Mientras que el pasado fin de semana muchos se quedaban sin sacarse el selfi más ansiado en la gala de los Goya, Xavier Artigas y Xapo Ortega, directores del documental Ciutat morta, conseguían muy lejos de allí la foto con la que habían soñado.
Es la imagen de un Xavier Trias (alcalde de Barcelona), algo sobrepasado, con el premio Ciutat de Barcelona en la mano mientras que Artigas y Ortega se alejan de él sin siquiera mirarle. Artigas no puede contener una inquietante sonrisa de satisfacción, fruto del revuelo provocado por su acto.
Ambos escogieron hacer el desplante público —aunque aceptaron los 7.000 euros con que está dotado el premio «para investigar los abusos policiales»—para darle, así, visibilidad a la misma causa que venía blandiendo Ciutat morta: la muerte de Patricia Heras.
Por hacer un rápido resumen, lo que el documental explica es demasiado fuerte para ser aceptable, o aceptado: el 4 de febrero de 2006, durante el desalojo de un local ocupado, un agente de la Guardia Urbana resulta herido de gravedad por un golpe en la cabeza y, de hecho, queda en estado vegetativo. Esa noche se detiene a varias personas (ninguna de las cuales tiene, en apariencia, nada que ver con el hecho, ya que estaban en la calle y el golpe parecía debido a la caída de una maceta desde lo alto del edificio desalojado). Ahora vienen las curvas: a una distancia considerable de allí, una achispada Patricia Heras se cae de la bici, se hace daño y es llevada al mismo hospital que los detenidos. Allí, en un batiburrillo espléndido, se la llevan a ella también y la acusan de lo mismo que al resto de detenidos. ¡Y la condenan! A raíz de lo vivido, Heras se arrojó por la ventana en abril de 2011, un año después de salir de prisión. Para todo lo demás, vean el documental. Es muy fácil de conseguir.
Pocas cosas podía haber más incómodas para Trias que entregar ese premio. El documental le deja en pésimo lugar en todo lo tocante a la gestión de la crisis que siguió a la muerte de Heras y en la extremadamente turbia política de ocultación en torno a los abusos policiales. Trias se ha limitado a repetir, desde que ‘Ciutat morta’ estalló mediáticamente en enero de este mismo año (gracias a la petición de uno de los personajes que aparecen de que se impidiese por vía judicial la exhibición de cinco minutos de metraje) que es un producto «partidista» y con «fines políticos». En la cinta se advierte, con todo, que ni el ayuntamiento ni la Guardia Urbana ni la familia del agente herido han querido participar.
Sea como fuere volvamos al premio. El documental es objetivamente bueno, está bien realizado y plantea una verdad, descubre un hecho noticiable con solidez. Plantea un debate, en fin, y suscita preguntas. Es decir que, en su propósito y alcance, es un éxito. Bien por el premio, pues.
Pero entonces, de golpe y porrazo, Ciutat morta se diluye en lo mismo que los Goya de todos los años. Se une al club de los Premios Nacionales rechazados, y lo hace con esa inquietante sonrisa ladeada de Artigas: el fuste que tiene este documental, de lo mejorcito que hay, queda herido de gravedad por el arranque de ego de sus responsables.
Lo hace porque está muy feo no recoger el premio y sí los 7.000 euros que comporta. Suena precioso esto de «investigar los abusos policiales», pero ni Artigas ni Ortega explican en qué exactamente se van a invertir: ¿en pagar sueldos? ¿En terminar de lanzar su carrera como documentalistas? ¿Dejarán pues de ser una ONG? Entonces todo lo que ellos descubran de hoy en adelante será gracias a… pues al premio que (no) rechazaron y al establishment contra el que luchan. Y eso no es luchar. Eso es un manual de cómo (no) recoger un premio. Una lástima.
[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 15 de febrero de 2015.]