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Daniel Castaño

El desván de los ñoños

Los sapos también cantan

En el fondo del mar, muy en el fondo, han de ocurrir cosas de esas que sólo ocurren en los cuentos para niños y que tanto disfrutamos los niños de ayer. Allí mismo, sin más luz que la de la imaginación los peces han de ir a la escuela en caracolas, asustar a los chiquitos en buques hundidos por Drake y sus secuaces allá por el año del imperio español, ir al autocine en la cabina coralizada del último kamikaze, tomarse un tentempié con el más pequeño de turno, tener pesadillas con el enigmático sushi, jugar al tiovivo temerario alrededor de los anzuelos y reírse abiertamente con los visitantes ocasionales, los sapos cantarines. El sapo es el animal más ilusionante del panorama cuentista, el más encantado consigo mismo o por los demás, el que más reniega de su naturaleza, el sempiterno aspirante al hijo del rey pitufo. Cuántas cosas caben en un buen sapo de felpa y, no se puede negar, puestos a croar que bien cantan. Crokoo es un poco de todo eso, nació de una canción y no habla ni croa, sólo canta, siempre canta, menos cuando se ducha. Es un sapo como cualquier otro que vive rodeado de pirañas amarillas en un bello macuario y que aspira a la gloria eterna emulando a La Voz. “Voy a grabar un videoclip” me dice cantando, y yo le creo porque en el fondo, muy en el fondo, me lo creo casi todo.
Crokoo es además una prueba de un personaje para una animación en flash que planeamos entre unos colegas del foro de macuarium y que nunca acabaremos, naturalmente. Hacédlo girar, le gusta bastante.
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Temas

Macuarium, Web

Sobre el autor

Por si a alguien le importa lo bastante como para reclamar, aquí presento las señas: Daniel Castaño, ilustrador, dibujante de cómics, humorista gráfico, farolero y ñoño practicante. Nací en el sur, allá abajo de casi todo, en un lugar tan chico como bien lindo al oriente de su homónimo cauteloso. Asturiano por parte de mi padre Aniceto y gallego de mi madre Amalia, adoptado por la tierrina hace tanto que ni me acuerdo. Estudié en la Escuela de Arte de Oviedo, y trabajé algunas veces aquí, en El Comercio, y algunas veces allá, en Gráficos y otros sitios perecederos. Ahora tengo treinta y unos cuantos, aunque me gusta aparentar que no me importa aparentar bastante menos de lo que me gustaría. En realidad allá por los 16 encontre mi cima, creo. Con eso y con todo me paso la vida dibujando. De chico pensaba que para cuando tuviera edad de merecer, podría ver los frutos de mi inversión en tanto tiempo perdido entre dibujos. Perdido, que no añorado. Cuando llegue a esa edad, se lo cuento.

julio 2006
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