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Pilar Arnaldo

Desde La Pontecastru

EL MES MUERTO

Diciembre se conoce en el mundo campesino asturiano como el mes muerto. Esta denominación se debe, por una parte, a que es el mes en el que muere el año y por otra a que la tierra está muerta en este momento del invierno, no crecen las hierbas ni se recogen frutos de ningún tipo. Es por eso que el último mes del año es uno de los de menos actividad en el campo. La distribución del trabajo campesino es cíclica y recurrente, cada labor tienen su tiempo y por eso en este momento, recogidas todas las cosechas en el verano y la seronda y realizado el trabajo de la matanza, comienza el periodo de descanso del campo y, por tanto, del campesino.
Pero sabido es que el labrador no tiene vacaciones y todos los meses tienen su tarea. La primera y más importante es plantar el huerto. Ya lo dicen el refrán:
“El que quiera tener buen güertu
que lo plante no mes muertu”
El huerto de berzas es fundamental en la casa campesina ya que la berza es la verdura del potaje asturiano. Cocida con patatas, fabes y el compango _carne curada del cerdo_ constituye un plato exquisito, especial para los largos meses del invierno pero que también se consume en las otras épocas del año. Sirve además como forraje para cerdos y gallinas, por eso el huerto siempre ocupa un lugar próximo a la casa. Pero hay más tareas que realizar en esta época. Los campos están llenos de hoja y hay que limpiarla. También es el momento de arreglar las presas de los prados de regadío, reparar sebes, cuchar… y atizar al embutido de la matanza para que cure.
A pesar de todo esto, hay mucho tiempo libre en esta época del año. Es el momento ideal para los filazones. Las noches son muy largas y dan para mucho. Los hombres jóvenes tendrán tiempo de empezar a planificar las Pandorgadas que se realizarán entre Año Nuevo y Antroxu. Los pequeños también organizarán sus salidas a pedir el aguinaldo. Y a las mujeres nunca les falta labor: hilar, tejer, coser…
Así era nuestro mundo: cíclico, organizado,integral e integrador, complejo y completo. Para dominarlo eran necesarios un conjunto de conocimientos que fueron ignorados y menospreciados por parte del mundo académico y urbano. Por eso hoy es tan importante recuperarlos y dejar constancia de ellos. Se lo debemos a nuestros antepasados campesinos.

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Sobre el autor

Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional


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