La región de Laponia, en el extremo norte de nuestro planeta, es una de las más deshabitadas del mundo. Esto no resulta extraño teniendo en cuenta que se trata de un territorio con una climatología adversa en los confines del continente. Lo que resulta asombroso, contemplado desde nuestras latitudes, es que esta región se consolide como un referente mundial en desarrollo social y económico y que allí se haya logrado detener el abandono rural e incluso recuperar tasas de población de hace treinta años. Una, entre muchas de las medidas que se han tomado para ello, ha sido invertir en energías renovables cuyos beneficios revierten en la comunidad. Además, la cobertura móvil alcanza al 95 % del territorio.
Aquí tenemos nuestra Laponia particular en el suroccidente de Asturias, pero solo para lo malo. Porque no somos ningún referente en desarrollo social y económico sino todo lo contrario. Y eso que nuestro país ha sido durante los últimos quince años uno de los más agraciados en el reparto de fondos europeos. ¿Qué se ha hecho con ellos? Mejor no profundizar en el tema… El caso es que estamos abocados a una muerte biológica en un plazo muy corto, unos 20 años dicen los expertos. Y ya sabemos todos que 20 años no es nada…
Tal como están las cosas, una de las prioridades del gobierno asturiano en este momento debería ser este problema. Habría que estar dedicándole tiempo, esfuerzos y medios materiales y humanos. No se trata de una cuestión baladí sino de algo muy serio. Es como si nos fueran a arrebatar una parte importante de nuestra región y la dejáramos ir sin tratar de defenderla. Sin embargo, apenas se habla de ello y mucho menos se hace nada. Ni siquiera hay un proyecto serio, riguroso, que ponga sobre la mesa, un día sí y otro también, uno de los problemas más grandes que tenemos. Aquí seguimos gastando el dinero en tonterías o en monstruosidades, mientras dejamos morir una parte importantísima de nuestro territorio, de nuestro patrimonio y de nuestra cultura. Y ni siquiera nos sonrojamos.