso de la calle de La Cámara se decidía todavía si el ejemplar del día siguiente «pasaba» la censura.
Uno se encontró allí a profesionales que dominaban el oficio, el de dentro y el de fuera. Los que te decían que el Maruxa era el mejor sitio para compartir compuestas y vermuts a diario con los que controlaban el Ayuntamiento o los negocios y grandes intereses de la ciudad. Íñigo Domínguez, Julián José Soto, Javier Fuentes, Pepe Paco Buylla, Estalo, Agustín Romero y el más reservado Juan Wes como director, se encargaban de enseñar y ‘educar’ a una larga lista de jóvenes que iniciaron en el edificio de la Avenida de Gijón sus brillantes carreras profesionales (Luis Muñiz, Mario Bango, Javier Cuartas, Chéfor Rad, José Antonio Bron, Javier Urbano, Manolito Rubio…).
Lo mejor de aquellos maestros del oficio es que, como solía suceder antes en las redacciones de los periódicos, nos encontrábamos con gente sibarita, en la que la gastronomía figuraba como una ‘disciplina’ que había que atender. Y ahí fue donde descubrí, hace ya 52 años, Casa Valdés. Resulta que aquellos periodistas también entendían de la importancia de crear un buen ambiente de trabajo, de fomentar las relaciones, de mejorar la comunicación y favorecer el espíritu de equipo. Hoy, en plan fino, lo llamaríamos ‘team building’. La modernidad.
Avilés y comarca está llena de nombres propios que encierran historias inolvidables tras convertirse en la esencia de sus negocios
Hace 52 años aquel equipo eligió Casa Valdés para ese ejercicio de ‘convivencia’ . Y allí, en su primer piso, la noche avanzaba entre el cordero a la estaca, su gran descubrimiento, y el buen vino. Hace cuatro años, Aidé Begoña decidió ponerse al frente del negocio que habían abierto sus padres y hoy nos anuncia su cierre.
Y aquí es donde empieza la historia-homenaje de este artículo que trata de remarcar cómo la hostelería es la memoria viva de los territorios, y de cómo el peso de las personas, por su visión, su trabajo, sus sacrificios, se convierten por sí mismas en verdaderas instituciones. Hasta el punto de que muchos restaurantes, muchos establecimientos de hostelería, son hoy más conocidos por las personas que hay detrás que por sus nombres oficiales registrados.
José Álvaro Valdés Menéndez y Aidé Álvarez Arias son el primer ejemplo. Hace 52 años aprovecharon su propia casa para abrir un restaurante en el que el cordero a la estaca iba a ser su seña de identidad y por el que Taborneda, ese lugar idílico de Illas, se iba a dar a conocer por su actividad. Fueron uno de los primeros ejemplos de cómo la historia de los restaurantes y locales de hostelería no se entiende si no va ligada a las personas. A nombres propios.
La anterior etapa de Casa Lin no se comprendería sin citar a Moisés. Lo mismo que Casa Alvarín, todavía a día de hoy, si no encontráramos a Ismael detrás del mostrador ordenándolo todo sin palabras. La estrella Michelin que luce con orgullo el Real Balneario de Salinas que dirige Isaac Loya no se entendería sin el recuerdo de Félix Loya y su esposa María Luisa García, el matrimonio que desde el San Félix introdujo una nueva forma de hacer en la gastronomía asturiana, seguido luego por su hijo Miguel, uno de los mejores jefes de sala de este país, y padre de Isaac.
Historia de este territorio la del matrimonio formado por Manolo y Conchita en Las Conchas de Salinas, tras su éxito anterior en el antiguo Chiquito. O la de las hermanas Herminia y Eva, al frente de Casa Nuevo, en Pillarno, herederas de aquel Casa Pepón, la tienda bar que abrieron sus padres. O Los Sauces, que surgen de José Ramón, el padre del actual propietario, cuando también en 1952 abre Bar El Roxu, otro lugar de peregrinaje para comer el cordero a la estaca. Qué decir de Isabel Alonso Morís en La Tenada, en La Callezuela, Illas, con su menú estratosférico en calidad y cantidad que subyugó un día a la Reina Letizia. O el recuerdo de La Parra, de Mari y su esposo Adolfo, manteniendo durante años el legado de sus padres, Josefa Suárez y Jesús Díaz, aquel ‘pedazo paisano’ que reprendía a un camarero porque iba a servir una ensalada mixta «¡¡¡y le falta el bonito!!! Y en el Jose’s ibas a ver a Jose y Gely, sus propietarios, lo mismo que Ovidio, su esposa Tita y su hermana Mary, que mantuvieron la memoria de sus padres, Ovidio y Dorina, que abrieron Casa Ovidio en Los Campos, Trasona, en 1962.
Cuando se reúne una familia para almorzar en la Tataguya coinciden en que van «a donde Juanín (Juan Rivero)», lo mismo que se dice del Pañol y se habla de Gerardo, hoy jubilado, y Paloma, que trasladó a su cocina lo mejor de la huerta riojana, la comunidad en la que nació. O cuando vas al Merlot y sabes que vas a encontrar la amabilidad de Santi y de Nuria, que no han parado de innovar, con una propuesta y una terraza única. La lista sería interminable –La Botella, Guernica, Casa Belarmino…–.
Volvemos al principio. El cierre de Casa Valdés nos lleva al reconocimiento de muchas personas, muchas familias, que no solo han abierto locales de hostelería de éxito, sino que ellas mismas son o fueron la esencia de esos establecimientos y además cada una de ellas encierra una historia que han aportado a un territorio que se ha enriquecido con sus apuestas, su trabajo y su ejemplo. Son esos nombres propios los que nos dan valor a todos.