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Víctor Manuel Márquez Pailos

Desde el silencio

Limón y miel

He pasado el día en Villaconejos, un pueblo de la provincia de Madrid, en la vega del Tajo. Allí vive mi amigo Javier, con su familia. Acabados sus estudios universitarios en Historia del arte, debió de sentirse, como yo mismo veinte años antes, raro, solo, en medio de tantos parecidos, y se presentó, una tarde cualquiera, en mi monasterio. Perseveró en él durante seis o siete años y fue por entonces cuando empezamos a conocernos. Yo le vi crecer, cambiar, mudar su candorosa timidez novicia, hacerse un hombre sin vergüenza de haber llamado a una puerta por primera vez. Traté de enseñarle filosofía y lo que conseguí fue su amistad.

La amistad es el principio de la filosofía, como de la teología lo es el amor, el de los esposos o el de los con Dios casados. La docencia ha sido, a veces, el final de una y otra, pues no es fácil encontrar un profesor de filosofía que sea filósofo o un teólogo entre los profesores de teología. Nosotros nos hemos hecho amigos discutiendo con juvenil ardor, el de su veintena bien cumplida y el de mis cuarenta sin complejos. Ambos somos, sin duda, tan sesudos como testarudos, idealistas de los que saben, no obstante, que las ideas son necesarias para entender la vida. Los que presumen de no necesitarlas, dentro y fuera de los claustros o academias, engordan su ego en el pastizal de los tópicos y las modas sin momento. Su mente es una pradera en eterna primavera.

De mi amigo he admirado, ante todo, su frescura y su llaneza. De aquellos campos que rodean su pueblo, entregados al cultivo del melón y el olivar, espera uno hombres así, capaces de llamar a las cosas por su nombre. Javier tiene guasa, chispa y gracia para jugar con palabras, tiempo para el paseo, a pie o en bici, por llanadas y colinas, caminos de Villaconejos a Chinchón o Aranjuez. En un tiempo sin raíces como el nuestro, en que todo se usa o se tira sin haberse desgastado, él venera la memoria de su pueblo, con sus romances viejos y canciones olvidadas.

Rebasada, ahora apenas, la treintena, se sabe coplas y jotas, unas dulces y otras ácidas, ritmos y tradiciones que sus mayores han perdido sin nostalgia. “Lo que no es tradición es plagio”, le gusta repetir. Y no le falta razón. Escuela hace falta, y mucha, para mejorar a los buenos. Da gusto oírle rasgar las cuerdas de su guitarra en Limón y miel, que así se llama el coro de sus paisanos, todos viejos y mozos. Cae la tarde, una tarde cualquiera como aquella en que llegó al monasterio con su timidez novicia. Javier ama su pueblo, su gente, su historia y a ellos ha vuelto después de seis años fuera. ¿O son ya siete…? ¡Qué importa! Acaso buscara fuera, en cierto monasterio, lo que sigue llevando dentro: la música de su alma para este tiempo vendido, en cuerpo y alma, al dinero.

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