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Pilar Arnaldo

Desde La Pontecastru

FERIAS DE ANTAÑO

Dos celebraciones de especial interés se repartían tradicionalmente la fecha del 8 de septiembre en el suroccidente astur. Se trataba de la romería de la Virgen del Acebo, en el concejo de Cangas del Narcea y la feria de Nuestra señora, en el Puerto de Somiedo. Según las prioridades del momento, divinas o humanas, las familias acudían a uno u otro lugar o se dividían entre ambos.
Pero como las necesidades del cuerpo suelen ser más acuciantes que las del alma, la feria del Puerto se llevaba la palma. Hasta allí se desplazaban con el ganado los hombres de las familias, adultos y niños, a veces alguna mujer, aunque era menos habitual. En la primera mitad del siglo XX el trato, en estas zonas de la montaña asturiana, era preferentemente de ganado cabrío. Reputados tratantes en castrones del valle del Ríu Xinestaza como Alonso L´Urrión, su madre, Pepa la Urriona, Jerónimo de La Troncada, Aurelio de Agosto, Pepón del Gayo o Benjamín del Homón, o, ya en la zona de Sierra, Angelín de Tabladiel.lu se desplazaban con el ganado a la feria de Nuestra Señora. Iban andando y partían con dos días de antelación. Había dos rutas, por Xinestaza a los Cadavales y hacían noche en La Rebol.lada o por L´Abedul a Cuevas y pernoctaban en Aguasmestas. Solían llegar al puerto al atardecer de la segunda jornada y allí, en un ambiente marcadamente festivo y comercial, comenzaban ya los tratos. Vendían el ganado a compradores castellanos que adquirían las reses de macho cabrío para elaborar cecina y aprovechar su piel para los pellejos de vino. Parece ser que en aquella época, entre los pastores de merino de la Meseta, la carne salada de castrón era el alimento preferido para las largas jornadas en el monte. Para ello era preciso que los animales estuvieran gordos y bien cuidados. Pero los tratantes asturianos no volvían de vacío a sus casas ya que vendían los machos adultos y compraban crías para engordar para la feria siguiente. Muchos de estos propietarios tenían los animales en régimen de aparcería con otros ganaderos a veces de pueblos bastante distantes.
En la segunda mitad del siglo XX, el ganado vacuno fue sustituyendo al caprino y los vehículos de motor comenzaron a trasladar a animales y personas a la feria. Como el viaje era más fácil se desplazaban familias enteras, bien pertrechadas de buenas meriendas, a veces simplemente para pasar un día de recreo. Hoy sigue siendo una de las grandes citas ganaderas y festivas del occidente de Asturias. Sin embargo, estoy segura de que a todos nos gustaría volver a presenciar, por un momento, las exclamaciones de satisfacción de aquellos hombres cuando asomaban a las Penas de Trabanco y por fin daban vista al Puerto, el orgullo con el que atravesaban las calles del pueblo bajo la atenta mirada de los compradores o los apretones de mano que sellaban, no solo una transacción económica, sino un pacto inquebrantable. Eran otros tiempos…

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Sobre el autor

Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional


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