Muertes en soledad | Desde el Bajo Narcea - Blogs elcomercio.es

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Luis Arias Argüelles-Meres

Desde el Bajo Narcea

Muertes en soledad

Personal de una funeraria sacan uno de los cuerpos encontrados en un piso de Oviedo./Álex Piña

 

Cuando tuve noticia hace días, a través de las páginas de EL COMERCIO, de la aparición de los cadáveres de dos hermanos en la calle Santa Clara de Oviedo que, por lo visto, permanecían muertos en su casa desde hace unos cuatro años sin que nadie sospechase lo que les había ocurrido, pensé en lo que está trayendo el tiempo que nos toca vivir y también en las terribles consecuencias que se derivan de una población tan envejecida como la nuestra. Y, pocos días después, en este mismo periódico, se publica la información de la muerte en soledad de una señora que estaba domiciliada muy cerca de allí, próxima a la calle Foncalada.

Los muertos, tal y como escribió Bécquer con precisión poética, en efecto, se quedan muy solos. Lo terrible es la soledad previa al momento en que nos ausentamos para siempre. Lo terrible es que no haya nadie a nuestro lado para poder despedirnos de la vida. Lo terrible es que nadie se interese por nuestra situación. Lo terrible es, de algún modo, dejar de existir para el resto del mundo, institución familiar incluida, antes de que esa ‘justa fatalidad’, de la que habló Jorge Guillén en un memorable poema, nos embista, nos lleve. Miren, siempre procuro estar lo más distante posible de todas aquellas informaciones que acentúen lo melodramático, que busquen el morbo de la gente ante las fatalidades.

Dicho esto, al leer las informaciones sobre el caso de los dos hermanos difuntos de la calle santa Clara, acudió a mi mente uno de los mejores y más angustiosos relatos que escribió Julio Cortázar y que tiene como título ‘Casa Tomada’. Y, en el caso que nos ocupa, quienes toman la casa y la vida, son la soledad primero y la muerte después, soledad que vuelve tras la muerte.

Población envejecida, vínculos familiares que se rompen, amistades que se enfrían, soledad, soledad angustiosamente sonora. Es lo que acontece en nuestro aquí y en nuestro ahora. Un mundo cada vez más comunicado, un mundo cada vez más interconectado, una posmodernidad que dejó atrás muchas cosas, entre ellas, el calor humano, la cercanía física, la presencia de cada cual y la insustituible caricia. Y, en nuestra ciudad y en nuestra tierra, el envejecimiento de la población que, en determinados casos, nos lleva a situaciones como las que acaban de suceder en Oviedo. En algún sitio leí que Chejov, antes de fallecer, pidió que le sirviesen una copa de champán para despedirse de tal guisa de los suyos y de la vida. Existe una abundante literatura epistolar que plasma despedidas del mundo y de los seres queridos, en muchos casos, terriblemente angustiosa, pero, con todo, a través de esas cartas, cumplen un ritual.

Irse de la vida en silencio, sin nadie que lo pueda atestiguar, sin la cercanía de personas que se interesen por nuestra situación, es, de algún modo, la muerte antes de la muerte. Es el poderío de una soledad que nos enmudece y nos ciega, que nos impide ser vistos y oídos.

Es, parafraseando a Ortega, una de las grandes tragedias de nuestro tiempo.

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Sobre el autor

Luis Arias Argüelles-Meres es escritor y profesor de Lengua y Literatura en el IES "César Rodríguez", de Grao. Como columnista, publica sus artículos en EL COMERCIO sobre,actualidad, cultura, educación, Oviedo y Asturias. Es autor de los blogs: Desde el Bajo Narcea http://blogs.elcomercio.es/desde-el-bajo-narcea/ Desde la plaza del Carbayón http://blogs.elcomercio.es/panorama-vetustense/


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