Hay tres frases que, aun en pleno frío, tienen el poder de hacer hervir la sangre de cualquiera, especialmente si se utilizan en el escenario de un teatro o en la redacción de un periódico: en el número tres, «Qué más dará si nadie se fija»; en segunda posición, un lucido «Pero es que a mí nadie me lo había avisado» —pronunciado fumando en una gasolinera, tostando pan en la ducha, etc.—; y, como colofón, la favorita entre todas las demás: «Esto siempre se hizo así».
Los acontecimientos que se han venido sucediendo en torno a la obra de ampliación del puerto del Musel (que prosiguen su escalada en la antología de la chapuza regional con la intervención de la Audiencia Nacional esta misma semana) quizás acaben teniendo la virtud de la legalidad, pero por lo pronto reúnen la vergüenza de esas tres posturas cada vez que un responsable abre la boca en defensa de la gestión realizada: igualito que ocurre a este otro lado de la barrera.
Ocurre con la gestión de los escándalos públicos en general —y la de los relacionados con infraestructuras en particular— que ponen de relieve, entre otras muchas cosas, una serie de tics perfectamente arraigados en nuestra sociedad, y que aún están pendientes de ser resueltos. Estos tres, en concreto: aquí hablamos de unos 700 millones de euros, el equivalente a en torno un 20% del presupuesto total del Principado para este año, pero el discurso que se oculta tras el desastroso manejo de la situación —y de su justificación— es extrapolable a cualquier otra esfera de la vida pública, privada y profesional.
Veamos: hasta la fecha, participan de este festival ni más ni menos que la Fiscalía Anticorrupción, el juzgado Central de Instrucción número 3 de la Audiencia Nacional y la Oficina Europea de Lucha Contra el Fraude de la Comisión Europea (casi nada). La respuesta de la Autoridad Porturia gijonesa es un ladrillo de 600 páginas que viene a justificar que todo está conforme a «los documentos contractuales» —o sea: «Pero es que a mí nadie me lo había avisado»—.
La trastienda, con todo, incluye el «Esto siempre se hizo así» y el «Qué más dará si nadie se fija», visto que ninguno de los implicados en aquella obra faraónica ha puesto aún el dedo sobre la tecla clave: que un sobrecoste de más de 200 millones de euros es una barbaridad (en una obra presupuestada en 579). Que la reacción, pues, se centre únicamente en la legalidad, en la letra pequeña y en escurrir el bulto es lo auténticamente grave: eso, que no es más que tratar de arreglar el entuerto y velar por no hacer más daño a las maltrechas arcas regionales, es lo secundario. Lo primero de todo es levantar la mano y asumir las culpas; reconocer, aunque sea, que si las cosas siempre se han hecho así quizás sea el momento de cambiarlas; que si ha habido que volver a planificar toda una obra quizás no estuviese bien pensada desde el primer instante; y que sí que da más porque, aunque no hubiese nadie mirando, las cosas solo pueden hacerse de dos maneras: bien y mal. Y la primera suele ser la más indicada (a la par que barata y sencilla).
Hay algo en la idiosincrasia de todos los desmanes que van cuajando en Asturias, como la nieve que acompaña este febrero gélido, que se lleva repitiendo desde hace mucho tiempo y y en muchos ámbitos. Es algo que, por desgracia, no se cura con denuncias, investigaciones ni comisiones: la nieve no se derrite con palabras candentes. Solo con sal, pala y empeño. Que es como se hizo siempre…
[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 8 de febrero de 2015.]