>

Blogs

Alejandro Carantoña

En funciones

De goles y huelgas

James Petrillo tenía la mosca detrás de la oreja desde que empezó a tocar la trompeta para una gran compañía. Sabía que él y todos sus colegas estaban ganando menos dinero del que deberían —querían más derechos por las grabaciones—, conque organizaron una huelga que nadie, a priori, creyó que fuesen a tener el valor de llevar a término: Estados Unidos había entrado en la Segunda Guerra Mundial unos meses antes, en diciembre.

Pero lo hicieron. Corría el verano de 1942 cuando empezó un parón de la American Federation of Musicians que había de durar dos años, y que impedía a todos los músicos sindicalizados (la inmensa mayoría) grabar en estudios durante el tiempo que estuviesen en huelga (con la única excepción de los discos que se distribuían directamente a las Fuerzas Armadas).

El motivo de fondo era el ninguneo al que la industria los sometía: donde antes había una banda, ahora había un juke-box; donde antes las bases las ponían músicos, ahora empezaban a ser pregrabadas. Y aquello, aparte de injusto, les estaba saliendo caro.
A medida que avanzaba la huelga y que las discográficas se quedaban sin fondo de armario, empezaron a cambiar el rumbo de sus publicaciones: si no había músicos, al menos habría voces. Así que las big-bands empezaron a perder fuste frente a los cantantes; y muchos discos salieron adelante gracias a grupos vocales de acompañamiento, que suplían con la voz lo que tradicionalmente hacía un instrumento.

Al término de la huelga se empezaron a vender más discos que antes, muchos más. Las discográficas habían perdido y los músicos habían ganado en términos y condiciones, pero ya nada volvería a ser igual: donde antes se iba a ver al «jazzman» del siglo acompañado de un cantante, ahora era su cara la que aparecía en las portadas. Con tan mala suerte que además no se les daba del todo mal: Frank Sinatra, se llamaba uno que pasaba por allí.

Con esta huelga y la posterior —con la que quisieron defenderse de la irrupción de la televisión— los músicos estadounidenses lograron su objetivo. Perdieron en el imponderable plano de la relevancia mediática, pero lograron unas condiciones justas. ¿Eran unos pobres diablos o unos avaros sin remedio? ¿Ganaban poco, mucho, regular, suficiente? ¿Cómo se lo tomó el público, y cómo se lo tomaría ahora?

Posiblemente, la respuesta a esta cuestión sea la misma que entonces: que es legítimo que quien cree que algo es injusto pelee contra ello. ¿Alguien lo duda? Lo que ocurre, con los músicos y artistas, es que se tiende a pensar en nosotros como diletantes, que merecemos no ya un trato equiparable al de otras profesiones sino, quizás, ligeramente más injusto: es el peaje por disfrutar con lo que se hace, por tener casi el imperativo de satisfacer al público.

Y ahora, de pronto, aparecen por allí los futbolistas. Repentinamente, igual que Petrillo y compañía entonces, se alzan en armas porque quieren un reparto justo del pastel que producen: televisión, quinielas… Millones, siempre millones. Más millones, y espectáculo a raudales. Es ahora, en este tiempo de estrechez, cuando el público se divide: «¡Ya ganan mucho!», dicen unos; «¡Tienen razón: ¿cuántos espectadores tienen?», contestan otros. Pero a Petrillo, en fin, ya nadie le recuerda por tocar la trompeta, sino por haber ganado aquella guerra.

[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 10 de mayo de 2015.]

Sobre el autor

Letras, compases y buenos alimentos para una mirada puntual y distinta sobre lo que ocurre en Asturias, en España y en el mundo. Colaboro con El Comercio desde 2008 con artículos, reportajes y crónicas.


mayo 2015
MTWTFSS
    123
45678910
11121314151617
18192021222324
25262728293031