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Pilar Arnaldo

Desde La Pontecastru

LAS PANDORGADAS

Con la llegada del Año Nuevo, y hasta el Antroxu, comenzaba en nuestros pueblos del Suroccidente la época de las pandorgadas. Eran las famosas mascaradas de invierno que, con diversas variantes, se repiten en buena parte de la región o incluso de la mitad norte de España. Se trataba de una comparsa, formada por hombres jóvenes, que se disfrazaban de una serie de personajes fijos y salían por los pueblos de la comarca a pedir el aguinaldo.
Una de las últimas pandorgadas que se recuerda por esta zona la protagonizaron los mozos de Villar de Zuepos y San Esteban, en el concejo de Belmonte de Miranda. Tuvo lugar por Año Nuevo, en la primera mitad de la década de los cincuenta. El primer lugar que visitaron fue Alcéu, en la parroquia Quintana. Llegaron muy temprano, al amanecer, y el recuerdo de la persona que me lo refiere, mi madre, Carmen Rubio, es de que el pueblo aún dormía cuando oyeron venir, por el camino del Cutrión, a la comparsa. Lo recuerda con intensa emoción. Todo el mundo se echó fuera de las casas para recibirlos. Se trataba de una fiesta inesperada que llenaba, durante unas cuantas horas, el pueblo de alegría y jolgorio. Para cuando llegaron al lugar habitual de reunión, la Calea, ya estaban todos allí, niños, adultos y viejos, esperándolos. Encabezaba la comitiva el ful.lequeiru, vestido con pieles y largas melenas, que llevaba una vara de avellano con un fuelle de piel de cabra u oveja atado en la punta. Hacía mucho ruido, ya que portaba unos cuantos cencerros atados a la cintura. Era el más beligerante de todos y perseguía a la gente con la vara, especialmente a niños y mujeres jóvenes. Había otros personajes más pacíficos como el galán y la dama – una elegante pareja- que paseaban cogidos del brazo. O la jardinera, que traía un cesto con flores de papel y colocaba, con gran amabilidad, una en la pechera de cada espectador. Otro de los personajes de los que había que huir era la escardadora, que pasaba la escarda a las mozas por las piernas. Había médico y sacamuelas, cura, niñera con criatura en brazos, sastre que iba midiendo a la gente con una cinta, gitana que echaba la buenaventura y los encargados de pedir el aguinaldo: un ciego y su criado. Los acompañaba un gaitero, el único que no iba disfrazado.
El ciego pedía limosna casa por casa y tenía un repertorio amplio de coplas para variar en cada una de ellas. A María Jenaro, una vecina de Alcéu, le cantaba:

Dios le dé suerte señora
y San Antonio tamién,
para dar muchas limosnas
a tolos ciegos que ven.

Pasaban el día en el pueblo, recogiendo el aguinaldo que consistía en dinero – escaso por aquellas épocas- y sobre todo, comida. Por la tarde, con lo que sacaban, encargaban la cena en una casa y después había fiesta. En ella aparecían ya sin los disfraces, con la gran sorpresa -sobre todo de los niños- por la transformación. Festejaban durante buena parte de la noche y abandonaban el lugar acompañados de los cánticos de despedida de las mozas.
Eran las formas de diversión de nuestros antepasados, ritos que transgredían el orden natural de las cosas, que celebraban el final de un ciclo y el comienzo de otro y cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Por eso es tan importante recuperarlos y dar noticia de ellos. Estas son nuestras tradiciones y no los Halloween o Papá Noel que abrazamos con entusiasmo y nada tienen que ver con nuestra cultura.

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Sobre el autor

Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional


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