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Pilar Arnaldo

Desde La Pontecastru

LA ALEGRÍA DE LA HUERTA

Dice un antiguo proverbio chino: “Si quieres ser feliz durante una hora, embriágate. Si quieres ser feliz durante un día, vete a pescar. Si quieres ser feliz durante una semana, haz un viaje. Si quieres ser feliz durante un año, cásate. Si quieres ser feliz durante toda tu vida, cultiva un huerto.”
Con la llegada del mes de mayo, en estos pueblos de montaña del Suroccidente, la gente se afana en las tareas de la huerta. Una vez que se oye cantar por primera vez el cuco, es el momento de sembrar el maíz. Y entre él, las fabas, la legumbre protagonista de dos de nuestros platos emblemáticos: la fabada y el pote. Se pueden sembrar a la vez que el maíz, pero siempre es preferible hacerlo un poco más tarde, cuando este se “acacha”, labor que consiste en deshacer los terrones y alisar la tierra. También es el momento de plantar la mayor parte de las verduras y hortalizas de las que luego disfrutaremos durante el verano y otoño. O durante todo el año si las envasamos o congelamos, frescas o elaboradas.
Tiene razón este viejo proverbio. Pocas cosas habrá en la vida que produzcan tanta satisfacción como cultivar una huerta. Es la emoción de la vida misma. Sembrar, regar, ver nacer, cuidar, seguir el crecimiento y, finalmente, recolectar lo que con tanto esmero laboramos es una de las mayores dichas del ser humano. La huerta nos proporciona innumerables recompensas. En primer lugar, placer estético. Una huerta bien cuidada puede competir en belleza con cualquier jardín, sin olvidar que en estas pequeñas parcelas suelen convivir plantas para alimentación con las puramente ornamentales. Es frecuente encontrar en ellas, a los lados, rosales u otras plantas de jardín. Nos proporciona pasatiempo agradable y deporte, trabajando la tierra no es necesario el gimnasio. Es bueno para nuestra economía puesto que ahorramos en la cesta de la compra. Y la más importante, la seguridad de consumir productos de calidad, de sabores excelentes y con la certeza de que estamos alimentándonos de forma sana.
Todo esto nos ofrece la vida en el campo. Y mucho más. Así que hagamos caso a los pensadores chinos y volvamos a nuestros pueblos. Aunque solo sea un par de días a la semana, no abandonemos esa tierra que nos sustentó. Nos va en ello la felicidad, que no es poca cosa.

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Sobre el autor

Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional


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