La primera gran feria ganadera del año en el Suroccidente astur es la de San Bras –Así, “Bras” con r ,que es su nombre tradicional y no “Blas” como se empeñan ahora en poner en carteles y otros anuncios-, en Tuña, el 3 de febrero.
Intentar siquiera dar una pequeña idea de lo que está feria significaba para la gente de la zona, en el espacio de una columna, es tarea bien complicada, pero procuraré hacer una aproximación.
San Bras siempre fue, principalmente, feria de vacuno y equino. Era muy importante porque, al ser la primera del año, marcaba los precios para las futuras. Pero para la gente de todos estos territorios colindantes con Tuña (valle del Ríu Xinestaza, parroquia de Merías, parroquia Quintana, Partíu de Sierra, parroquia de Agüera, Las Alzadas de Tinéu …) era mucho más que una feria. Presentarse en San Bras con una pareja de bueyes bien cuidados y pertrechados con sus buenos aparejos era, seguramente, el súmmum del orgullo campesino, la línea que marcaba el éxito social y profesional, el distintivo de los triunfadores.
Apenas empezaba el año, la gente de estos pueblos ponía la vista en el gran día. San Bras se pensaba, se imaginaba, se discutía, se soñaba. En el chigre, en los filazones, en los encuentros casuales en caleas y caminos era el tema de conversación. Tan importante acontecimiento trascendía, como no podía ser menos, a nuestra región. Quien circulara por la estación de Atocha madrileña en fechas cercanas al 3 de febrero podía sorprenderse si, al acercarse a un corrillo de mozos, se encontraba con que estaban todos exaltados tratando algún ejemplar de ganado vacuno. Eran los hombres de L’Abedul, que durante el invierno se marchaban a Madrid de mozos de estación para aportar un dinero muy necesario para la economía familiar. Trabajaban allí buena parte del año y regresaban en verano para las tareas fuertes del campo. Pero, faltaría más, hacían un paréntesis en su ocupación invernal para venir a San Bras. Y, por supuesto, con el entusiasmo de la venida empezaban allí mismo, entre ellos, los tratos de las reses que los esperaban en sus cabañas asturianas. Que luego el animal respondiese o no a las expectativas ya era otra historia.
San Bras era también una buena merienda. La fecha lo propiciaba, ya que estaban las matanzas recientes y había abundancia de carne. Por supuesto, el lacón llevaba el protagonismo. Quien no dispusiera de un buen lacón cocido y un potente bollo preñado mejor no se dejaba ver por la feria. Eran épocas de escasez, pero quizá debido a ello, se ponía especial atención en ser muy arrogante en estos eventos. Era este otro de esos puntos en los que se jugaba el prestigio de la casa campesina, en este caso de la mujer, que era la encargada de todo lo relacionado con la alimentación de la familia.
Por supuesto, la feria también se aprovechaba para la fiesta y el cortejo. Las mozas y mozos casaderos esperaban ansiosos este día que luego culminaba con buenos bailes en Tuña, en El Bolichero y El Pipo, y en La Pontecastru, en Casa Alonso. Y finalmente, el regreso, con bolsadas de naranjas de Soutu los Infantes, que no serían las mejores del mundo pero sabían a gloria, porque tenían el privilegio de ser las únicas que se comían en todo el año. ¡Otros tiempos!