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Víctor Manuel Márquez Pailos

Desde el silencio

Tienda y parroquia

Ha sido ya una frutería, una tienda de barrio en la esquina de dos calles que se cruzan y que llevan, cada cual, a cualquier parte. De entonces quedan las lunas de sus escaparates y el portal acristalado para ver y ser visibles. Dentro, el espacio al público y la trastienda permanecen porque, si hay algo fácil de sentir, es la falta de sitio, así como su opuesto es difícil de llenar. Sigue siendo, pues, una tienda, lugar de venta y encuentro entre calles ajenas, todas ellas, al rumbo que tome cada uno. Uno puede imaginarse, sin esfuerzo, a las amas de casa de otro tiempo entrando en esta frutería, buscando las ofertas entre precios y cruzando palabras, aquellas con éstas, sobre lo más o lo menos cotidiano.

Las lunas de los escaparates no son ahora transparentes pues ya no hay, al otro lado, producto a la vista. Ahora son biseladas, celajes de cristal cubiertos, por dentro, de cortinas blancas. Solo este detalle y una cruz metálica a un lado de la entrada le advierten al que pasa de que algo ha pasado en la antigua frutería. Pero entremos de una vez a la luz íntima de este templo que ocupa aun la esquina entre dos calles de su barrio. Y es que ahora la tienda de ayer es una iglesia parroquial.

Como es tan poco el espacio es poco lo que cabe. Apenas unos bancos, un Cristo en cruz alzada y una virgen del Carmen, cosas todas traídas de alguna capilla, cerrada para siempre. Pero, ¿qué vemos sobre esa mesita que hace, como puede, de mesa y altar? Es un misal muy grande y solemne, el nuevo que la Iglesia ha promulgado para todos. Aquí se pregunta uno si lo grande no debe su existencia a lo pequeño y cotidiano, como esta antigua frutería.

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