La recogida de la hierba seca para alimento de las vacas durante el invierno era, con mucho, la tarea mas dura del campo asturiano. Para el ‘mes de la yerba’ (de mediados de junio a mediados de julio) se preparaba la gente de los pueblos a conciencia. Así que, por estas fechas, cuando asomaba el buen tiempo, se disponían todos los miembros de la casa campesina para afrontar con éxito el trabajo más fuerte del año. Previamente las mujeres habían reservado para la época las mejores viandas. El jamón -escaso de aquella- solía guardarse para este período. También se reservaban en abundancia todas las otras carnes de la matanza y se hacía acopio de huevos, manteca, nata y todo producto necesario para elaborar las nutritivas comidas que en muchas ocasiones se consumían en el prado, a la sombra de algún árbol. Por supuesto se adquiría vino en abundancia y otras bebidas para combatir la sed de una tarea especialmente penosa y realizada a pleno sol.
También había que preparar la herramienta, los sombreros -que desde primeros de junio se ofrecían en abundancia en los puestos de los principales mercados semanales y en los comercios mixtos de los pueblos- y cualquier otra cosa que se necesitase.
La tarea de la yerba tiene tres fases principales: segar, curar (secar) y guardar. La más dura era la siega, realizada casi en exclusiva por hombres. Previamente había que sacar el corte a la ‘gadaña’ –cabruñar- tarea que solía realizar uno de los varones más viejos de la casa. Se segaba muy temprano, desde el amanecer hasta que el sol empezaba a calentar y en las últimas horas de la tarde. Si el prado era grande se juntaba un grupo de segadores para poder dominar este trabajo. Después había que ‘esparcer’ o ‘esmarallar’ para que la hierba no quedase amontonada. En cuanto estaba seca por un lado se la daba la vuelta para que curara por el otro. A continuación, especialmente si el tiempo era inestable y amenazaba lluvia, se amontonaba en ‘borricos’ – hay que especificar que todo el léxico referido a esta tarea varía muchísimo en las distintas zonas de Asturias, incluso entre pueblos muy cercanos- . Estos montones había que volver a extenderlos al sol y, finalmente, cuando ya la hierba estaba en sazón se amontonaba en una ‘morena’ –especie de balagar- . Después quedaba el trabajo de cargarla en el carro – encarrar-, trasportarla y meterla en el pajar.
Era una tarea durísima en el que colaboraban todos los miembros de la familia. Los viejos a cabruñar y prepara herramientas, los hombres jóvenes a segar, palear hierba, cargar el carro, mujeres y niños a esmarallar, dar vuelta, los niños más pequeños llevaban agua y vino a los trabajadores o pisaban la hierba en el pajar… Pero como suele ocurrir con todo aquello que requiere esfuerzo, es lo que recordamos con más nostalgia. ¿No me digan que no les gustaría volver a oír cantar un carro en un atardecer de un día de verano o despertar por la mañana y escuchar a un paisano cabruñar con desvelo la gadaña, o ponerle el ramo al último carro de la temporada y atravesar orgullosos el pueblo con la satisfacción de la tarea culminada?