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Pilar Arnaldo

Desde La Pontecastru

TIEMPO DE ESFOYONES

El pasado sábado se celebró en Navelgas el XXI Festival del Esfoyón y el Amagüesto, una de las citas festivas más importantes del otoño en el Suroccidente. También en el Concejo de Tineo, pero en el otro extremo, en el Cuarto la Riera, desde donde esta columnista escribe, celebramos nuestro esfoyón particular, mucho más modesto pero seguramente más cercano a la tradición.
Nos reunimos los vecinos de La Pontecastru y aquí, a la vieja usanza, realizamos esta tarea ancestral que culmina el ciclo del maíz. El esfoyón -o esfoyaza en otros lugares de Asturias_ consiste en la confección de las riestras que cuelgan de los corredores de hórreos, paneras y casas. Es, como muchos otros trabajos del campo, una tarea colectiva y festiva. Tradicionalmente participaban en ella todos los miembros de la familia y se iba rotando de casa en casa.
Se comienza preparando las panoyas para poder tejer la riestra . Para ello se le quitan las hojas de fuera, y se dejan una pocas -dos o tres- más fuertes dobladas hacia atrás para después poder trenzarlas. Una vez realizada esta tarea, se procede a confeccionar la riestra, tarea que realizan principalmente los hombres. Por cada “enrestrador” se necesita un “apurridor” que le va pasando las panoyas. El enrestrador va colocando tres o cuatro piezas en cada vuelta sujetas con carrizos que previamente, por el mes de agosto, se habían recogido en los prados y se ponían a secar a la sombra. Había dos formas de enrestrar: la llamada “de renazo de burro”, que iba formando nudos y la “de cuadriel.lu”, que teje una coleta. Las hojas restantes –la padana- se metían en sacos, ya que se usaban para confeccionar jergones.
Finalmente, las riestras del maíz se subían al hórreo donde tenían que quedar perfectamente colocadas a la misma altura. Para ello un observador, desde abajo, evaluaba la tarea y comprobaba si estaban alineadas. En la casa campesina asturiana la apariencia no era algo baladí. En que todo quedara perfecto iba el prestigio de sus moradores, especialmente del cabeza de familia. Y tras la tarea venía el convite. Como el esfoyón se realizaba después de la cena y se prolongaba durante unas horas, al finalizar se ofrecía a los asistentes una sobrecena con sidra, castañas, nueces y algún dulce elaborado en la casa.
Pero el esfoyón, además de servir para preparar un producto básico en la dieta campesina para su almacenamiento y posterior consumo, constituía un acontecimiento social relevante por ser una de las reuniones especiales para el cortejo. Las largas noches de otoño eran el momento propicio para entablar las necesarias relaciones entre los jóvenes que, en algún momento futuro, culminarían en matrimonio. Todos, solteros y casados, jóvenes y viejos, participaban de las bromas. Tirar granos de maíz a las mozas, lanzar a algún hombre la panoya rabuca –con el significado implícito que este gesto tenía- era habitual. Como en otras muchas tareas campesinas, trabajo y diversión iban de la mano.
Hoy, unos pocos resistentes que quedamos en las aldeas hacemos grandes esfuerzos por preservar estas tradiciones, navegando a contracorriente en un mundo que prefiere el bullicio del centro comercial o la comodidad de sofá y televisor. ¿Seremos los últimos románticos?

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Sobre el autor

Pilar Arnaldo, escritora y profesora de Lengua castellana y Literatura. Como columnista publico mis artículos en El Comercio sobre mundo rural, Suroccidente de Asturias y cultura tradicional


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