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Alejandro Carantoña

En funciones

Un Museo de Bellos Selfis

A los numerosos visitantes que ya se han dejado caer en las últimas dos semanas por la flamante y ansiada ampliación del Museo de Bellas Artes de Asturias hay dos cosas que les han llamado poderosamente la atención: una, la lustrosa boca de riego roja que rompe la fachada ideada por el arquitecto Patxi Mangado, del lado de la Plaza de la Catedral; y dos, la prohibición expresa de utilizar los famosos palos para selfis, esos brazos extensibles que sirven para hacerse fotos a uno mismo con el móvil.

Pero hay más, mucho más llamativo y mucho más significativo dentro, que merece de visita y atención: a las doscientas ocho obras de la colección permanente (que cierra hoy, por tiempo indefinido, para ser recolocada) las recubre una precipitación insólita, que desprende el inconfundible aroma de la prisa electoral.

Para empezar, y tal y como señalaba algún artista, choca la instalación de la calefacción a lo largo de los zócalos del suelo, justo debajo de las obras (mirós o valles bien calentinos); para seguir, la evidente urgencia en la museografía —la mitad del espacio de la exposición temporal, dedicada a Navascués, está vacía y clausurada con un cordón; la otra mitad, en penumbra bajo el tríptico de José Ramón Zaragoza—; y, para acabar, la inexplicable yuxtaposición de salidas de emergencia, extintores, regoyos, puertas de ascensor y piñoles. El espacio de Mangado, más propio de un centro comercial que de un museo, tampoco ayuda: si por azar suben a la primera planta, no dejen de recorrer la sala principal hasta el fondo, hasta ese panel explicativo. Giren a la derecha, sorteen la pared de ángulo imposible y ahí, en un rincón, mirando hacia la Plaza de la Catedral, encontrarán el busto de Leopoldo Alas «Clarín» mirando con melancólica soledad a su Regenta.

Las dos visitas se pueden resumir con la desazón, demoledora, que provoca el hecho de que este proyecto tenga dieciséis años y que, así y todo, a la Consejería de Cultura le haya pillado el toro de las elecciones de mayo para su inauguración. Porque lo expuesto está hecho con demasiada prisa, achacable a mucha gente entre la que, con todo, no se encuentra la dirección del centro, que presumiblemente ha asumido tareas que no le corresponden por mandato político.

No, el culpable de todo es, precisamente, el condenado palo para selfis, pero en versión ampliada y extendida: es demasiada casualidad que la ampliación, manifiestamente inacabada —de ahí el cierre que se va a producir hoy—, fuese inaugurada apenas unas horas antes de la convocatoria de las elecciones municipales y autonómicas, hecho que implica la prohibición expresa de celebrar actos de este tipo.

No, no es que esta ampliación, o este museo, no fuesen necesarios ni saludados por artistas, amantes del arte y ciudadanos, que ya nos habíamos acostumbrado a pasar ante la opaca valla que ocultaba las vergüenzas de los tiempos de bonanza: es que ni el patrimonio está explotado; ni los artistas, satisfechos; ni el proyecto, acabado. De todas las posibilidades que esta apertura tenía, está claro que solo se ha aprovechado una: una foto y un titular, ambos flor de un día. O de quince.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 12 de abril de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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