Uno necesita expresarse para comunicarse. Libertad de expresión es algo que solo puede ser entendido como libertad de comunicación, libertad para comunicarse, para decir lo que se piensa por haber pensado ya lo que se dice. La libertad de expresión deja de ser libertad, sin embargo, cuando es malentendida como libertad de impresión, esto es, libertad para impresionar a los demás sin la menor intención de comunicarles nada. Esto se ha aplicado toda la vida a una expresión muy coloquial, “cantamañanas”. El cantamañanas es el que reduce la libertad de expresión a libertad de impresión, la razón a sensación y la vida pública a una exhibición de su vida privada. A la libertad de expresión apelan así quienes no están dispuestos a dar explicaciones a nadie de nada. El anecdotario social de nuestro país en los últimos días nos ha proporcionado todo un elenco de reivindicadores de la libertad de expresión reducida a la mínima expresión, a la libertad de impresionar, provocar, ofender o alarmar. ¿No son precisamente ellos, los abanderados de la libertad, quienes más la están ofendiendo con el pretexto de defenderla? ¿Cómo pueden ser tan libres de expresarse el que da una conferencia como la que desnuda su torso en una iglesia? La libertad no es cualquier cosa. Es un tesoro. No se puede saquear en paz. Otra cuestión es qué hacer con los cantamañanas. Mi propuesta es la indiferencia. La indiferencia pública acabaría con la libertad de impresión. Nadie puede ofender los oídos del que oye sin escuchar. Llevar el asunto a los tribunales, sin embargo, puede acabar convirtiendo en víctima de la libertad de expresión a más de un verdugo de la libertad auténtica. El tiempo es el mejor juez de las causas perdidas: las deja como están. Los jueces, en cambio, ¿quién sabe?