Mañana, martes, se celebra la festividad de San Antón –san Antonio Abad- patrón de los animales y de los ganaderos, aunque este último patronazgo se lo disputa con San Isidro Labrador, que también lo es de los agricultores. Como no parece haber acuerdo sobre cuál de los dos es oficialmente, yo propongo que sean ambos, porque andan los ganaderos bastante necesitados de protectores, si tenemos en cuenta la situación en la que se hallan.
Así que, sin despreciar a San Isidro, hoy le pido a San Antón por nuestros ganaderos asturianos y, especialmente, por los de la Comarca Suroccidental, desde donde escribo. Le pido por ellos porque son la base y puntal del mundo rural y, si desaparecen, desaparecen nuestros pueblos. Esto es indiscutible. Sin la actividad ganadera a las aldeas les quedan los días contados, porque no existe ninguna otra profesión que pueda sustituir a esta para traer vida al campo asturiano.
Y es obvio que lo que necesitan los ganaderos es poder vivir de la ganadería. Para ello es necesario que perciban un justo pago por los productos que comercializan: la carne y la leche. No es de recibo que se le abone al productor el kilo de ternera menos que hace veinte años, no en términos relativos, sino absolutos. O que se tenga que vender la leche a precios por debajo del coste de producción. Es absolutamente inadmisible que los que producen los alimentos se empobrezcan para enriquecer a los que los distribuyen.
Pero hay otros muchos problemas. No se pagan los daños de la fauna salvaje como se tienen que pagar. Para el ganadero todos son trabas y, además, está siempre a expensas de que el guarda de turno quiera, o no, certificar la muerte o los perjuicios en los cultivos. Conozco un caso particular de un ganadero al que no le acreditaron la muerte por ataque de oso en dos ocasiones, la primera porque el animal estaba casi entero devorado y la segunda porque el depredador apenas había comido un trozo. Están también las campañas de saneamiento con sus falsos positivos, que tantos quebraderos de cabeza dan a los propietarios de los animales; la burocracia, ingente, engorrosa y carente de sentido; la lucha desproporcionada contra un matorral que día a día invade y cerca, no solo el espacio, sino el ánimo y la confianza del ganadero.
Pido respeto y consideración para los hombres y mujeres del campo, su papel es importante para mantener nuestra soberanía alimentaria, nuestros pueblos, nuestros paisajes y ecosistemas y nuestra economía. Que las altas instancias divinas los protejan porque las otras – las humanas- parecen haberlos abandonado hace tiempo.