Recuerdo la sonrisa de Marian Suárez el primer día en el que entré en la oficina de la Banca Masaveu, en la calle José Cueto, en la que ella ocupaba una mesa de cara al público nada más acceder al local. Fue la sonrisa que siempre tuve dibujada cada vez que me acordaba de ella o la veía allá donde coincidiéramos, incluso con el paso del tiempo como vecinos del mismo barrio. La misma sonrisa con la que entraba en la Redacción de La Voz de Avilés, en el primer piso de la sede del periódico de la Avenida de Gijón, para dejar los textos de las páginas de los Jueves Literarios, aquellas páginas que un grupo nucleado en torno a ella, José Manuel Feito, Herme G. Donis, Eugenio Bueno, José Luis García Martín, Felicísimo Blanco y otras personas que mi mala memoria me impide recordar ahora, siempre bajo la inspiración de Ana de Valle, aportaban a nuestro diario uno de los suplementos literarios más interesantes de la prensa española en aquel momento, por más que a alguno le pueda parecer pretenciosa esta apreciación. Vaya en homenaje a ellos y a La Voz de Avilés, ahora que la poesía y el periodismo hace tiempo que están a la baja. Hoy cualquiera se autoproclama poeta o periodista.
Marian volvía más tarde a la misma Redacción para dejarnos sus entrevistas dominicales, sus ‘Personajes avilesinos’, una doble página en la que ‘desnudaba’ a personas relevantes del mundo de la política, la empresa o la cultura. Dos páginas de lectura obligada que contribuían a un mejor conocimiento de la ciudad en la que vivíamos a través de personas que tenían algo que contar y algún testimonio que ofrecer.
Siempre quisquillosa, siempre perfeccionista, reclamaba una coma mal puesta, un error del linotipista, un baile de líneas. Siempre tenía razón.
Con el paso del tiempo, ya jubilada de su trabajo profesional en la banca, optó por un voluntario auto confinamiento -palabra tan de moda ahora-, simplemente porque lo que veía fuera no le gustaba ni le llenaba. Sus únicas salidas eran para estar con su círculo de amigos con los que siguió compartiendo encuentros, tertulias, cartas, momentos en los que aprovechaba a veces para mostrar su orgullo de madre por las carreras profesionales de sus hijas, sobre todo Olga, la más conocida sin duda, con todos sus éxitos, casi siempre fuera de la región y casi del país, admirada en Francia de una forma extraordinaria. Un ‘recogimiento’ interior que no le impidió seguir escribiendo para dejar impresas y constancia de sus sensaciones, sus recuerdos, sus silencios, sus críticas…
Nuestros últimos contactos fueron en la calle, unos minutos en los que expresábamos ambos nuestra emoción por volver a encontrarnos, en los que ella relataba sus dificultades para respirar, su aislamiento, ahora impuesto por su delicada salud, su delicadeza para preguntar por la gente cercana, y sobre todo su sonrisa, la sonrisa de siempre, cálida, la sonrisa de las buenas personas, la sonrisa que, estoy seguro, la acompañó hasta su último suspiro.
Nos ha dejado Marian Suárez, una bella persona, una poeta de verdad en este mundo de tanta mentira. Palabras mayores.
Avilés, 10 de febrero de 2021