No, espera, suena demasiado bien. Como a disco. Pero… Sí, sí, está cantando. Un momento, esa mano, ¡esa mano! No, no está tocando. El batería sí, si no sería demasiado obsceno. ¿Cómo pueden estar sonando dos guitarras a la vez? ¡Pero si eso está desenchufado!
La escena se produjo esta semana, codo con codo con R., presenciando sin mucha atención primero y con la mandíbula por los suelos después la sublimación del show business: una de las ahora conocidas como «bandas tributo» o «de versiones» —léase imitadores de grupos conocidísimos— que, no contentos con fusilar el producto, lo estaban haciendo en playback. Absoluta fascinación, porque ni R., ni C., ni los músicos presentes en la sala podíamos dejar de preguntarnos cómo podía alguien tener tantísimo valor.
Que lo hagan Alaska, Chenoa o alguno de esos habitantes del gran escenario solo tiene como riesgo que el micrófono se les caiga, pero hacerlo a escasos centímetros del público y pendiente de un instrumento, además, requiere de un cuajo nunca visto. Hacia el tramo final del espectáculo, y a petición de un avezado espectador, sí tocaron ellos porque no tenían las pistas grabadas. Y, claro, no sonaba a disco: ni coros, ni público entregado, ni nada. Se les caía, pero algunos aplaudieron la honestidad de que, al menos, aquello no fuese enlatado.
No obstante, cuando logramos sacar la cabeza del debate y apartar la mirada de los indescriptibles triles de manos y pies, lo que había era una sala considerablemente llena y un público que se lo estaba pasando en grande bailando, coreando y jugando a su vez a ser el público de la banda emulada, ajenos al descaro con el que ponían una grabación. Felices y pasando un buen rato.
Esto fue poco después de que, también con R. y con C. y con un auditorio lleno, el martes nos estallaran en la cara todos los fuegos artificiales de Forma Antiqva, mitigados tan solo por la textura acuosa del resto del programa: esencialmente, Haendel en estado puro. Elevado, elegante, fino, macarra, sugerente, gamberro, ágil, divertido y, obviamente, en riguroso directo.
Es evidente que las emociones que provocaron en los respetables —a quien poco le importan tempos y dinámicas, y que guardan más similitudes entre sí de las que parece— son diferentes, pero no dejan de estar basadas en lo mismo: una recreación, cada cual con sus singularidades. La una, enlatada y trufada de recuerdos; la otra —la que los tres preferimos— repleta de virtud y frescura. Pero ¿qué derecho tenemos a decidir lo que está bien y lo que está mal? ¿Dónde están los límites no ya de lo culturalmente aceptable, sino de lo artísticamente potable? Siempre nos acaban endosando el sambenito de pejigueros, de perfeccionistas: Porque la respuesta era evidente para R., C. y para mí, pero no parecía quitarles el sueño a toda una tropa que solo quería los éxitos de su juventud y ver a un señor moverse en el escenario.
Que resulte obvio quizás sea una suerte para nosotros, pero da, como poco, que pensar que muy pocos se enterasen del engaño; que se considere antagónico o menos exigente o de menos valor al grupo «tributado» que al mismísimo Haendel (resulta que al primero se le puede atropellar; al segundo, no): el mismo sentido de escuchar música (siempre para disfrutar primero, para aprender después) ha empezado a perder valor merced a atajos creativos de toda clase. ¿Habrá más disfrute que la pura y simple diversión?
[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 18 de enero de 2015.]