Hay un proyecto, ya muy avanzado, para construir en Soria la mayor granja lechera de todo Europa. Se trataría de un auténtico monstruo lácteo con 20.000 vacas y unas cifras de mantenimiento que ponen la piel de gallina a cualquiera que tenga una mínima sensibilidad medioambiental: un gasto de cuatro millones de litros de agua al día y 368.000 toneladas de excrementos generados, como una ciudad de cuatro millones de habitantes.
Pero tiene más costes que los ambientales este macroproyecto. Los promotores venden a bombo y platillo la idea de que van a crear 250 puestos de trabajo. Pero, si se crean estos y se destruyen tres veces más, poca ventaja va a traer. Porque inventos de este tipo son la puntilla que va a acabar definitivamente con el campo español. Una explotación así supone el cierre de muchas empresas familiares de leche que no van a poder resistir esta competencia desleal.
Dice Paul Samuelson, un prestigioso economista estadounidense, que el mercado no tiene corazón. A esta frase algunos añaden la coletilla “y los gobiernos no tienen cabeza”. Pues nunca mejor dicho. Porque lo que está fuera de duda es que unas pocas explotaciones de este tipo, lácteas o de carne -que ya hay planes para ellas, sin ir mas lejos aquí en Asturias- y de nuestro sufrido mundo rural no va a quedar nada. Desaparecerá de la faz de la tierra como desapareció el Macondo de García Márquez, pero con la diferencia de que el nuestro está poblado de seres reales que sienten y padecen.
Por una parte, nuestros gobernantes desde hace una temporada nos están vendiendo la moto de la preocupación de la despoblación rural con comisionados, reuniones, proyectos… y, por otra, permiten este tipo de explotaciones más propias de lugares como China o EE.UU. que van a acabar con lo poco que queda de nuestros pueblos. Decimos una cosa y hacemos justo la contraria. De esquizofrenia total.
Anda un sector amplio de la población muy preocupado por la supervivencia del lobo y el oso. Pues yo creo que estas dos especies, afortunadamente, no tienen ningún peligro de extinción. Pero sí lo tienen los pequeños ganaderos de los pueblos que mucho me temo que no lleguen a la mitad del siglo en curso. ¿No se los podrá declarar especie protegida y dedicar grandes recursos a su supervivencia? A lo mejor es la solución para ellos. Quizá dentro de unos años, los promotores de turismo organicen actividades de avistamiento de ganaderos y poder fotografiar a uno de ellos sea todo un triunfo. ¡Cosas veremos!