Dijo que en veinte años de escritura en prensa nunca había despertado semejante animosidad, como sin entender por qué: le estaban lloviendo palos de los traductores en bloque. Qué injusticia, qué suspicacia contra el protagonista —el escritor Juan Gómez-Jurado— cuando él «solo» había firmado las siguientes líneas en su columna de ABC, referentes al doblaje de las películas: «Consumiendo productos para idiotas que no quieren esforzarse, conseguimos convertirnos precisamente en eso. […] Doblar es robarle al actor su voz, al espectador miles de matices y violar el producto final. Y no creo que nadie quiera presumir de tener los mejores ladrones y violadores del mundo.»
Esto ocurrió el fin de semana pasado. Las aguas ya bajaban revueltas, en este sentido, desde el estreno de Refugiados, la nueva serie coproducida entre Antena 3 y la BBC, rodada en inglés y doblada. La crítica la ha despedazado y algunos espectadores achacan, en parte, la pobre impresión que les causó el estreno al doblaje. Conclusión: Hay que acabar con la traducción audiovisual, que es un atavismo franquista.
El runrún de que el doblaje de las películas lo inventó Franco como herramienta de control es más falso que un euro de madera —es anterior, de tiempos de la República—; igual que lo es que somos el único país en el que se doblan las películas. Se hace en toda Europa. Pero a gente como Gómez-Jurado les ocurre que de pronto ven Los Vengadores en inglés y entienden los chistes porque saben inglés y descubren el machaque de la traducción porque saben inglés y escriben artículos porque saben inglés. Es la cruz de la traducción audiovisual, que siempre hay uno en la sala que sabe inglés, italiano, alemán o francés y caza a los traductores, ignorantes, en un renuncio.
No obstante, aún oigo crujir las butacas del Campoamor cuando, durante treinta segundos, falló el sobretitulado de El castillo de Barbazul la temporada pasada, la ópera de Béla Bartók —en húngaro—, ante la perspectiva de que la siguiente hora de música se desarrollase en ese idioma tan hermoso como impenetrable.
O aquella mujer, tan entrañable, que salía emocionada de ver un Elisir d’amore sobretitulado —el enésimo de su trayectoria como espectadora, el primero traducido— epatada porque ella siempre había creído que cuando Nemorino profiere aquello de «M’ama. Si, m’ama, lo vedo» no estaba cantando al amor, sino llamando a su madre desesperadamente.
La gran injusticia de la traducción es, en realidad, esta: que no se trata de una cuestión de vagancia o de asfaltar el camino al analfabetismo lingüístico, sino una propuesta de acercamiento, una posibilidad de volcado que, en el mejor de los casos, ayuda a disfrutar de cualquier producto en nuestro idioma y en toda su amplitud —cultural, intelectual—. Quizás nos hayamos pasado —una encuesta desvelaba, hace unos años, que la mitad de los lectores creían que los libros se escribían en español, siempre—, y quizás falte educación lingüística, como nos recuerdan permanentemente nuestros líderes. Pero eso en ningún caso es culpa de la traducción o del doblaje, ni remotamente: es culpa de un hambre mal despertada y de un déficit de curiosidad palpable: porque ¿cuántos ciudadanos japoneses, australianos, alemanes o canadienses abarrotan las escuelas de español para leer a Gómez-Jurado?
[Este artículo apareció publicado originalmente en la edición impresa de El Comercio del día 17 de mayo de 2015.]