“¿Eres teólogo?”, fue lo primero que escuché, nada más cruzar la puerta de mi vida. Un hombre machucho, entrado en la edad de la experiencia con la panza mal ceñida, el semblante jovial y la cabeza despoblada, debió de encontrarme aspecto de experto en algo muy sesudo, tal vez unido a cierta ingenuidad que traía yo de mirar tanto mis montañas infantiles y leer libros para hombres ya curtidos, curiosa paradoja de una vida prematura. No recuerdo qué le respondí a quien así me preguntaba y recibía, abierta la puerta de la casa cuya dicha se anunciaba a la entrada. Supongo que me quedé un poco azarado, sin saber qué añadir al “no” inexcusable. No me esperaba seguramente que mi propia dicha hubiera de empezar así, con una pregunta sobre lo que yo era, hecha además por un desconocido.
En aquella pregunta hallaría yo, andando el tiempo, la razón de ser de mi existencia. Para ser feliz uno debía saber lo que era. Solo eso era necesario para ser feliz. Todavía no se había convertido, por entonces, en pregunta la respuesta, en problema la certeza de ser lo que uno es. Ahora, tantos años después de aquella anécdota, contemplo la cuestión erigida en problema colectivo. La política y la guerra como nunca han existido. Partidos nuevos, puertas adentro. Y, puertas afuera, nuevas maneras de hacer la guerra, desconcertantes para cualquiera. Y, sin embargo, ¿no cabe preguntarse hasta qué punto es novedad lo que parece? En la política y la guerra sigue habiendo enemigos y los enemigos siguen siendo los mismos. Siguen siendo viejos: la “vieja política” y la vieja Europa. Sonríe el machucho, mientras tanto, a la vista del joven que no soy. Ni joven ni teólogo, solo un hombre, poca cosa, a la puerta de la dicha.