Su nombre es “presencia”. Hoy esta palabra ha cristalizado en expresiones como “hacer acto de presencia” o “tener una buena presencia”. Brilla por su ausencia, fuera de estas expresiones comunes, la más honda de todas las palabras que se nos ha dado pronunciar a los presentes. Sin ella ya no sabemos decir lo único que podemos hacer por los demás: estar ahí, a su lado, cuando nos dejan o nos necesitan.
Hoy es Pascua, la fiesta de la Presencia. Hace poco oía yo decir a un predicador cuaresmal que, por su muerte, la vida de Jesús había sido un fracaso “aparente” porque la Resurrección es el final feliz de su historia. Difícilmente cabe expresar mejor la entrega, que hemos hecho todos, de la presencia a la apariencia. El que pareció primero un fracasado se aparece ahora a los discípulos como el Resucitado. Nada es lo que parece: ni aquí abajo ni en la gloria de lo alto. Por mi parte, yo devuelvo la apariencia a la presencia.
Así estaban, de consuno, al principio de su historia, cuando unos griegos encontraron la manera de pensar lo que sentían por el ser y la verdad. Como hace siglos que filósofos son apenas unos pocos y creyentes, sin embargo, casi todos, no extraña el olvido en que descansa aquella antigua tradición que declaraba filósofo al cristiano y hombre al buscador enamorado del bien y la verdad. Ahora es tiempo de triunfar. El que más sabe, tiene o puede, el que más hace o promete que se hará, enseña a distinguir a los demás la verdad de la apariencia. Pero la verdad sin apariencia, desnuda y objetiva, científica o política, ¿a quién puede ya entusiasmar? Inhóspita, expulsa refugiados. Adsis, “presencia”, es, sin embargo, el nombre de unos hombres y mujeres que se aman y acogen de verdad.