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Alejandro Carantoña

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El patrioturista

Los terremotos entierran cosas. Cosas como el equivalente a diez germanwings, a mil charliehebdos, a barbaridades de ese calibre; al tiempo que remueven y sacan a la luz otras. Otras muchas, entre las cuales se cuenta, por ejemplo, un artículo de Arturo Pérez-Reverte firmado en 2010 sabe Dios a santo de qué en el que reprocha a los turistas accidentales o accidentados el «síndrome del coronel tapioca», esto es, irse de safari al último confín planetario para toparse con un barranco, un golpe militar o un tsunami e ir a pedirle a papá Estado, entonces, que desfaga el entuerto.

Este artículo olvidado anda bullendo estos días a cuento del terremoto de Nepal y de la movilización, por parte de familias y afectados españoles, para pedir la intervención de las autoridades y que se ponga a salvo a nuestros nacionales. Esa es la (fea, dicen) prioridad. Después, ya irá la ayuda. Quizás esté demasiado fresca la muerte de dos españoles (uno de ellos por orgullo diplomático) en Marruecos hace pocas semanas.

El caso es que Reverte, aparte de la condescendencia que le caracteriza (él estuvo en la guerra, y usted no), pone el dedo en el egoísmo occidental, ese de regusto colonial y de vergüenza tapada. Básicamente —y es una idea extendida, al parecer—, que desde el momento en que un español estaba allí se hizo acreedor del mismo trato que cualquier nepalí en caso de catástrofe.

El gran escritor es un buen ejemplo con esta reflexión, porque con ella pone sobre la mesa algo más hipócrita y profundo y que nos afecta a todos: sin ir más lejos, dos años más tarde fue uno de los más furibundos atacantes del incremento en el IVA a la cultura hasta el 21%, apelando, entre otras cosas, a la identidad nacional y al sentido de Estado para que no se nos llevasen por delante a los plumillas y pintamonas. Exacto: apelaba al mismo sentimiento para poder seguir publicando alatristes que al que ahora apelan las familias de los desaparecidos para que los salven.

Resulta excesivamente contradictorio, cuando situamos ambos problemas en el mismo plano —en el identitario, nacionalista, estadista, como se quiera llamar—, que un zurriagazo a nuestros bolsillos artísticos adquiera unas dimensiones iguales o mayores que diez mil muertos y la destrucción absoluta de un patrimonio riquísimo: ahora que los muertos están frescos, perdidos y enterrados es cuando nos acordamos de Nepal, y sacamos a pasear con gritos, con gritos que tapen la vergüenza de no saber ni ubicarlo en el mapa, una solidaridad impostada y urgente.

Fueran nuestros patrioturistas responsables o no, conscientes o no de lo que estaban haciendo al poner un solo pie en aquel país arrasado, es muy posible que lo hiciesen con la tranquilidad de que iban a tener un hogar, un país y un Estado al que volver; uno que incluso se iba a ocupar de salvarles a ellos con el IVA recaudado; uno que les garantizaría la estabilidad necesaria para ir a gastar, a ayudar o a contribuir a que la vida de los nepalíes fuese ligeramente más parecida a la nuestra.

Imperfecto, feo, colonial, viciado, turbio, corrupto, pero nuestro: quizás, y solo quizás, debamos tomarnos más como algo tranquilizador que obsceno, algo bueno, que nos inquiete más José Luis Moreno que Kim Jong-Un. O al menos, asumirlo. ¿Podemos vivir con ello? ¿Con el hecho, la condena, de ser patrioturistas?

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 3 de mayo de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


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