Gracias, muchas gracias: Mariano Rajoy, hace hoy siete días, se paseaba (virtualmente) por las casas de todos los españoles para darnos las gracias por el esfuerzo que estamos haciendo en la salida de la crisis. Por otro lado, ayer, aunque todo sea sospechosamente ambiguo y similar, Podemos y Pablo Iglesias celebraban una no-manifestación que, en el fondo, sirve según ellos mismos para dar las gracias a todas aquellas personas cuyo apoyo ha permitido erigir en tiempo récord un no-partido en la no-oposición con un no-líder como cabeza visible, que es Iglesias.
El pobre Pedro Sánchez, último en llegar a esta orgía de agradecimientos, ha hecho suya la técnica, utilizando el «gracias» indiscriminadamente y a discreción: Sánchez agradece las propuestas, agradece los apoyos y agradece la participación de los de su partido. Así, con la lección bien aprendida, tampoco hacía mucho más que dar las gracias cuando fue mediáticamente atropellado por aquella familia catalana en el programa Salvados. «No me fío de usted», decía el patriarca con el gesto torcido. «n;Gracias», respondía el otro. Gracias, muchas gracias. Siempre gracias.
Las normas de la cortesía fijan aquello de que es de bien nacidos es ser agradecidos, puro pensamiento profundo que a buen seguro habrá calado en los gabinetes de comunicación de todo el país: primero, en el caso del PP. «Y ahora, aparte de devolver la extra por fascículos a los funcionarios, bajar un 2% el IRPF y acabar alguna autopista… ¿Qué hacemos?» Dar las gracias. Estupendo. ¿Gracias de qué, por qué? ¿Gracias porque no haya habido una guerra civil en la útlima lgislatura? ¿Gracias por haber hecho lo único posible, que era aguantar el tirón? ¿Gracias por venir? ¿Gracias? ¿”Gracias”? ¿De verdad?
Sirva Rajoy como cabeza visible, por presidente. Pero nadie se debe librar del dedo acusador del maltratado español (como idioma, digo) cuando el agradecimiento ha sido sometido a semejante vapuleo: está tan generalizado, e injustificado a un tiempo, que se ha convertido en una mera coartada para la incompetencia. Hoy, ahora, se da más las gracias de lo que se pide perdón: es como si en el centenar de casos de corrupción documentados y juzgados en democracia los acusados hubiesen dicho al juez, en un trámite vergonzante —pero aséptico y pasajero—, que gracias por haberles hecho darse cuenta de su error.
Por suerte, esta semana ha ocurrido algo por lo que creo que la mayoría de los ciudadanos, contribuyentes, jóvenes y hastiados en general sí estamos íntimamente agradecidos: es el carrusel de personalidades que está desfilando por la comisión de investigación de la fortuna de Villa en Junta General del Principado. No sabemos muy bien a quién hay que darle las gracias por tan majestuoso espectáculo, porque su auténtico valor reside en el ridículo que están haciendo algunos al negar lo evidente; otros, al tratar de esquivar lo inevitable; y los últimos, y peores, al revolverse como gato panza arriba ante lo obvio.
Es posible que pocos de ellos, al igual que la mayoría de los que hoy dan las gracias puerta por puerta o manifestación por manifestación, acaben sentados ante un juez, pero al menos habrán tenido ocasión de saber lo que se siente al no poder ampararse en el mero desgaste de la lengua, en un perdón muy poco sentido o en las lágrimas de cocodrilo. En que un «gracias» no sea bastante…
[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 1 de febrero de 2015.]