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	<title>Haendel desenchufado | En funciones - Blogs elcomercio.es</title>
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		<title>Haendel desenchufado | En funciones - Blogs elcomercio.es</title>
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		<pubDate>Mon, 19 Jan 2015 09:00:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Alejandro Carantoña</dc:creator>
		                		<category><![CDATA[Cultura & Sociedad]]></category>
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		<description><![CDATA[No, espera, suena demasiado bien. Como a disco. Pero… Sí, sí, está cantando. Un momento, esa mano, ¡esa mano! No, no está tocando. El batería sí, si no sería demasiado obsceno. ¿Cómo pueden estar sonando dos guitarras a la vez? ¡Pero si eso está desenchufado! La escena se produjo esta semana, codo con codo con [&#8230;]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD HTML 4.0 Transitional//EN" "http://www.w3.org/TR/REC-html40/loose.dtd">
<html><head><meta http-equiv="content-type" content="text/html; charset=utf-8"></head><body><p>No, espera, suena demasiado bien. Como a disco. Pero… Sí, sí, está cantando. Un momento, esa mano, ¡esa mano! No, no está tocando. El batería sí, si no sería demasiado obsceno. ¿Cómo pueden estar sonando dos guitarras a la vez? ¡Pero si eso está desenchufado!</p>
<p>La escena se produjo esta semana, codo con codo con R., presenciando sin mucha atención primero y con la mandíbula por los suelos después la sublimación del <em>show business</em>: una de las ahora conocidas como «bandas tributo» o «de versiones» —léase imitadores de grupos conocidísimos— que, no contentos con fusilar el producto, lo estaban haciendo en <em>playback</em>. Absoluta fascinación, porque ni R., ni C., ni los músicos presentes en la sala podíamos dejar de preguntarnos cómo podía alguien tener tantísimo valor.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-adver-blogs-entries"></div><p>Que lo hagan Alaska, Chenoa o alguno de esos habitantes del gran escenario solo tiene como riesgo que el micrófono se les caiga, pero hacerlo a escasos centímetros del público y pendiente de un instrumento, además, requiere de un cuajo nunca visto. Hacia el tramo final del espectáculo, y a petición de un avezado espectador, sí tocaron ellos porque no tenían las pistas grabadas. Y, claro, no sonaba a disco: ni coros, ni público entregado, ni nada. Se les caía, pero algunos aplaudieron la honestidad de que, al menos, aquello no fuese enlatado.</p>
<p>No obstante, cuando logramos sacar la cabeza del debate y apartar la mirada de los indescriptibles triles de manos y pies, lo que había era una sala considerablemente llena y un público que se lo estaba pasando en grande bailando, coreando y jugando a su vez a ser el público de la banda emulada, ajenos al descaro con el que ponían una grabación. Felices y pasando un buen rato.</p>
<div class="voc-advertising voc-adver-inter-text hidden-md hidden-lg voc-advertising-mobile-ready"></div><p>Esto fue poco después de que, también con R. y con C. y con un auditorio lleno, el martes nos estallaran en la cara todos los fuegos artificiales de Forma Antiqva, mitigados tan solo por la textura acuosa del resto del programa: esencialmente, Haendel en estado puro. Elevado, elegante, fino, macarra, sugerente, gamberro, ágil, divertido y, obviamente, en riguroso directo.</p>
<p>Es evidente que las emociones que provocaron en los respetables —a quien poco le importan tempos y dinámicas, y que guardan más similitudes entre sí de las que parece— son diferentes, pero no dejan de estar basadas en lo mismo: una recreación, cada cual con sus singularidades. La una, enlatada y trufada de recuerdos; la otra —la que los tres preferimos— repleta de virtud y frescura. Pero ¿qué derecho tenemos a decidir lo que está bien y lo que está mal? ¿Dónde están los límites no ya de lo culturalmente aceptable, sino de lo artísticamente potable? Siempre nos acaban endosando el sambenito de pejigueros, de perfeccionistas: Porque la respuesta era evidente para R., C. y para mí, pero no parecía quitarles el sueño a toda una tropa que solo quería los éxitos de su juventud y ver a un señor moverse en el escenario.</p>
<p>Que resulte obvio quizás sea una suerte para nosotros, pero da, como poco, que pensar que muy pocos se enterasen del engaño; que se considere antagónico o menos exigente o de menos valor al grupo «tributado» que al mismísimo Haendel (resulta que al primero se le puede atropellar; al segundo, no): el mismo sentido de escuchar música (siempre para disfrutar primero, para aprender después) ha empezado a perder valor merced a atajos creativos de toda clase. ¿Habrá más disfrute que la pura y simple diversión?</p>
<p>[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de <em><a href="http://www.elcomercio.es/" target="_blank" rel="external nofollow">El Comercio</a></em> del día 18 de enero de 2015.]</p>
</body></html>
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