Hasta para empezar y acabar los años tenemos hambre de catarsis, hambre de uvas. Se calcula que aproximadamente medio millón de andaluces aún viven, por este motivo, en 2014: esos que trataron de cruzar el año con Canal Sur y se atragantaron, en cambio, con publicidad.
Este incidente, que se añade a los múltiples despropósitos que se han dado en las retransmisiones televisivas de año nuevo, viene a certificar esa costumbre tan española de que todo tenga un momento, uno muy concreto: somos uno de los pocos países en los que tan solo unos cincuenta y cinco segundos y la mano abotargada de un realizador de televisión separan un año del otro.
Solemos desearnos, por estas fechas, salud y dinero —lo segundo para derrochar lo primero, cuentan—, pero no lo que resulta ser lo más importante según este gen tan nuestro: el tiempo.
El tiempo es el enemigo que batir en una San Silvestre, y tiempo es el que le va a faltar al reloj pasado mañana, cuando Sus Majestades se hayan retirado hasta el año que viene y haya que volver a los quehaceres diarios con los regalos a medio disfrutar. Tiempo es el que le van a sobrar a los interminables minutos de espera antes de esa noticia ansiada, de esa entrevista de trabajo tan arduamente preparada para 2015.
Son esos diez minutos de más que, de media, pasamos en la cama cuando suena el despertador, pero también esos años de menos con los que cuenta el calendario cuando se trata de acabar, pongamos por caso, la Autovía del Cantábrico. Ese tiempo legislativo, administrativo e irreal, tan español.
Siempre estamos deseando controlar lo que parece a nuestro alcance: la salud y el dinero, asuntos más o menos tangibles directamente ligados a otras dos facetas, más amplias, e igual de indomables: trabajo y servicios (públicos, se entiende). Así, hace por estas fechas cuatro años que a la catarsis navideña seguía una catarsis política —el nacimiento de Foro Asturias—, en medio de un terremoto (temporal). Y para celebrarlo, ¿qué mejor que otro? ¿Qué mejor que la constitución de un nuevo partido con la novedad por bandera y la catarsis por alimento? ¡Nuevos tiempos!Casi nada de lo que sucede lo hace a tiempo, o al menos al tiempo deseado: mientras que las oportunidades (y los años) suelen llegar mucho antes de lo ansiado, los tragos más difíciles de digerir suelen marcharse con una parsimonia excesiva.
Este año también contaremos con la visita de Marty McFly, en Regreso al futuro II directo desde el año 1989 (¡en el que empezaron las obras de la Autovía!). En un monopatín volador, con unas zapatillas que se atan solas, bebiendo un refresco «automático», comiendo una pizza autohidratada por Black&Decker (!) y la posibilidad de volar sobre el tramo Unquera-Llanes.
Nada de esto ha llegado a tiempo. Tiempo, tiempo, tiempo: siempre tiempo, que es al final lo que, sea en forma de infraestructura o de lista de espera, más alto figura en las listas de promesas de año electoral.
Y todo ello sin que dejemos de ser los líderes en perderlo (los menos productivos y los que más horas pasamos sentados esperando nadie sabe qué). Y todo ello, deseándonos mutuamente ganar mucho más de todo menos de lo fundamental en este año, como en todos los demás. Exacto: ojalá 2015 nos traiga todo el tiempo del mundo. Nos va a hacer falta para saborearlo.
[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 4 de enero de 2015.]