Por estas fechas del calendario, con el trigo y el centén ya sembrados, poca tarea había en nuestro mundo campesino tradicional. El invierno es el descanso del labrador, el único periodo de ocio y reposo abundantes, especialmente si nieva.
La nieve paraliza casi del todo el trabajo del campo. Los animales permanecen en la cuadra y prácticamente la tarea del día, para los hombres, se resumía en echar de comer a las vacas. También había que sacarlas al agua y para ello se elegían, de todas las posibles fuentes o lugares para beber, aquel que por alguna característica especial tuviese el agua más tibia. Y a las vacas paridas había que llevársela a la cuadra, templándola previamente en el fuego.
Pero el periodo de nevada también constituía una preocupación grande para la familia campesina. Podían ser unos cuantos días completos en los que había que tirar de las reservas de hierba curada y estas nunca eran lo suficientemente abundantes. Era, pues, necesario administrar bien los recursos porque nunca se sabía cuántas nevadas más podían venir ese invierno. O incluso, de primavera. Para evitar agotar las reservas, la hierba se alternaba con paja, narvaso de maíz o nabos que se sacaban de entre la nieve y se calentaban en la l.lariega. El trabajo más duro que se presentaba durante una buena nevada era, evidentemente, el de quitar la nieve. Había que espalar y abrir “güelga”, es decir, dejar una parte de los caminos que se necesitaban transitar despejados.
Pero el resto era ocio. Eran los días de los grandes filazones, de gente en el chigre a cualquier hora, de sabrosos caldos con los huesos de las matanzas recientes y de fervidinos de vino blanco. De contar historias y jugar grandes partidas de brisca. Si además había un buen fuego, como solía ocurrir, la situación era sumamente atrayente. ¿No creen?
La gran preocupación era que la nevada pillara a la gente desproveída. Ya lo dice el cantar:
Tengo carne na panera,
tengo yerba nel payar,
tengo l.leña no l.liñeiru,
nieva si quieres nevar .
Así que estando bien pertrechados de alimento para las personas o el ganado y leña para calentarse, podía ser una ocasión feliz, un ocio impuesto que siempre venía bien. Pero era necesario administrar recursos. Si había menos actividad también había menos gasto energético. Eso, por lo menos, pensaba un paisano de L´Abangu que, al despertar una mañana y descubrir una gran nevada, se levantó, y pasó por las habitaciones donde dormía su familia con el siguiente mensaje: ”Hai una gran nevada, l.levántome you a echar de comer a las vacas ya vós quedai na cama tola mañana, asina aforramos una comida” de . Pues tenía bastante razón el hombre. A menor gasto energético, menor ingesta de calorías es necesaria. Un auténtico experto en gestión de recursos.