Las “romerías de prau” son el acontecimiento festivo y cultural más importante de nuestros pueblos. Y, a menudo, especialmente en el caso de las pequeñas aldeas, el único. Son mucho más que una cita festiva. Constituyen el acto social por excelencia, reúnen a familias y amigos y devuelven , por unas horas, la alegría y el optimismo a nuestros olvidados núcleos rurales. Pues bien, estas entrañables fiestas que forman parte del paisaje imborrable de nuestra infancia están a punto de desaparecer. Y los motivos son varios. Como si de una conjunción planetaria se tratara, unos cuantos obstáculos se alinearon para acabar definitivamente con ellas.
A los absurdos requerimientos burocráticos de la Administración del Principado y ayuntamientos (algunos, no todos, los hay que todavía trabajan para solucionar los problemas de sus ciudadanos) se unen ahora otras dos trabas : el botellón y las exigencias de la SGAE.
De todos ellos, el que presenta unos obstáculos más insalvables es el burocrático. Hay una norma del Principado, pensada para grandes citas festivas, que exige complicadas gestiones como un plano hecho por aparejador, medidas de seguridad e higiene, plan de emergencias… Todo esto tiene su lógica para fiestas como San Mateo, San Roque o el Carmen de Cangas, por nombrar tres de las grandes. Pero es absurdo y ridículo pretender aplicarlo a la pequeña romería de un pueblo de cincuenta habitantes o menos. Bueno, pues eso es lo que hacen algunos Ayuntamientos, el de Tineo, entre ellos. Se limitan a exigir al vecino que va a solicitar permiso para la fiesta todas estos requisitos sin ofrecer de su parte ninguna ayuda para cumplirlos. Así, tan alegremente. Y no se sonrojan ni nada. Vamos, que la idea de que el Ayuntamiento está para resolver los problemas de los ciudadanos y no para crearlos parece que ni les entró en la cabeza.
A este entramado burocrático tenemos que sumar el botellón, que además de un problema de salud y un gran riesgo para nuestros jóvenes, contribuye a que las recaudaciones de los bares de las fiestas bajen en picado por lo que se hace muy difícil sostenerlas económicamente. Y para rematar, los requerimientos de la SGAE. Otro organismo que no distingue entre pequeño y grande, que pretende aplicar el canon igual en una gran sala de fiestas que a cuatro vecinos de una aldea perdida. Todos los que creamos sabemos lo importante que es proteger los derechos de autor, pero de ahí a ese afán recaudatorio sin límites que se planteó este organismo hay un buen trecho.
Así que, como reza el dicho popular: “entre todos la mataron y ella sola se murió”. El caso es que nuestras pequeñas romerías tienen los días contados. Y con ellas muere una parte importante de los pueblos, una seña de identidad y uno de los pocos elementos de cohesión social que nos quedaban. Mientras tanto, nos siguen diciendo que trabajan para que no desaparezca el mundo rural…